El conjunto de formulaciones ideológicas que la organización abrazó durante su etapa formativa (1963-1965) se inscribió en el contexto más general de los cambios sufridos por las izquierdas latinoamericanas tras la Revolución cubana. Dichos cambios se concentraron, fundamentalmente, en una caracterización de la revolución distinta a la sostenida por la hasta entonces hegemónica corriente comunista, y en la definición de una también distinta estrategia para la toma del poder.
Allí donde el comunismo planteaba la sucesión de etapas, el recorrido de la Revolución cubana parecía instalar en el horizonte de lo posible la meta final del socialismo y, a la vez, ofrecía la clave para una acción aceleradora de los tiempos: “La lucha armada”. Inmersos en las conflictividades de los ingenios azucareros de la provincia de Tucumán, morenistas (seguidores de Nahuel Moreno en la agrupación trotskista Palabra Obrera) y fripistas (Frente Revolucionario Indoamericano Popular, Frip, movimiento liderado por Mario Roberto Santucho) confluyeron en su voluntad revolucionaria. El morenismo le ofreció a un Frip en proceso de radicalización un lenguaje, el marxista-leninista. Ambos grupos acordaron que, en la Argentina, la revolución debía ser antiimperialista y socialista simultáneamente, y que, para llevarla a cabo, se necesitaba la dirección de un partido de vanguardia. Y lo fundaron.
Si la aceptación común respecto de la lucha armada formó parte de los acuerdos iniciales, las diferencias en torno de las estrategias, los tiempos y espacios específicos que ésta debía asumir terminaron dividiendo al grupo. A partir de entonces, los hombres nucleados alrededor de Mario R. Santucho volvieron la mirada sobre el ideario marxista-leninista, en busca de una teoría que les ofreciera las claves para llevar adelante lo que ya sabían que era “el único camino hacia el poder obrero y el socialismo”: la lucha armada. Encontraron esa teoría en los escritos de los líderes asiáticos: la guerra popular prolongada. Construirían un ejército que, dirigido por el partido, fuera de “lo pequeño a lo grande templándose en mil batallas tácticas”, hasta alcanzar la envergadura de un ejército regular. Cuando entendieron que el Cordobazo anunciaba el comienzo de la guerra civil revolucionaria en la Argentina, lo fundaron. El nuevo ejército tuvo sus símbolos identificatorios: una bandera que enlazaba la nacionalidad argentina con la lucha por el socialismo en los cinco continentes y un himno que alentaba “Adelante compañeros, / a vencer o morir. / Por una Argentina en armas, / de cada puño un fusil”.
Como en una Argentina que “está en guerra, la política se hace, en lo fundamental, armada”, los combatientes, apropiándose del legado guevariano, se lanzaron al combate para “despertar la conciencia popular”; alguien tenía “que dar una lección de dignidad a la Argentina”. Y cuando esa conciencia popular se expresó en las urnas, combatieron para “defender el poder del pueblo”: la experiencia chilena les enseñaba que bajar las armas podía ser el inicio de la derrota. Luego, cuando ese poder se vio acorralado, combatieron para mantener viva “la flama de la resistencia”.
En ese recorrido se fue erigiendo la figura de su enemigo: una “oficialidad cebada en la tortura y el asesinato”. Frente a ese enemigo, los combatientes afirmaron su propia identidad en un doble movimiento: uno de asimilación especular (“a imagen y semejanza nuestra, pero al revés”) y otro de diferenciación, sensiblemente anclado en la moral. Y esa moral rigió su conducta en el combate: procuraron acciones “limpias” de sangre y cuando mataron lo hicieron en venganza; así obligarían a su enemigo a “respetar las leyes de la guerra”.
La identidad de los combatientes se sustentaba, además, sobre otra figura referencial: el hombre nuevo. Era éste, en rigor, el hombre emancipado del futuro socialista, anuncio de la humanidad venidera, portador de las “virtudes proletarias”. Pero ese hombre nuevo parecía definir sus rasgos particulares al anticiparse en la estampa de Guevara, el guerrillero heroico. Su heroicidad no radicaba únicamente en la temeridad guerrera, antes bien, brotaba de su disposición a dar la vida, a sacrificarla en esa acción aceleradora de los tiempos históricos. Y esa disposición sacrificial se expresó en la palabra “deber”.
“Por el camino del Che” rezaba el himno del ERP. Hacia allá fueron sus combatientes, convencidos de que la Historia, en su despliegue inexorable y doloroso, los convocaba para su consagración. Lo hicieron bajo su propio mandato inapelable (“A vencer o morir”), sin concesiones, catapultados por la fuerza tan irresistible como arrasadora de los vientos revolucionarios.
Desde un comienzo, advirtieron que el costo era alto, pero éste se les revelaba tan admisible como inevitable, en tanto parecía prometer que la sangre generosamente derramada, la de los compañeros y la propia, abriría las puertas del futuro. Decidieron tomar el mundo entre sus manos para transformarlo y, si la empresa exigía, en un mismo movimiento, nada más y nada menos, que “cambiar al hombre en lo que éste tiene de más profundo”, a esa transformación revolucionaria de su propio ser también se entregaron.
Los combatientes se proyectaron como vanguardia, como “los mejores hijos del pueblo” y, en consecuencia, emularon las virtudes morales que a ese pueblo ellos mismos le atribuyeron. No les fue fácil: hubo tensiones, conflictos, sufrimiento, pasos en falso. En todo caso, allí estaba la mano disciplinatoria del cuerpo colectivo partidario para moldear a los combatientes de modo tal que alcanzaran la “estatura moral y política de los grandes cuadros” que la revolución necesitaba. De esa revolución no dudaron nunca: la imaginaron inminente y triunfal. Y, si bien ésta exigía el sacrificio de los mejores, no había vida fuera de ella. En consecuencia, la vida de los combatientes, en todas sus dimensiones, transcurrió subsumida a las razones de aquella revolución.
En ese transcurrir, signado por el sacrificio y un deber moral que no admitía “un solo desliz, una sola mancha en la conducta”, los cuerpos y las almas de los combatientes debieron fundirse en un todo sin fisuras. Triunfo inexorable de la revolución, sacrificio, deber, disciplina, fidelidad, adherencia, totalidad: es a partir de ese encadenamiento de certezas, mandatos y rasgos colectivos que, entiendo, debe leerse la experiencia perretista. Porque fue allí donde se consolidó una subjetividad impermeable y donde esos hombres y mujeres encontraron el sentido total de sus vidas y de sus muertes. Y fue por ese sentido que persistieron.
Los militantes del PRT-ERP no se equivocaron, no se desviaron ni se empecinaron caprichosamente. Fueron, en todo caso, terriblemente fieles al ideario y a los imperativos que ellos mismos enarbolaron, en pos de una revolución en la que creyeron inconmoviblemente.

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