Plaza mansa y tranquila
Por Eduardo Blaustein
Primera imagen en vanguardia. En Plaza Once, un centenar de personas, espoleadas por redoblantes, alzan una pancarta que habla de la agenda que viene y la acelera: “La Argentina sin tierra”, dice el cartel. Vienen de Malvinas Argentinas, llevan la sigla de la Federación de Tierra y Vivienda. Son las once menos diez de la mañana, cuando el bondi sobrepasa la escena, desde el asiento de atrás al cronista le llega la réplica que de tan conocida suena a parodia berreta:
–Vayan a laburar.
–Aparte, comen gratis.
Por el acento, no es la oligarquía la que habla. Son dos señoras gruesas bien pero bien de barrio, tirando a clase media baja, las que se irritaron.
Cuando algún kirchnerismo fácil declama lo nacional y popular, ¿incluye a estas buenas señoras?
El 168 se ve obligado a doblar mucho antes del Congreso. La Ciudad luce tranqui, amigable. Hay preguntas previas para ambas plazas (la de los Dos Congresos, la de Mayo): ¿cómo será esta primera movilización sin enemigo directo contra el cual divertirse (Cobos, la Corpo, Macri, quien sea)? ¿Sucederá lo que pasó al despuntar la transición española, cuando se hizo popular la frase “Contra Franco estábamos mejor”? Si antes de marzo del ’73 se cantaba “Y llora, llora la puta oligarquía/ porque se viene la tercera tiranía”, ¿contra quién cantar en este inicio de tercer mandato, en el que apenas se sueña con el socialismo, aunque sí se socializa la asunción en Youtube?
Sopla un viento agradable desde el nacimiento de Rivadavia, desde el río, en dirección a Morón. Al 2400 apenas si se ven lejos algunas pancartas. La avenida por ahora está vacía, no de consumidores (se notan las primeras neuras de fin de año), sí de manifestantes. La excepción es un colectivo fletado desde Luján.
Poco después, dos cuadras antes del Congreso, comienza a mutar el paisaje. Pasan pibes de Esteban Echeverría con banderas blancas estampadas con Néstornautas. En contraste y en la vereda opuesta, banderas negras con la efigie de San Martín, que identifican a la corriente 17 de agosto.
Movileros y periferias. El primer corrillo de periodistas en la entrada del Congreso es el que rodea a Milagro Sala. Sala pide más políticas sociales para los pueblos originarios y menos megaminería. De nuevo: ¿la agenda que viene? El corrillo de periodistas número dos rodea a Margarita Stolbizer y el número tres a Nito Artaza que con cierta dignidad y buen humor se defiende de los embates del cronista de Duro de domar. Se defiende entre semichistes y semianálisis: que con Alfonsín al radicalismo le tocó lidiar con los problemas de la transición; que con De la Rúa tocó lidiar con la Convertibilidad. Fiera condena la de verse perpetuamente forzado a responder sobre el (mal) pasado.
Para entrar ahora a la plaza de los Dos Congresos hay que dar un largo rodeo por imperio de los cordones de seguridad. De tal forma que el cronista se encuentra con las espaldas de otro recorte de realidad: pancartas rojísimas con la efigie del Che que cruzan Callao por Bartolomé Mitre. Señores, de pie: son 80 lozanos integrantes de la Federación Juvenil Comunista, con sus hoces y martillos.
Pero hay que (intentar) atenerse a la panorámica. Para lo cual se debe entrar por Rodríguez Peña hacia Rivadavia. Úpate. Lleno total en el estadio. Bombos y redoblantes al recontra palo, grandes banderas argentinas, trompetas tocando la melodía de Moliendo café (Cuando la tarde languidece/ renacen las sombras). Y Néstornautas, cámporas, unas minipancartas de una agrupación llamada Vatayón Militante, y más cámporas, muchos cámporas, o mejor dicho muchas banderas cámporas. Cámporas con el conocido apuro que tuvo la JP de los ’70 por ocupar espacios y hacerse visible. ¿Y qué hace, ya dando la vuelta por avenida de Mayo hacia la 9 de Julio, ese señor de clase media vestido con la camiseta de La Dolfina? Explicación posterior: son los mismos colores de la camiseta de Nueva Chicago, con lo que quedan a salvo algunas esencias perucas.
Pero sucede que aquel pelotón de la Fede aparece de nuevo en escena. Y uno de sus cantitos remata así: “Comunista hasta la muerte/ por la patria liberada”. ¿Habrá que alucinar una síntesis posible de la complejidad kirchnerista que consista en resucitar a Roberto Rimoldi Fraga para que vocifere “¡Comunista! ¡Comunista hasta la muerte!”?
Más adelante, la fiesta democrática deriva en una tranquilidad de contigüidades: las banderas de La Cámpora (lo dicho: muchas) ceden el manso paso a las de Nuevo Encuentro; las de Nuevo Encuentro, a las de Kolina. Todas flanqueando la avenida y las vallas por las que circulará Cristina, del Congreso a la Rosada.
