Comandos en acción

Los comandos –Fuerzas de Adiestramiento Especial en la jerga militar– se jactan de haber tenido su “bautismo de fuego” durante la Operación Independencia en Tucumán. Aquí se demuestra que los obreros del azúcar fueron sus víctimas.

Comandos en acción
La militarización del territorio tucumano fue total a partir del inicio de la Operación Independencia. En San Miguel de Tucumán y en las ciudades y pueblos del interior de la provincia se instalaron fuerzas de tareas, bases de combate, retenes, controles camineros, etc. Donde más se notó la presencia militar fue en los poblados pequeños, cercanos a la supuesta zona de combate. Allí había patrullajes diurnos y nocturnos, fichaje de los ciudadanos, operativos de ataque y defensa, etc. Los allanamientos (controles poblacionales, en la jerga militar) y verificaciones de identidad y controles de mercaderías en almacenes y carnicerías, eran cosa de todos los días. Las poblaciones de las ciudades del interior y los habitantes de los caseríos más alejados sufrieron todo tipo de acciones represivas. Casi no hubo tucumanos que no hayan sido demorados, detenidos, secuestrados. Algunos vivieron para contarlo, otros enmudecieron para siempre víctimas del terror impuesto por los uniformados o por los encapuchados. Y otros desaparecieron, asesinados en sus casas, en los caminos o en los campos de concentración, llamados eufemísticamente LRD (Lugar de Reunión de Detenidos). Las acciones de las fuerzas militares fueron casi siempre combinadas. Operaban uniformados del Ejército –en muchos casos incluían conscriptos– de la Gendarmería y de las policías Federal y Provincial. Nunca faltaban los comandos disfrazados con ropa oscura, poleras de cuello alto, capuchas o pañuelos ocultando sus rostros, aunque a veces lo hacían a cara descubierta, seguros de su impunidad. Comandos en acción atacando al enemigo. Una acción conjunta ejecutada en el ingenio Aguilares, a mediados de octubre de 1976, pinta de cuerpo entero el estado de indefensión en que se encontraba la población, víctima de estas acciones de comandos, soldados y policías. A las 3 de mañana del viernes 16 de octubre estalló un artefacto explosivo en la residencia del administrador del ingenio. Probablemente la hayan colocado los militares para justificar las acciones que emprendieron posteriormente. Tenían una larga experiencia en eso de colocar bombas y adjudicarlas al “terrorismo” y a la “delincuencia subversiva”. (Para esa época, los grupos guerrilleros estaban diezmados, no tenían capacidad operativa, sus militantes eran casi inexistentes y las organizaciones populares se encontraban paralizadas por el terror impuesto por la Operación). En los minutos que siguieron a la explosión, una caravana de vehículos militares llegó al ingenio Aguilares, ubicado en la población del mismo nombre, cien kilómetros al sur de San Miguel de Tucumán. Como en las escenas de las películas de guerra, tomaron posiciones estratégicas y dominaron todo el ámbito de la fábrica. Los soldados, con ropa de combate y cascos de acero, se ubicaron con sus armas listas como si previeran algún ataque armado. Entonces entró en escena un grupo comando vestido con ropas oscuras y borceguíes negros, con sus caras descubiertas pero embadurnadas con pomada oscura. Tenían pañuelos blancos atados en sus brazos y de sus cuellos colgaban rosarios católicos. Portaban fusiles y ametralladoras. En la Oficina Técnica del ingenio estaba el jefe de fábrica, don Felipe Alberto Álvarez, que cumplía el turno de 21 a 4 de la mañana. Los comandos se dirigieron allí y preguntaron por un obrero de la fábrica, de apellido Pereyra. Querían saber si estaba en ese momento trabajando y en qué sección del ingenio se encontraba. Al no obtener respuesta, ingresaron violentamente a la Oficina de Personal, donde consiguieron la información. Los comandos salieron disparados hacia las dependencias donde estaban los trabajadores, próximos a cumplir su turno. Se desplazaban en diagonal, cubriéndose unos a otros, parapetándose en las salientes de los edificios, detrás de los marcos de las