España en el corazón
Susana Hornos nació en La Rioja, España. En 1999 llegó al país por amor al teatro. Y entre el amor y el amor hubo estudios y perfeccionamientos; sets de cine (Verano amargo, La patria equivocada, por ejemplo) y escenarios (La casa de Bernarda Alba, Don Juan y otras); corralito, bancarrota, 2001 y la necesidad del retorno a España; idas y vueltas y Buenos Aires en el corazón. Pide un cortado (“sin mucha leche”, dicho de modo españolísimo) y sonríe. Zaida Rico nació en Madrid, España. En 2007 llegó a la Argentina intuyendo que Buenos Aires era el lugar donde podría desarrollar todo su amor por el teatro. Una de sus primeras tardes porteñas, se sentó en el cordón de la vereda de la avenida Corrientes y lloró desesperada porque jamás llegaría a conocer todo lo que era esa ciudad que le proponía miles y miles de calles endiabladas. Sobrepuesta, compró una Guía T y se convirtió en una eximia conocedora de los recorridos de todos y cada uno de los colectivos. Actuó en La casa de Bernarda Alba, Don Juan Tenorio, Como si fuera esta noche, Ana el once de marzo, Mujeres de ambas clases. Pide un cortado (también con un españolísimo “sin mucha leche”) y sonríe. Decir Susana Hornos y decir Zaida Rico es decir ambas. Ambas escribieron la obra teatral Granos de uva en el paladar. Ambas dirigen a un elenco de seis mujeres tan españolas como ellas. Ambas están expectantes ante la inminencia del debut, el jueves 9 de febrero. Ambas revuelven su cortado. Ambas sonríen. Ambas enumeran todo ese universo que entra dentro de su obra. Toda esa España. “Arrancamos en 1932, la Segunda República, y allí dentro el tema de la ley de divorcio”, dice Susana Hornos; “el golpe de Estado de los sublevados, la Guerra Civil, las cárceles, la dictadura de 40 años”, dice Zaida Rico. “La democracia”, dice una. “La transición”, dice otra. Ambas dicen “entre comillas eso de la transición; mejor dicho, nuestra visión de la transición”. Y ambas, cerrando esos 80 años que metieron dentro su obra, dicen: “Terminamos con algo lamentable: las fosas comunes, algo de lo que en España sabemos bastante”.
Al verlas hablar, comenzar una frase una y continuarla la otra, es irremediable pensar en un hecho ocurrido hace exactamente (con una diferencia de poco más de 30 días) 79 años. En diciembre de 1933, coincidían (y se conocían) en Buenos Aires Pablo Neruda y Federico García Lorca. Invitados de honor a una cena en el PEN Club, el chileno y el español jugaron una suerte taurina en homenaje a otro gran poeta, el nicaragüense Rubén Darío, pronunciando un discurso al alimón. “Alimón” denota la forma en que dos lidiadores, cada uno sosteniendo un extremo del mismo capote, torean un mismo toro en el ruedo. “Señoras”, arrancó aquella noche Pablo; “y señores”, siguió Federico. Y fue poco menos de una hora de celebración a dos voces de la lucha, la pasión y la palabra.
Ahora, 79 años después, Susana Hornos y Zaida Rico recitan, al alimón (con la misma celebración por la lucha, la pasión y la palabra), la vieja copla, tan española como ellas, que le da título a su obra: “Cuando yo me muera tengo ya dispuesto / en el testamento que me han de enterrar / en la bodega dentro de una cuba / con un grano de uva para el paladar”.
–¿Cómo fue el proceso de escritura de la obra?
Susana Hornos: –Yo escribí los cuentos, fui la primera culpable...
Zaida Rico: –…y cuando los leí comprobé que allí había situaciones teatrales.
S. H.: –Yo pensaba que debíamos trabajar en un formato pequeño porque era una cosa de locos todos los personajes que había. A ver, me imaginaba todo como una cosa leída, con dos atriles, alguna guitarra que cortara de tanto en tanto la lectura...
Z. R.: –…pero es que eran tan fuertes, que me plante: “Tía, que aquí, de sencillo, nada”. Esto era una obra de teatro hecha y derecha.
S. H.: –Nos inscribimos con un resumen del material en el certamen Haroldo Conti y nos preseleccionaron. Entonces empezó la cosa: debíamos hacer una presentación y teníamos cuatro meses para prepararlo.
Z. R.: –Un torbellino. Recuerdo la primera conversación telefónica con Susana cuando decidimos que todo ese material debía ser una obra. Había, claro, otro problemita: ninguna de las dos habíamos dirigido nunca.
