Estamos bien y hay agenda para estar mucho mejor
Por Eduardo Blaustein
No hay espacio en esta nota para hacer desfilar cifras que hablen de lo hecho tras otros cuatro años de políticas educativas y científicas, abundantemente publicadas en ediciones anteriores de este diario. Pero está claro que, complementando y articulando con los progresos socioeconómicos registrados en el ciclo kirchnerista, lo hecho desde los tiempos de Daniel Filmus y –ya con Cristina presidenta– desde el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, implicó una suerte de plus que prestigió a ambos gobiernos. Es más: difícilmente se discuten las gestiones de ambas carteras.
Los momentos, los nombres, los datos, por icónicos, son conocidos: la relación del presupuesto destinado a educación, inversamente proporcional a la dedicada al pago de la deuda. Las netbooks. Tecnópolis. La repatriación de casi 900 científicos. El impacto de la AUH en la matrícula y las prácticas dentro de la escuela. La suba de salarios de docentes e investigadores. Menos conocidas son las sutiles tramas de lo que se juega a nivel local/federal o el impacto que a largo plazo tendrán las decenas de convenios de cooperación internacional suscriptos por la cartera de ciencia y técnica.
Hay sin embargo cantidad de desafíos por delante. A uno de ellos aludió la Presidenta cuando habló de la necesidad de lograr más calidad educativa, tras una larga primera fase de inversiones cuantiosas en infraestructura y salarios. Enorme desafío en una sociedad en la que mandan más las culturas mediáticas y virtuales que el sistema educativo. Y en donde se hace arduo convencer a cualquier estudiante –no sólo al más estragado del conurbano– que estudiar tiene sentido.
Hay otras cosas que crecieron con vértigo en estos años. Es el caso de las universidades públicas, del interior o del conurbano. No está claro si ese proceso no necesita de una mayor planificación y maduración que permita evitar competencias, superposiciones eventuales o disputas por los recursos. Siendo que también fue Cristina la que habló de la necesidad de contar con más ingenieros, cabe preguntarse hasta dónde el Estado (especialmente las áreas ligadas a lo económico y lo demográfico) y las universidades públicas otean el largo plazo de modo de proyectar hacia dónde queremos ir y con qué recursos humanos deberemos contar.
El discurso medio del Ministerio de Ciencia y Tecnología se hace harto agradable de escuchar en el país de la Noche de los Bastones Largos, los científicos desaparecidos y el “Vayan a lavar los platos”. Se extraña un mayor relacionamiento con las ciencias sociales, con la exploración de problemas no solubles por la mera técnica. Lo mismo respecto de los desafíos climáticos y ambientales que afronta el país.
Si es comparando con la devastadora oleada neoliberal crecida a mediados de los ’70, el kirchnerismo y otros (presuntos) populismos latinoamericanos son novedad y grata. Si la comparación se hace con cierta genealogía de nombres emblemáticos (Mosconi, Savio, Perón, Frondizi, Illia, estos últimos violentamente enfrentados por las políticas petroleras), el desarrollismo kirchnerista se hace menos innovador. Pero según de qué asunto se trate, no se puede ser tan ciego como para restar méritos: innovación productiva, obra pública en infraestructuras como para sostener el crecimiento chino, renacimiento de las economías regionales, creación de empleo). La cosa flojea cuando se trata de equilibrar el paradigma del desarrollo (alevosamente anterior al surgimiento de las grandes movidas ambientalistas) con otros paradigmas que sean cuidadosos de los recursos naturales y más audaces respecto de la necesidad de imponer autoridad estatal y social a los intereses empresarios.
En ciencia y técnica, en educación, en producción de conocimiento y gestión, hay mucho por hacer aún. La “línea Bicentenario-Tecnópolis” condensa la potencia política del Gobierno. Este es el país, todavía, de los bolsones de pobreza estructural. Es también la Argentina del Invap, de la clonación, de los satélites made in casa. Y la del histórico “Informe sobre el Estado de las Clases Obreras” elaborado por Juan Bialet Massé en 1904 (¡a pedido de Roca!) y de la frase más conocida y “antropológica” del sanitarista Ramón Carrillo: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”.

Comentarios
En Pagina 12 de la fecha sale un artículo de la resistencia antiminera, de norte a sur, con movilizaciones de las UAC en todo el país, porque no interpelan a la jefa que es la propulsora de esta actividad, desde su veto a la ley de protección de glaciares, hasta la fecha con la ley antiterrorismo, el drama no es ya su incremento patrimonial del 900%, sino el estrago ambiental que le va a legar a las futuras generaciones . Será por eso que una vez expresó "Yo no me la creo", y si, con estas medidas no va a pasar a la historia por buena , va a tener su lugar junto a Carlos Saúl y su esposo Nestor y a cientos de manos que se van a levantar pidiendo que se bajen sus retratos de los lugares públicos, remedando a Nestor con el cuadro de Videla....
Se extraña el tratamiento de los temas ambientales.....He ahi, el quid de la cuestión, Cristina así como el reciente muerto Soria, son guardianes del cianuro al impulsar la megaminería en todo el territorio Argentino, es la mas grave injuria a la salud pública en la historia de la humanidad, son ecocidas y así pasarán por esta tierra como envenenadores del agua....
Enviar un comentario nuevo