puertas, en los vehículos estacionados en el interior de la fábrica. Se comunicaban por radio, a través de las cuales daban y recibían instrucciones para la acción. Si no hubiera sido por el clima de terror que vivía la población de Aguilares, que a esa altura de los acontecimientos ya había sufrido las detenciones y secuestros de muchos de sus habitantes, las escenas protagonizadas por los comandos hubieran provocado risas y comentarios sarcásticos, cualidades muy tucumanas. No les llevó mucho tiempo encontrar y detener al obrero Pereyra. Dice el jefe Álvarez: “Sacaron a Pereyra a punta de bayoneta, con sus ojos tapados con una venda y las manos atadas a la espalda y lo introdujeron en un automóvil Torino color blanco”. Desoyendo las órdenes impartidas por los comandos, de que nadie hablara ni se moviera, Álvarez se dirigió a quien parecía comandar el grupo: “Los increpé, preguntándoles por qué me llevaban al obrero. Me amenazaron, me apuntaron con las armas, me empujaron y me llevaron a mi oficina, donde me encerraron junto al personal a mi cargo. Por la ventana pude ver cómo se llevaban secuestrado a Pereyra”. A las 4 sonó la sirena del ingenio, cambió el turno y se renovaron los planteles de trabajadores de las distintas secciones de la fábrica azucarera. Álvarez partió hacia su casa, ubicada en la ciudad de Concepción, a pocos kilómetros de Aguilares. Al llegar, aproximadamente una hora y media después, comentó con su esposa lo ocurrido: “Me sentía muy impresionado por el maltrato y la violencia del operativo”. Después apagaron las luces de la casa y se dispusieron a descansar. Al rato de acostarse, Álvarez y su esposa escucharon el rechinar de neumáticos, puertas de automóviles que se abrían y cerraban y gritos de personas que querían ingresar al domicilio. Álvarez se vistió lo más rápido que pudo y corrió a abrir la puerta, que estaba a punto de ser derribada. El grupo estaba integrado por más de 15 hombres, todos muy jóvenes. Álvarez intentó hablar: “Pasen muchachos, en esta casa solo hay gente de trabajo”. Como respuesta lo golpearon, le ataron las manos a la espalda y le vendaron los ojos, mientras le decían “preparate, que te vamos a llevar”. La esposa de Álvarez fue conducida a una habitación donde estaban sus aterrorizados hijos. Cuando lo llevaban, el hombre le dijo a su mujer: “Yo no hice nada malo”. Atemorizada, pero serena, ella le respondió “yo creo y confío en vos”, y dirigiéndose al jefe de los secuestradores le dijo: “¿Por qué lo llevan? Es un espejo de hombre y vive solo para nosotros”. Uno de los integrantes del grupo le respondió: “Se lo vamos a devolver dentro de las 24 horas, creo que nos equivocamos”. Mientras tanto, la patota recorría la casa destruyendo lo que encontraba a su paso y robándose todo lo que podía tener algún valor. Al salir el grupo de la casa llevando secuestrado a Álvarez, un vecino atinó a enfrentarlos y preguntarles quiénes eran. Lo rodearon, lo amenazaron y lo introdujeron de nuevo a su vivienda. Era el señor Abdala Fiad, en ese entonces comisario interino de la policía en Alto Verde, un poblado cercano a Aguilares, que nada pudo hacer para impedir el secuestro de Álvarez. Otros vecinos, alarmados por los ruidos y la violencia del grupo incursor, atinaron a salir a la vereda a ver qué pasaba. Un comando los amenazó: “¿Qué miran? Métanse adentro porque si no lo hacen les pasará lo mismo”. Aves de rapiña. El jefe Álvarez fue introducido a los golpes y empujones en el asiento de atrás de un vehículo particular. A sus lados se sentaron dos hombres. Viajó un tiempo que él calculó el suficiente como para llegar a la zona de Famaillá. Al llegar lo metieron en un salón donde fue requisado. “Parecían aves de rapiña”, dice. Y agrega: “Me sacaron el dinero, mientras me revisaban para ver si tenía algún objeto de valor. Solo me dejaron el DNI, que colocaron en el bolsillo de mi camisa. Así estuve un buen rato. Cada uno que llegaba me revisaba”. Le cambiaron la venda de los ojos, colocándole una cinta adhesiva que le apretaba de tal forma que las pestañas lo lastimaban, produciéndole un gran