S. H.: –Yo tenía mis reparos, pero Zaida decía “da igual, si hay que dirigir, se dirige”.
Z. R.: –Es que las dos teníamos muy claro cómo hacer todo eso que queríamos contar. Mejor dicho, sabíamos qué cosa no queríamos hacer con los cuentos. Había un código común que hubiera sido muy difícil de transmitir a otro director.
S. H.: –Entonces decidimos seguir una forma de trabajar: cada una escribía la escena como le parecía y luego las leíamos juntas.
Z. R.: Yo estaba en España y Susana estaba acá, de modo que la cosa fue vía mail. Y lo más extraño fue que las dos escrituras eran absolutamente cercanas, asimilables. Ocurrió, sencillamente, que las dos habíamos soñado la misma obra. Creo que ese fue el momento en que podríamos plantar el inicio de esta bicefalia.
S. H.: Era mágico: Zaida empezaba una palabra y parecía que yo la completaba o viceversa. Una oración, una frase, seguía a la otra. Fue una enorme suerte.
–¿Suerte?
Z. R.: –Bueno, es que todo era muy arriesgado. Empezar a escribir a cuatro manos, a dirigir a cuatro manos. Podría haber salido fatal, realmente. Podríamos haber terminado las dos tirándonos de los pelos. Pero ha sido un proceso maravilloso. Y al fin de ese proceso comprendimos que este es nuestro lenguaje, descubierto a prueba y error.
–Ustedes señalan, literalmente, que en ese recorrido desde 1932 hasta 2012 recrean ese período de cambio y coraje a través de personajes que no aparecen en los libros de Historia. Hoy, la realidad española, marca serios conflictos. ¿Consideran que la aceptación de la obra sería la misma aquí que allá?
Z. R.: –La sola pregunta hace que me lata el corazón más fuerte. Es jodido, no sé si Granos de uva en el paladar tendría la misma aceptación en España que aquí.
S. H.: –No, claro, pero es algo que creo necesario averiguar. No me refiero a las posibilidades de éxito comercial. España necesita ahora este tipo de planteos sobre su historia. En la Argentina se llevó a cabo todo un largo, doloroso e inevitable camino en derechos humanos. Hay gente procesada, presa o que van en camino de estarlo. Y en España, eso no ha ocurrido…
Z. R.: –…y, a este paso, parecería que ya no va a ocurrir. Manuel Fraga Iribarne, fundador del Partido Popular y hombre del franquismo, acaba de morir en la cama, no en la cárcel.
S. H.: –Y murió celebrado tanto por José María Aznar, del PP, como por Alfredo Pérez Rubalcaba, del Psoe, que habló del “servicio público encomiable” que había brindado Fraga a España. Creo que, en España, la obra sería más controvertida…
Z. R.: –…es cierto, no sé si se volvería a la idea de los dos bandos, franquistas y republicanos, pero generaría posiciones muy contrapuestas. Aquí, aunque mantenemos la idea de que no sólo estamos contando la historia de España…
S. H.: –…sabiendo que por desgracia hubo y hay muchas dictaduras, guerras y atrocidades en todas partes de mundo…
Z. R.: –…podemos tomar cierta distancia que no sabemos si podría existir en España. Y mucho menos ahora.
–Es el riesgo inevitable que se corre al hacer memoria…
S. H.: –Y fue nuestro comienzo: iniciar un proceso de dar memoria...
Z. R.: –…la memoria de todas esas cosas que habían sufrido nuestros abuelos.
–La edad promedio del grupo que ustedes integran junto a las seis actrices está entre los 25 y los 35 años. De modo que parece una propuesta hasta personal de recuperación de la memoria.
Z. R.: –Fíjate que aquí, en la Argentina, las personas entre 25 y 35 años forman parte de la generación de hijos de secuestrados, de desaparecidos. Allá, con esa edad, somos nietos o bisnietos de los secuestrados, asesinados y desaparecidos.
–¿Y qué ocurre en España con la generación de sus padres, las personas que tienen entre 55 y 65 años?
S. H.: –Mis padres vendrán desde España para ver la obra. El tío de mi padre está enterrado en una fosa común: lo mataron a los 17 años por el hecho subversivo para Franco de ser primo hermano de un maestro. Mi padre votó al PP: me pregunto qué le pasará con esta obra.
Z. R.: –Mis padres son unos cinco o seis años más jóvenes que los de Susana. La tía de mi padre estuvo en la cárcel de Ventas, una prisión de Madrid construida en 1931 para 450 reclusas que el franquismo utilizó para hacinar más de cuatro mil opositoras a su dictadura y que recién se destruyó en 1967. Mi padre luchó en la transición; es de los que no se creen el cuento festivo de esa palabrita. Los padres de Susana y mis padres, las diferencias entre unos y otros, son un claro ejemplo de lo que hoy es España.
