La distribución de la palabra
Por Miguel Russo
Se complica tratar de pensar un momento de la historia política argentina en el cual haya habido, como en estos últimos cuatro años, tantas garantías para que los que tuvieran algo para decir lo dijeran.
Cuatro años en los cuales los escritores que no adscriben al proyecto político kirchnerista escribieron lo que quisieron y tuvieron la tribuna que pocas veces lograron por el sólo hecho de hacer públicos sus reproches. Cuatro años en que las editoriales editaron libros coyunturales que eran poco menos que panfletos contra las instituciones, en que los pensadores de uno y otro y otro lado generaron polémicas no siempre con final feliz ni diálogo incluido. Y cuatro años en que los medios –también de uno y otro y otro lado– no trepidaron en caer día tras día en la crítica feroz, llegando al caso paradigmático de llevar a tapa el titular incongruente “se acerca el día del niño y no hay Barbies en los negocios”, culpando (¡cómo no!) al Gobierno de semejante falta de decoro con los únicos privilegiados.
Es ocioso recalcar que en estos cuatro años se promulgó la ley de medios. No lo es recalcar que con las cautelares se sigue incumpliendo uno de sus principales artículos. Pero sí es obligatorio señalar que la misma ley que busca la distribución de la palabra, la distribuye hasta para que los señores que mandaron votar en contra ejerzan la libertad de prensa que impiden en sus redacciones.
Fueron cuatro años en donde el abanderado intelectual del neoliberalismo más antilatinoamericano (y, específicamente, un detractor militante contra el pueblo argentino), más conocido como Mario Vargas Llosa, brindó su discurso cuasi inaugural de la Feria del Libro en Buenos Aires. Fueron cuatro años en donde buen número de escritores vernáculos se rasgaron las vestiduras cuando un intelectual (además de director de la Biblioteca Nacional) mostrara su incomodidad ante la visita del ex peruano/actual español. Cuatro años en los cuales varios intelectuales se disfrazaron de luchadores, pero no de los que asumen su verdadero rol en un cuadrilátero sino de los de Titanes en el ring, y dijeron de todo, sin importar si eso que se decía guardaba algún argumento acorde con la realidad. Fueron cuatro años de libertad absoluta que buena parte del mundo cultural y gran parte de los medios dejaron pasar de largo. Serán cuatro años en los que el debate seguirá abierto. Sólo resta saber si desde el terreno cultural y desde el terreno mediático se resolverá estar a la altura de las circunstancias.

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