dolor. Después lo arrojaron al piso. En esa situación se dio cuenta, “por mi especialidad profesional, que estaba en una fábrica azucarera, un ingenio”. Álvarez no lo sabía, pero estaba secuestrado en el ex ingenio Nueva Baviera, en las afueras de Famaillá. Allí había sido instalado el puesto táctico de comando de la Operación Independencia después del golpe de Estado del 24 de marzo, al ser desmontado el de Famaillá, donde había sido amo y señor Adel Vilas. Ahora, en Nueva Baviera, el dueño de la vida de las personas era el teniente coronel Antonio Arrechea, un secuaz del comandante de la Operación en esos tiempos, Antonio Domingo Bussi. Arrechea había sido el jefe de Policía en tiempos de Vilas. Cruel, sádico, se ensañaba con las mujeres, a las que odiaba. Se había hecho famoso por una razia en la que detuvo a decenas de parejas que se encontraban en los hoteles alojamiento de San Miguel de Tucumán. Los días de Álvarez en el campo de concentración fueron similares a los de todos los secuestrados. Era maltratado por cualquier circunstancia, comía poco la inmundicia que le daban, los custodios se ensañaban con él cuando lo trasladaban de un lugar a otro: “Cuando teníamos que ir al baño nos bajaban por escaleras, el guía nos desorientaba, nos hacía chocar con los fierros”. Álvarez no se explicaba su situación: “No era afiliado al sindicato, nunca había tenido militancia política. Mi cabeza era una locura, no encontraba respuesta a mis preguntas sobre los motivos de mi secuestro”. La respuesta la tuvo varios días después. Atado y con los ojos vendados, un día se le acercó otro cautivo. Era Pereyra, el obrero por el cual él había intentado vanamente interceder cuando era secuestrado en el ingenio. Cuando se reconocieron por las voces, Pereyra, casi llorando, le dijo: “Jefe, usted está aquí por culpa mía, perdóneme”. Y pasó a explicarle: “A mí me matan esta noche, yo no vuelvo más, jefe. Es tremendo, cuando me interrogaron apenas me bajaron del auto, dándome golpes y culatazos me preguntaban quién era mi jefe. Yo les dije el jefe Álvarez, pero porque yo creía que me preguntaban por mi trabajo en el ingenio. Perdóneme jefe, ya nunca nos veremos”. Álvarez pasaba los días y las noches en medio de ayes de dolor y gritos espantosos. La sala de tortura estaba al lado y él escuchaba los alaridos que producía la tortura, las amenazas de los interrogadores: “¿Vas a cantar o no vas a cantar? Vos estás al servicio de los guerrilleros”. Ahora recuerda que los llantos eran interminables, a su alrededor escuchaba voces de ancianos, de niños, familias completas que habían sido secuestradas y no sabían por qué. Bussi “en combate”. Antes y después del interrogatorio, Álvarez era presionado psicológicamente. Le decían que primero matarían a su esposa, después a sus hijos y más tarde a sus padres. Así llegó un día en que fue llevado a la sala de interrogatorios. Lo hicieron sentar y le sacaron las vendas de los ojos. A pesar del tiempo transcurrido y de los reflectores que lo cegaban, después de un rato pudo distinguir que había varias personas. “Entre las sombras estaba Bussi”, dice Álvarez. Trajeron a un muchacho joven, aparentemente un prisionero que estaba quebrado. Le preguntaron si lo conocía y el muchacho dijo que no. Eso le salvó la vida. Esa noche Álvarez, junto a Guillermo Villagra, otro obrero del ingenio Aguilares que había sido secuestrado un día después que él, fueron subidos a un camión para ser liberados. Villagra había sido sometido a la tortura por sus vínculos con el sindicato y lo habían acusado de ser un elemento subversivo. “Trajeron varias personas para identificarme”, dice. Y agrega: “No me conocía ninguno, pero recuerdo la voz de otro detenido, el señor Mori Amaya, quien les dijo a los militares que yo no tenía nada que ver con las actividades de las que me acusaban”. Amaya está desaparecido. Su hermano es el actual intendente de San Miguel de Tucumán. Álvarez cuenta el operativo militar para liberarlos: “El camión donde íbamos llevaba dos camiones adelante y otros dos atrás, cargados de hombres armados: era una caravana para dos