La señora que, sentada unas mesas más allá de La Tienda del Café, a pasos del Parque Lezama, lo mira fijo y sonriendo sin animarse a pedirle un autógrafo debe ver la misma cara que la maravilló en La fiaca, allá por 1968. No tiene idea de que ese mismo hombre (con la misma cara, esplendor de la gestualidad, de 45 años atrás) está diciendo, ahora, en la tarde de Barracas, mientras revuelve el café, que “nadie se mete en la molecularidad de la violencia; como si toda la violencia fuese mala: algo de esto dijo Estela Carlotto el otro día cuando habló de la violencia sanmartiniana. Leer mas »