Ausencias/ fragmentos. Se confirman ciertas intuiciones previas: por ahora no se ve gente venida con los gremios; tampoco movilizadas desde los municipios del conurbano o los movimientos sociales. A la altura de Sáenz Peña, pasando a los granaderos, sus caballos nerviosos y un importante olor a bosta, apenas si emergen tímidas unas pancartas amarillas de la Uocra y una aislada de Upcn. Luego otras de la Corriente Nacional y Popular y el nombre de Humberto Zúccaro (intendente de Derqui) acompañado de dos arcaísmos afines a códigos justicialistas: “conducción” y “lealtad”. Este cruce de esquinas es fragmentación pura: socialistas, la Germán (por Abdala), de la CTA; la Aníbal Verón, la Vallese. Recordando a Cooke, como ancho movimiento político y social seguramente el kirchnerismo tiene poco de miope, pero que tiene todavía mucho de invertebrado, no cabe duda. Con lo que se repite una pregunta: cuando tiempo atrás Cristina habló de “institucionalizar el modelo”, ¿habrá incluido en la idea la posibilidad de darle más institucionalidad interna al kirchnerismo?
Son las doce menos diez. El cronista pone la ñata contra el vidrio de un bar. En la tele dicen que Cristina ya llegó al Congreso. La duda de siempre: ¿seguir el discurso de Cristina en y con la calle o hacerlo tranqui frente a la pantalla de la tele? Hay tiempo para llegar al menos hasta la 9 de Julio, donde la movilización engorda con mucho afluente y bandera de la JP del Peronismo Militante, más Kolina, partes del Movimiento Evita y muy lejos el así llamado 8 de Oktubre. Y, caramba, cuando el cronista entra en un bar, el zócalo de la tele desmiente al anterior: Cristina no llegó al Congreso, sino que “está llegando”. A ganar metros en dirección a la Plaza, entonces. Y a seguir subrayando que, por ahora, solamente por ahora, el grueso de las caras que se ven, con mucha, mucha gente suelta, parece de clase media media y media baja. No aportan tanto como otras veces los laburantes movilizados por sus sindicatos ni los morochos extremos de las villas o el segundo y tercer cinturón.
Ralea la gente a la altura del Tortoni. Ralea y mucho y hay un raro silencio, pero se divisan de nuevo otras muchedumbres en plaza de Mayo. Ya no hay tiempo. Hora de escuchar a Cristina desde la pizzería de avenida de Mayo al 600. Justo para verla llegar conmovida al recinto y conmoverse. En medio de tanta anotación más o menos colorida, verla en la tele es un repentino y prudente cable a tierra: por el dolor que carga, por la responsabilidad que tiene, porque se habrá ganado con el 54% pero el desafío es complicado y la asunción, por naturalizada que esté la idea del tercer ciclo, es histórica.
La pizzería está casi vacía. Los mozos miran la tele callados, acodados contra la barra. En una de las mesas, alguien que pasa largamente los 70, que quizá sea el dueño o socio de la pizzería, hace este comentario:
–Cómo se le nota lo que se desgastó.
Y como corrigiéndose, quizá políticamente correcto, agrega:
–Pero sigue siendo linda mina, ¿eh?
El discurso de Cristina es analizado en otros espacios de esta edición. Pero qué impresionante que elija comenzar con esos largos párrafos sobre los ’70, los desaparecidos, los derechos humanos. Tras el chiste de Cristina en el momento en que salta la chicharra (“Cobos no hacía estas cosas”), el cronista sale otra vez a la calle como para atisbar aquello que se decía hace mucho acerca del diálogo en la plaza entre el (la) líder y la masa, ese sustantivo más bien espantoso.
La Plaza de la atención. Lo que se impone nuevamente es ese raro silencio en avenida de Mayo, dos cuadras antes de la plaza. Lo que sorprende e inmediatamente asombra es un segundo silencio que envuelve al discurso de Cristina. Que resuena y avanza entre las fachadas de los edificios, que nace de tres pantallas gigantes instaladas en la plaza y que –lo que importa– es seguido con extrema atención por todos los que asistieron, excepto aquellos pequeños núcleos con redoblantes que ya tomaron las cercanías de la pirámide.
Es una plaza atenta, expectante, que por ahora no está llena en absoluto. Ya vendrán a poblarla los que están en el Congreso o nuevas columnas. Por tercera vez hay que anotar que hay poco sindicalismo. Cristina sigue avanzando en su discurso y más que plaza esto parece un campus universitario por la atención que suscita lo que dice la, llamémosla, expositora. Es una plaza rara, anómala. Una plaza de fin de semana largo, boom de turismo interno y nuevos incluidos paseando por el zoológico. Es una plaza además difícil de acceder por el vallado sobre el acceso que debe recorrer la comitiva presidencial. Plaza de muchos sueltos, sin las euforias, ni las broncas ni las intensidades de anteriores plazas kirchneristas. Puede arriesgarse o trazarse una hipótesis: una plaza de optimismos serenos, aprobatorios.
Sólo un silbido general emerge cuando la presidenta alude, con cierta suavidad, al radicalismo y la cámara enfoca a Ricardo Alfonsín haciendo girar sus anteojos. Pero no hay ni siquiera esas disonancias. Volviendo a ciertas dudas del principio, Ésta no es una plaza contra nadie.
Cristina está cerca de terminar su discurso. Muchos la siguen acodados en las vallas que flanquean avenida de Mayo y demás accesos. Otros, amparados en la sombra que puedan encontrar porque el sol se está poniendo insolente. La última imagen que se lleva el cronista es igualmente mansa y tranquila: un pibe de unos doce años, el pelito castaño, empuña el celular y enfoca a su madre, con el fondo de la inmensa pantalla en la que Cristina aún discursea, con el paisaje general de la plaza histórica.

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