Crónica sobre un magnicidio de alcoba
Por Ricardo Ragendorfer
En la noche del 31 de diciembre concedió una entrevista telefónica a la radio El Valle, de General Roca. Su tono era afable: “Quiero que el 2012 sea de felicidad para todos los rionegrinos. No soy gobernador porque me pagan sino porque me gusta”. Carlos Soria no imaginó entonces que esa frase de ocasión, dicha a las apuradas, sería su testamento político. Cinco horas después, exactamente a las 4.05 del primer día del año, aquel hombre, ahora desnudo y sangrante, agonizaría en el lecho nupcial. Un tiro en el pómulo izquierdo le desfiguró el rostro. La primera dama, Susana Freydoz de Soria, permanecía junto a él con los ojos extraviados y un Smith & Wesson calibre 38 entre las manos. Luego llevó el arma hacia su propia sien. En tanto, la respiración del mandatario emitía un silbido atroz.
La cadena de hechos previa a semejante desenlace es aún un secreto guardado bajo siete llaves por la familia del Gringo, tal como todos llamaban a Soria. Sin embargo, se dice que en su chacra –situada a la vera de la ruta 6, a diez kilómetros de General Roca– flotaba desde la tarde de aquel sábado una atmósfera vidriosa.
Hasta allí habían llegado los cuatro hijos del matrimonio: Martín (ex legislador provincial y actual intendente de aquella ciudad), Germán, Carlos y Emilia. Ella estaba con su pareja, el joven Mariano Valentín; dos de los hermanos, con sus esposas. Y el restante, un muchacho que trabaja como empleado en la Secretaría de Inteligencia (SI), hizo acto de presencia con un novio. Ello habría sacado al gobernador de sus casillas. Y provocó una fuerte discusión con la señora Susana, al salir ésta en defensa del vástago. La segunda escala de la discordia se produjo minutos antes de la medianoche, cuando sonó el celular de don Carlos. Desde el otro lado de la línea se deslizaba una voz de mujer. Ello habría sacado de las casillas, esta vez, a la primera dama. Y provocó otra discusión. El brindis, en consecuencia, tuvo un incómodo retraso. Y el jubileo familiar concluyó con anticipación.
Después, en medio de la madrugada, ese revólver escupiría su carga fatal.
El juguete rabioso. El añejo Smith & Wesson había pertenecido a su padre, Ernesto Soria, un militante de la resistencia peronista encarcelado tras el golpe militar de 1955. Ello hizo que la familia abandonara la localidad bahiense de General Daniel Cerri, en la cual el niño Carlos había pasado sus primeros seis años de vida. Tras breves estadías en pueblos y ciudades del interior, los Soria –ya con don Ernesto en libertad– se afincaron en Bariloche. Pero a fines de 1959, debido al Plan Conintes aplicado por Frondizi, aquel hombre fue nuevamente apresado. Hasta 1962. Entonces se estableció con los suyos en General Roca; allí abrió una carnicería. Ello no lo privó de ejercer una gran influencia en el pensamiento político del hijo.
A fines de los sesenta, el Gringo, quien ya cursaba Derecho en la UBA y vivía en una pensión de Corrientes y Uruguay, inició su militancia en Encuadramiento, una organización verticalista también conocida cómo Los Demetrios –por el nombre de su líder, Demetrio Tarazzi–, con posiciones afines a Guardia de Hierro.
Por aquellos días comenzó a noviar con una simpática estudiante de nutricionismo; su nombre: Susana Freydoz. Pertenecía a una familia de origen francés establecida en el Alto Valle a fines del siglo XIX. Ya se sabe que esa relación amorosa fue promisoria.
Es posible que ella, en el verano de 1973, haya estado presente cuando don Ernesto le anticipó a su primogénito –quien acababa de regresar a su terruño con título de abogado– una parte algo simbólica de la herencia: su querido Smith & Wesson. El Gringo conservó dicho adminículo en recuerdo del padre, al que –tras su fallecimiento– solía definir con apenas dos palabras: “Carniza y peronista”.
Las repetiría en octubre de 1999, durante un almuerzo con un selecto grupo de periodistas en el Ministerio de Seguridad bonaerense. Días antes, el gobernador Eduardo Duhalde lo había entronizado allí con la vana esperanza de que Soria mejorara la imagen de la policía provincial tras la masacre de Ramallo. Ya entonado por el tinto, el Gringo golpeaba la mesa una y otra vez al grito de: “¡Mi viejo era carniza y peronista!”.