personas inocentes”. Los prisioneros fueron bajados y liberados después de un rato de marcha por la ruta 38 rumbo al sur. Les dijeron que se sacaran las vendas media hora después. Cuando lo hicieron, Álvarez reconoció la zona: “Era un lugar muy oscuro, cerca del ingenio Santa Rosa. Yo había trabajado siete años en ese ingenio. La alegría por la liberación nos duró poco: corrimos por la calle principal en busca de alguien que nos llevara hasta Concepción, pero nos interceptó una patrulla del Ejército y nos detuvo nuevamente”. El Ejército tenía una base en el pueblo, que funcionaba en el Club de Palitroque. Hacia allí fueron llevados Álvarez y Villagra. Suplicaron, rogaron que se comunicaran con el jefe de la base de Nueva Baviera, para comprobar que habían sido liberados allí y que no pesaba sobre ellos ningún cargo. Fueron alojados en una pieza, él en un catre y su compañero de infortunio en el piso. No podían creer lo que les estaba ocurriendo. Simulacro de fusilamiento. Al segundo día de cautiverio en Santa Rosa los cargaron en un camión, tirados en la caja y tapados con una colcha y los llevaron de vuelta al ingenio Nueva Baviera, al norte de donde habían sido apresados por segunda vez. Apenas llegados, los subieron a otro camión y nuevamente enfilaron hacia el sur. Al llegar al puente sobre el río Pueblo Viejo el camión se detuvo y bajaron a los dos prisioneros. En ese momento les anunciaron que los fusilarían. Los hicieron parar junto a los pilares del puente, remontaron las armas y dispararon. Dice Álvarez: “Me encomendé a Dios, dijeron preparen, apunten, ¡ fuego! Sonó la descarga y no sentí nada en mi cuerpo. ¡Estaba vivo! Solo éramos dos personas inocentes a quienes agredieron y con quienes se ensañaron hasta el último instante”. Pasado un largo rato del simulacro de fusilamiento, Álvarez y Villagra fueron cargados en una ambulancia y transportados hasta la comisaría del poblado más cercano, León Rougés. Allí fueron liberados. Salieron caminando de la comisaría y se dirigieron hacia la parada del ómnibus. “En ese momento pasó una camioneta del ingenio Santa Rosa, donde yo había trabajado siete años, manejada por el chofer Gerez, que pese a mi aspecto me reconoció y me preguntó: ‘Jefe, ¿qué anda haciendo?’. Como había mucha gente y se aproximaba una patrulla militar le dije que andaba montando un cargadero. Nos hizo subir a la camioneta y nos llevó hasta Concepción”. Álvarez se hizo llevar a la casa de sus padres, porque no quería que su mujer y sus hijos lo vieran en el estado en que lo habían dejado los militares. No lo reconocieron. Pasó a su casa, donde su hijo mayor tampoco lo reconoció. Tenía varios kilos menos, barba, bigote y pelo largo. Estaba inmundo, olía mal. Se bañó por más de una hora, mientras lloraba a los gritos, desconsolado. El padre de Álvarez le dio unos pesos a Villagra y con eso pudo viajar hasta su casa en Aguilares y reintegrarse a su hogar. El jefe Álvarez recuerda ahora: “Había terminado mi pesadilla. Nunca más dormimos tranquilos. La puerta de casa, que nos rompieron, permanece ahí como un símbolo y para tener memoria. La ventana estuvo cerrada hasta que volvió la democracia. Tuve propuestas para ir a trabajar al extranjero pero opté por quedarme en mi patria. Llevo a cuestas, como una cruz, un mal de Parkinson que es secuela de los sufrimientos padecidos. Mi cuerpo está deteriorado, pero no pudieron matar mi mente”. Casos como los de Álvarez, Villagra, Amaya, Pereyra, se cuentan por cientos a lo largo y lo ancho de la provincia de Tucumán. Eran trabajadores de la industria azucarera, operarios especializados, obreros, jornaleros. Sobre ellos recayó el peso de la represión militar. Ellos fueron las mayores víctimas de la “guerra” de los afiebrados militares argentinos. Preparación para “el combate” Hace pocos años, el descubrimiento de fotografías de torturas en los cursos de comandos confirmaron las denuncias sobre la metodología empleada en la represión ilegal contra el pueblo argentino. Esos comandos fueron instruídos en las escuelas norteamericanas de contrainsurgencia y aplicaron sus conocimientos