S. H.: –Yo creo que hay en España una generación que nos hemos saltado: todo el mundo de la memoria, de la Guerra, de la barbarie ocurrida lo supe por mis abuelos. Era mi abuela la que se sentaba y me contaba el terror y la lucha por superarlo. Cuando llegaba mi madre, se callaba porque sabía que a ella no le gustaba que se hablara de esas cosas. Y mi abuelo estuvo mucho tiempo en la cárcel. Esa generación, la de mis padres, es la que no quiso saber nada: son hijos de hombres y mujeres que pasaron el mayor horror y decidieron olvidar.
Z. R.: –Es que, luego de la muerte de Franco, España pensó que estaba bien económicamente, que todo había terminado y fue borrando el mundo de la memoria. Por eso la lucha por saber todo lo relacionado con las fosas comunes fue tan individual.
S. H.: –En su día fueron las mujeres de negro, que lamentablemente han ido muriendo, las que llevaron adelante la pelea contra el olvido. Luego, llegaron algunos hijos o sobrinos que decidieron continuar la posta. Pero recién ahora, a través de los foros de la memoria, es que se están rescatando las fosas comunes y los crímenes comienzan a salir a la luz.
–¿Qué profesiones hicieron encarnar a sus personajes?
Z. R.: –El primer cuento, que comienza con la época de la Segunda República, lo protagonizan un terrateniente y una mujer de pueblo con la que se casa para tener hijos, preferentemente varones, que lo ayuden a seguir con la continuidad de sus tierras. Y allí, en esa relación desangelada de la pareja, se cruza Rosa, una maestra, guerrillera, que cree en ella misma y en eso tan raro por aquellos años de que las mujeres pueden estudiar y hablar y decir lo que piensan. Igual que los hombres.
S. H.: –En esa historia se plantea de una forma muy clara las dos formas de ser mujer, las dos formas de ser de España.
Z. R.: –El segundo cuento toma a un grupo de presas y las monjas carceleras en una duplicación de roles de las seis actrices.
S. H.: –No todas esas presas están allí por haber combatido. Hay algunas que cayeron por haber guardado papeles inconvenientes de sus parejas o de algún familiar. En el último cuento se relata la historia de un cuerpo que sale de una fosa común para contar la verdad de lo ocurrido.
Susana y Zaida, ambas, cuentan la magia del primer día, aquella tarde cuando comenzaron los ensayos. Las directoras quisieron hacerles un regalo a las seis mujeres del elenco. Y el regalo era la memoria: “Un pedacito de memoria de algo que nos hubieran contado de nuestras familias. Una anécdota, una imagen, un diálogo recordado entre ollas en la cocina, algo que tuviera que ver con esa época que íbamos a tratar”. Una de las actrices suspendió ese acto de entrega y comenzó a llorar desconsoladamente. A través del ejercicio, había descubierto, con el dolor que provocan las verdades escondidas durante mucho tiempo, que no tenía memoria. “Así empezó ese proceso”, dice Susana, dice Zaida, dicen ambas.
–Luego de la temporada en la Argentina, ¿tienen pensado llevar la obra a España, esté como esté la realidad española?
S. H.: –Sería el modo perfecto de cerrar el círculo.
Z. R.: –Es que con la transición, nos quisieron hacer creer que ya estaban todas las cuentas del pasado saldadas, que en España no había pasado nada. Y hay muchos que quedamos con esa enorme grieta abierta. La Guerra Civil terminó en el ’39. Allí murió mucha gente, pero en los 40 años restantes de franquismo siguió muriendo mucha gente. Guardamos mucho tiempo ese silencio. Tanto, que ya no queda nadie vivo a quién juzgar.
S. H.: –Nos modificaron el modo de hablar. Palabras como “exilio” fueron vaciadas de contenido o cambiadas de sentido por leyes gubernamentales. Hubo delirios de lavados de cerebros con figuritas de colores y supuestos resurgimientos económicos para perder la memoria. Creemos que llevar la obra allá sería nuestra manera de luchar para recuperarla.
Z. R.: –Tanto aquí, en la Argentina, como allá, en España, pretendemos mostrar esa pelea contra el olvido. Por eso el peor de los fracasos sería que alguien salga indiferente de la sala. Queremos que nos puteen o que nos abracen, pero no que se vuelvan a sus casas sin nada.
Granos de uva en el paladar
Estreno: Jueves 9 de febrero a las 21.
Lugar: Centro Cultural de la Cooperación (Avenida Corrientes 1543). Todos los jueves de febrero y marzo
a las 21.
Dirección: Susana Hornos y Zaida Rico
Elenco: Arantza Alonso, Lucía Andreotta, Marta Cuenca, Clara Díaz, Sauce Ena, Ruth Palleja

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