Así de espontáneo era ese hombre retacón, cuya estrella pública empezaba a brillar, luego de un paso deslucido por las filas menemistas, a donde llegó apadrinado por José Luis Manzano. De hecho, el propio riojano le encomendó integrar una delegación de diputados en Madrid para denostar al juez Baltasar Garzón, quien llevaba adelante un expediente sobre la dictadura argentina. Diputado nacional desde 1987, integró comisiones especiales, cómo la que monitoreaba la pesquisa del atentado a la Amia y otra sobre lavado de dinero. Su papel en la primera le valió una causa por encubrimiento. Su papel en la segunda derivó en una amistad íntima –pero platónica, según sus allegados– nada menos que con Lilita Carrió. Tampoco lo favoreció su vínculo con el criminal de guerra nazi Erich Priebke, actualmente condenado en Italia por la ejecución de 335 civiles en las Fosas Ardeatinas; una foto de ambos durante una cena en Bariloche sería profusamente publicada en los medios.
Ahora, ya alejado de Menem durante esa sobremesa en el Ministerio de Seguridad, no ahorraba elogios hacia Duhalde. Su segundo, el doctor Luis Genoud, asentía con un leve corcoveo.
Nadie suponía que 32 meses después, ambos se convertirían en los máximos responsables políticos de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
El señor 5. Tras la crisis del 19 y 20 de diciembre de 2001 que derrumbó al gobierno de la Alianza, el Gringo fue puesto por Duhalde al frente de la Side.
En mayo del año siguiente, durante una reunión de Gabinete, Soria sorprendió a los presentes con un inquietante informe recién salido del horno. El paper en cuestión se basaba en grabaciones clandestinas efectuadas durante un congreso piquetero en Villa Domínico por personal de inteligencia recientemente reclutado entre las filas residuales del Comando de Organización (C de O), la hinchada de Los Andes y la comparsa “Los Mimosos de Burzaco”. En ellos estaba el germen de una matanza.
El material reunido condujo a una verdadera hipótesis de conflicto. Soria, al exponer el asunto ante todos los ministros y secretarios de Estado, encabezado por el presidente interino, señaló sin mover un sólo músculo del rostro la existencia de “un plan insurreccional en marcha”. Y fue aún más lejos al vaticinar que los conjurados tenían”previsto el asalto al poder durante el próximo 9 de julio”. El Informe Soria, pese a su naturaleza descabellada, tuvo una gran acogida entre los “halcones” del gobierno.
Así llegó la mañana del 26 de junio. Ese día desde la Side se tejió una fina maniobra para deslucir el corte del Puente Pueyrredón, impulsando primero una situación de caos con el apoyo de provocadores e infiltrados. Luego se aplicaría sobre ella una represión medida, disciplinante y con un alto contenido mediático, con el propósito de instalar la ilusión de que el orden había sido restaurado. No contaban, desde luego, con la sutileza de la Bonaerense.
La incompetencia brutal de quienes debían, por un lado, provocar a la multitud y, por otro, vigilar la protesta en el límite geográfico de Avellaneda y la Capital derivó en el asesinato de dos piqueteros desarmados, a la vista de decenas de testigos, algunos con cámaras fotográficas y televisivas.
Genoud –en su calidad de ministro de Seguridad bonaerense– y Soria fueron rápidamente eyectados de sus cargos. El primero sería recompensado con un lugar en la Suprema Corte provincial. El otro volvió con premura a su provincia, ya convertido en un cadáver político.
Está de más decir que su resurrección fue apabullante.
Luego de una decorosa gestión cómo intendente de General Roca, el Gringo llegó en la mañana del 10 de diciembre a la cima de su carrera política, al poner fin casi tres décadas de gobiernos radicales en Río Negro. Su gestión duró sólo 21 días.
A las 4.06 del primer día del año, el tal Mariano Valentín se abalanzaría sobre Susana Freydoz para evitar que se volara la tapa de los sesos.
De soslayo vería al gobernador tumbado en la cama. No respiraba más. En ese instante ya se encontraba en el más allá.
Carlos Soria había perdido su última batalla.

Comentarios
El juez Chirinos dijo que se siente presionado para que detenga a la Sra. Y no sabe para que. Por favor ,disimulen un poco, un poco de pudor,ya sabemos que la justicia no es para todos, al menos no para los politicos que por lo visto hasta pueden matar libremente,comprar propiedades en los lugares mas caros ....etc. gracias ,saludos.
muy buen relato, encaja con el hecho...me sorprendió lo del muchacho salvando a la Freydoz....¿habrá ocurrido así? Una cosa que no entiendo es porqué el juez supremo de Rio Negro se esforzó por cubrir prontamente a la Freydoz, por qué tiene tantos privilegios...será que es una terrateniente muy poderosa en Río Negro?
Me gustó la nota.
Julio César
ESPECTACULAR NOTA.
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