Videla emerge de las catacumbas del pasado

En una ocasión, a mediados de la década pasada, el ex ministro del Interior de la última dictadura, Albano Harguindeguy, declinó ser entrevistado por un periodista del semanario TXT debido a la inminencia de una indagatoria suya en un juzgado federal. Al respecto, con un dejo de amargura, diría: “Esto me tiene tan podrido, que a veces me da ganas de desaparecer.” Ese fue el verbo que utilizó. Un verbo que, salido de sus labios y en referencia a su situación personal, es digno de estudio. Ocurre que –desde el estricto punto de vista del lenguaje– su significado en la Historia argentina fue un aporte semántico de los golpistas de 1976. Y con un propósito preciso: “No dar explicaciones, para así encubrir otras realidades”, tal como confió Jorge Rafael Videla a la revista española Cambio 16.

Lo cierto es que el reportaje al dictador, publicado el 12 de febrero, provocó una gran conmoción. Más que sus dichos, tal vez haya impresionado leer su voz. Esa voz carente de matices; un vacío que él solía remediar con ademanes secos y elocuentes. Esa voz que una vez dijera: “En Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país.” Ahora, 37 años después, esa misma voz, la voz de un hombre con dos condenas a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad y con un juicio en marcha por su papel en el plan sistemático de robo de bebés, emerge de las catacumbas del pasado para despacharse con opiniones y esgrimir retazos de su pensamiento profundo. En este punto, entonces, el estupor y la indignación tienen su lógica. Tanto es así que un variado arco de actores políticos, sociales y culturales no tardó en repudiar sus declaraciones. La mayoría, por insustanciales. Algunos las refutaron; otros, hasta criticarían la realización de la nota periodística. Es que en todo este asunto subyace un añejo debate: ¿es o no lícito ofrecerles el micrófono a los genocidas?

Hace unos años, le preguntaron justamente eso al historiador francés Pierre Vidal-Naquet, una de las mentes más lúcidas de la Europa de post guerra. Su respuesta fue: “Es necesario entrevistarlos para saber cómo son y qué piensan. Para estudiar sobre ellos. Para que quede clara la verdad histórica sobre lo que hicieron.” Después, agregó: “Lo que no hay que hacer nunca es polemizar con ellos. Ni aun cuando lo que digan nos suene aberrante. Hacerlo sería como si un astrónomo quisiera discutir con alguien que cree que la luna es un pedazo de queso gruyere.”

Por cierto, en manos de ciertos sujetos, el libre ejercicio de la palabra puede llegar a ser la vía más eficaz para dejar al desnudo su propia catadura criminal. Y también la de sus semejantes más cercanos. Tal es el caso del finado general Ramón Camps. Este supo alternar las tareas represivas con la escritura de sus andanzas. Prueba de ello es su libro Caso Timerman, punto final (editorial Roca, 1982). Allí agradecía al entonces ministro de gobierno bonaerense, Jaime Lamont Smart, y a otros seis funcionarios, por “la asistencia en la investigación y los interrogatorios tendientes a establecer el trasfondo del diario La Opinión”. Casi tres décadas más tarde, esa frase propiciaría el procesamiento de Smart, el primer civil en ser detenido por su rol en la dictadura.

Más trivial –pero no menos notable– es un tape del viejo noticiero de ATC que muestra a un teniente coronel reciclado en funcionario público, al cual un periodista le consulta:

–¿Por qué cree usted que los jóvenes tienden a rebelarse a la autoridad?

El militar contestó:

–Algunos de ellos padecen de lo que yo llamo: exceso de pensamiento.

Así razonaban quienes por entonces eran dueños de vidas y haciendas.

La cuestión es que lo de Videla en Cambio 16 es un formidable compendio de este tipo de cosas.

Se dice que en la decisión editorial de publicar la entrevista no fue ajeno el rebrote franquista en España. Es posible. Y que su autor –el periodista Ricardo Angoso– fue dócil y amigable. Sin duda. Y que los conceptos vertidos por el ex militar tuvieron el propósito de deslegitimar los juicios por delitos de lesa humanidad. Desde luego. Y que en sus palabras anida el odio. ¿Qué diablos se esperaba? Sin embargo, en esas mismas páginas –además de enaltecer con su espanto la política de Derechos Humanos del actual gobierno–, el tipo reconoce que la aplicación del terrorismo de Estado fue avalada antes del 24 de marzo por el presidente provisional Ítalo Luder. Destaca la postura golpista del líder radical Ricardo Balbín. Pondera el apoyo a la dictadura del empresariado y la Iglesia. Y admite el método del secuestro de personas y su posterior asesinato. Es cierto que todo eso ya se sabía. Pero era importante que él lo dijera.

Más allá de tales definiciones –y de su valor histórico–, hay un comentario incidental, casi oculto en su relato: “Los hombres no son perfectos; sólo Dios lo es.” Una frase de cuidado, especialmente si proviene de alguien que se creía elegido para cumplir una difícil misión en la Tierra. Tal vez en aquellos nueve vocablos esté depositada la clave de su peligrosidad. ¿Qué hubiera dicho la gran Hannah Arendt al respecto?

Su ensayo sobre el criminal nazi Adolf Eichmann, considerado el arquitecto del Holocausto, es una obra fundamental para comprender la dialéctica de los genocidios y la naturaleza de sus hacedores. Para ella, en un sentido literal, Eichmann no era un monstruo sádico sino un simple burócrata, un hombre con categoría gerencial dentro de un sistema basado en el exterminio, y sin otras motivaciones que la de no malquistarse con sus jefes. Videla no es diferente, sólo que lo suyo, al parecer, era el temor a Dios.

Ahora el viejo dictador habló. Pero algo cruza sus dichos como un fantasma apenas disimulado: la banalidad del mal.

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