(TELAM)

De todas las fotos posibles, Clarín y La Nación eligieron la misma para ilustrar el momento que reunió, más que enfrentó, a Daniel Scioli y a Mauricio Macri en un partido de fulbito marplatense. El gobernador, enfundado en una camiseta anaranjada, intenta dominar la pelota mientras el jefe de Gobierno porteño, con casaca boquense, lo marca desde atrás, casi apoyándose en el traste del mandatario bonaerense. Una lección de edición fotográfica con intención política manifiesta y pobres pretensiones de metáfora. La pregunta es qué foto política “editó” Scioli en su cabeza cuando invitó a Macri a jugar a la pelota el mismo día en que el jefe de la Ciudad, después de resistir al traspaso de los subtes que venía reclamando desde el principio de su gestión, se despachó con un aumento del 127 por ciento en el precio del pasaje. O qué otra foto política “editó” al ponerse a jugar de manera más que amistosa con el dirigente de derecha que, gracias a su fuga de las presidenciales de octubre pasado, hoy pretende erigirse cómo líder y árbitro de ese sector del espectro político nacional. En otras palabras, qué pensó cuando se puso a patear la redonda con el más conspicuo opositor al proyecto político que –a nivel discursivo– sostiene defender con lealtad y patriotismo. Mientras tanto, Francisco De Narváez le tiró un salvavidas de plomo político al gobernador de Buenos Aires: “Nadie tiene los pergaminos de Scioli en la Argentina para ser presidente”, le dijo al diario Perfil desde Cariló. Su apuesta parece ser jugar a favor de “Scioli presidente” en 2015 para colgarse de él con una boleta derechista como candidato a gobernador bonaerense.
Lo que fue evidente es que la foto que “editaron” los intendentes bonaerenses invitados a asistir al encuentro fue diferente a la que vio el gobernador. Al enterarse de que Macri iba a ser de la partida se pegaron una rata masiva que no dejó de ser elocuente. Quizás el legislador porteño Juan Cabandié haya sido quien expresó con más claridad la imagen que dejó Scioli: “Yo prefiero jugar al fútbol con compañeros y amigos, ¿se entiende?”.
El acontecimiento fue anclado también con otra foto, ahora de las tribunas: la que muestra a la primera dama provincial, Karina Rabolini, departiendo amablemente con su par citadina, Juliana Awada, quien además portaba su bebé.
Fotos de gente civilizada, amigable, que “dialoga”. Como si dos proyectos políticos enfrentados pudieran dejarse de lado cuando se entra a una canchita para jugar a la pelota. Como si se pudiera dejar al país afuera de la cancha.

Foto de Rey Momo con patota. La otra foto tiene mucho menos glamour y seguramente no será publicada por la revista Caras. Fue tomada el viernes en la puerta del Registro Nacional de Trabajadores Rurales y Empleadores (Renatre), organismo que fue disuelto por el Congreso cuando aprobó la ley que establece un nuevo régimen laboral para los trabajadores del campo. La imagen muestra cómo un grupo de patoteros de la Uatre, capitaneada por el duhaldista Gerónimo Venegas (a) Momo, impidió la entrada de un funcionario del Ministerio de Trabajo de la Nación a la sede del ex organismo. El funcionario es Oscar Marcelo Maffe, designado por el Gobierno Nacional para dirigir el Renatea, el organismo que reemplazó al Renatre.
“Es un atentado a la democracia”, dijo Venegas para justificar la intimidante presencia de sus matones. Resulta cuanto menos extraño que haya utilizado esta fórmula, ya que la ley cuya aplicación resiste fue votada por una amplia mayoría en las dos Cámaras del Congreso. Por 174 votos contra 4 en Diputados, y por 68 a 1 en Senadores. Pero dos votaciones tan concluyentes representan, para Venegas, algo que va a contramano de su concepción de democracia. Más extraña todavía resulta esa justificación si se tiene en cuenta que la nueva norma reemplaza al cuasi esclavizante Estatuto del Peón Rural decretado durante la última dictadura, con las firmas del genocida Jorge Rafael Videla y su ruralista ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz. Vale la pena recordar que aquel decreto dictatorial permitía someter a los empleados rurales a jornadas de trabajo que comenzaban al amanecer y terminaban, si tenían suerte, con la puesta del sol.
Quemá esas fotos.

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