El sonido de un muro cuando se derrumba
Los logros están a la vista y fueron exhibidos como tales. El ítem de industrias culturales que asumió su mayoría de edad reuniendo calidad artística con la activación de un renovado mercado interno y posibilitó la exportación como un ariete más que interesante al mundo entero. Una Feria del Libro que acrecentó los niveles de visitas y sumó –cualitativa y cuantitativamente– el universo de los expositores. La producción de documentales reflejando los costados casi olvidados de nuestra historia (el trabajo sobre Raymundo Gleyzer o los ceramiqueros en Cosquín son ejemplos clarísimos). La reinstalación de los carnavales como fiestas populares con claro predominio de la sociedad como protagonista indiscutible. El éxito de Tecnópolis como muestra de lo desarrollado científicamente en el país y, a la vez, como centro de reunión multitudinario para saber dónde llegamos y hasta dónde podemos llegar. Las exposiciones itinerantes, los congresos, los foros de debate y confrontación, las mil y una maneras de pensar y transformar esa Argentina que parecía aletargada después de décadas de discontinuidades. Todo eso, y todo lo mucho más, quedó demostrado en el récord histórico de lo cultural –bastante silenciado en los medios– representando el 4 por ciento del Producto Bruto Interno del país: esa soberana forma de afirmarse en identidad, trabajo y riqueza en un campo que hasta no hace mucho se creía incuestionablemente perteneciente a las elites.
Hasta allí, las buenas nuevas culturales del año. Buenas y nuevas porque se soltaron las amarras que atenazaban el rubro desde siempre, porque las políticas públicas impulsaron el crecimiento y desarrollo industrial, porque se estimuló la creación y el trabajo intelectual, porque se federalizó el acceso a los bienes y servicios culturales. En definitiva, porque la cultura acompañó el desarrollo social y económico del país ingresando a un territorio que podría denominarse “capitalismo”.
Pero hay otros logros que se verán a largo plazo: son los que no se circunscriben a la teoría de los mercados y los que no hacen caso de los dictados mediáticos que se manejan con la dicotomía binaria “oficialismo/oposición”. Logros populares. Son los que comienzan a derrumbar los muros que, paradójicamente, habían crecido a partir de la caída del de Berlín en 1989. Efectivamente, cuando aquél cayó –haciendo “como que” se dejaba de lado la división política, profundamente ideológica– se escuchó el sonido de una construcción que venía desarrollándose silenciosa desde fines de los años ’50: los muros culturales. Muros que sembraron con fuerza renovada el racismo, la inseguridad, la burocracia y los aparatismos desde el sustrato preferido del poder: los medios.
Los años ’90 en la Argentina mostraron con toda la crudeza de la que es capaz la democracia cómo aquello que había sembrado entre sombras la dictadura florecía con el sol de un voto mayoritario que prefería mantener el déme dos a inaugurar el 1 a 1 sin importar qué, cómo ni cuánto. Eran otros los que ganaban la hoy tan zarandeada batalla cultural. Batalla que, por supuesto, ni siquiera se mencionaba. Era el momento en que, nos guste o no, se abrieron muchas sonrisas ante un discurso de la obscenidad que apuntaba las desproporciones de una mirada a los recónditos entresijos del corpiño de Madonna o las aceleradas furiosas de una Ferrari “mía, mía, mía” o la indiferencia de un Estado que (nueva paradoja), con una fortaleza brutal, se autodebilitaba hasta el paroxismo.
Esos ’90 desembocaron en 2001, cuando el costado cultural del “que se vayan todos” planteaba las mieles de un nihilismo que, olvidando a los grandes maestros de aquella escuela, sustentaban su filosofía barata en la certeza de no creer en ninguna otra prioridad que no se atuviera a la búsqueda a como dé lugar de ganancias. Terreno del “sálvese quien pueda”, la oposición por la oposición misma.
Esos muros, hoy, a contrapelo de ciertas voces que continúan augurando cataclismos, comenzaron a derrumbarse. Justamente hoy, cuando la sociedad reconoce, fuera de toda dicotomía binaria levantada tanto por intelectuales como por medios como bandera, que ese “sálvese quien pueda” esconde la forma más actual de la cobardía humana.
Caen y no hay modo de que desde los picos más altos desde donde se intenta constituir el poder cultural (se insiste: medios; voces, palabras y letras de los medios; imágenes de los medios) se pueda hacer nada por detener esa caída. Caen porque caen en la sociedad, que no necesita lecciones de apocalípticos alla violeta ni de empresarios de zoquetes devenidos en pensadores críticos, por más pantalla que obtengan unos y otros. Caen porque saben (aun sin necesitar la lectura del artículo de Beatriz Sarlo en La Nación que desató la polémica) que ese aspecto de la batalla cultural, siempre inestable y debatible, está ganado.
Quizás porque saben, como planteaba John Berger hace cinco años, los noticieros (ese gran negocio, la pata mediática del poder) matan la ética, la noción de historia, desoyendo una a una todas las prioridades sociales. Y ante eso, sólo queda la cultura, alejada cada vez más del término “capitalismo”.

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