en detenciones, secuestros y desapariciones. Un ejemplo de ellos fue la Operación Independencia, en Tucumán. Los cursos de comandos comenzaron a dictarse en el Centro de Instrucción de Infantería, en Córdoba, en el año 1964, bajo el asesoramiento del mayor norteamericano W. Coll, un ex ranger de la guerra de Corea. Al mismo tiempo, oficiales argentinos realizaron instrucción especial en Fort Gulik, Fort Bragg y Fort Benning. Estos cursos duraban 30 días y se desarrollaron en medio de una polémica entre quienes apoyaban la existencia de la especialidad y quienes se resistían a la creación de una elite cuya conducta futura temían. La dictadura de Onganía, con su adscripción desembozada a la doctrina de la seguridad nacional, dio un impulso significativo a los comandos y al papel que se les asignaría en el futuro argentino. Los cursos se prolongaron entonces a 45 días y se incluyó como instrucción central la capacidad antiguerrillera. Las clases teóricas y prácticas se realizaron en Campo de Mayo, Córdoba, Mazaruca, Tartagal, Bariloche y Mar del Plata. La “obtención de inteligencia en ambiente subversivo” pasó a ser materia fundamental de los cursos, que se prolongaron hasta el año 1973. Obviamente, para obtener esa información no se deja de lado ningún método. Para entonces sus participantes tenían ya la aptitud especial y usaban un emblema que los identificaba. También aumentaron considerablemente las misiones de oficiales que viajaron al extranjero para ser instruidos por los norteamericanos, fundamentalmente veteranos de Vietnam. La instrucción que recibieron los participantes en los cursos, tanto en el país como en el exterior, incluyó materias tales como “Operaciones de contrainsurgencia”, “Contrainsurgencia urbana”, “Interrogador militar”, “Oficial de inteligencia militar”, etc. Un participante de esos cursos dictados por oficiales yanquis reveló su experiencia en clases tales como “Métodos de interrogatorio”: “Te aplastan los dedos, te meten palos de fósforos bajo las uñas, te queman en el estómago y en la zona genital, te cuelgan de los dedos atados a una viga, etc”. El objetivo es que el comando no hable. El mismo oficial contó de qué se trata la “Inteligencia militar”: “Estaba basada en no entregar información y recibir información. Esto último es mediante el interrogatorio. O sea, capturar un tipo sin que se enteren los otros, interrogarlo, matarlo, eliminarlo, enterrarlo. O sea, interrogarlo mientras pueda hablar y una vez que el tipo se muere, hacerlo desaparecer para que los rojos no se enteren que hemos captado información. Eso es inteligencia militar”. En 1974, los cursos ya tenían una duración de cuatro meses y se realizaron en el marco ideológico y doctrina militar que caracterizó a la represión ilegal en los años siguientes. No es casual que los comandos consideren que la Operación Independencia en Tucumán fue su bautismo de fuego. Ponen como ejemplo que uno de sus hombres murió en la primera acción armada de dicha Operación, pomposamente llamada “combate de Pueblo Viejo”, en realidad una simple escaramuza, tal como lo definen todos los diccionarios militares. Los testimonios de los detenidos que sobrevivieron a la Operación Independencia y las denuncias formuladas ante la Comisión Bicameral que investigó las violaciones a los derechos humanos en ese período, dan cuenta de la participación de estos comandos en los brutales allanamientos que sembraron el terror en el pueblo tucumano. Amparados en la impunidad estatal, las sombras de la noche, la desproporcionada composición de las fuerzas –siempre 15 o 20 hombres para allanar, golpear, humillar a un grupo familiar sorprendido en mitad del sueño–, los comandos impusieron el terror en los poblados tucumanos. Después, sus “combates” se desarrollaron en las salas de torturas de la Escuelita de Famaillá o en el campo de exterminio del Arsenal Miguel de Azcuénaga. El “enemigo” al que había que “extraerle inteligencia” eran hombres y mujeres atados a un elástico de cama para aplicarles la picana eléctrica o enterrarlos hasta el cuelo o atarlos con alambres de púas.