Entrevista. Daniel Rafecas. Juez federal

La historia en debate. Un anticipo del material que se podrá ver hoy, a las 23, por CN23: el exterminio de judíos por parte del régimen nazi y el genocidio de la última dictadura. Dos capítulos de una mirada que interroga por el significado de Auschwitz y los centros clandestinos de detención.

Entrevista. Daniel Rafecas. Juez federal
El interés por abordar el tema del exterminio de seis millones de judíos y de otras minorías perseguidas durante el régimen nazi comenzó bastante tiempo antes de asumir el cargo de juez federal, de modo que cuando accedí al cargo de juez federal y por lo tanto a la investigación de la causa Primer Cuerpo de Ejército ya venía con un bagaje de inquietudes, de lecturas, de estudios y de investigación respecto de la persecución del régimen nazi entre 1933 y 1945 a distintas minorías. De modo tal que ya estaba en tema cuando abordé con la gente del juzgado esta megacausa que tiene que ver con el terrorismo de Estado en la Argentina durante la última dictadura militar. Se generó una suerte de retroalimentación. Me refiero a las reflexiones y la elaboración de conceptos, tanto por la influencia que han tenido las prácticas del nacionalsocialismo de las décadas del ’30 y el ’40 sobre las prácticas de la dictadura a partir de 1976”, relata Daniel Rafecas. Punto de partida –señala el magistrado– de una pregunta central. “Todo esto me llevó a interrogarme sobre la mirada que nosotros, desde la Argentina en el siglo XXI, podemos tener sobre ese agujero negro de la modernidad que significó Auschwitz para todos, no solamente para la comunidad judía, sino realmente para todos”, agrega Rafecas. –Cuando uno habla de delitos de lesa humanidad tiene que entender que, además de una categoría del Derecho Penal, está indagando sobre la condición humana. Es decir: que se trata de crímenes que ofenden a una persona, pero también al resto de los humanos. Escuché a Baltasar Garzón decir, cuando se cumplieron 20 años del golpe del ’76, que cuando veía a las madres de pañuelo blanco sentía que lo ofendían a él y al resto de los ciudadanos del planeta, que por eso se lanzó en 1996 a acusar a los genocidas argentinos... –Esto emparienta los crímenes que se analizan en el libro con los crímenes que padecimos los argentinos durante la última dictadura. Es una cuestión que está fuera de toda discusión, porque así lo han establecido todos los juristas, los tribunales de Justicia e incluso la Corte Suprema de Justicia. En estos crímenes está en juego nada menos que la condición humana. Los crímenes de lesa humanidad constituyen un atentado contra todos. No hay fronteras ni plazos, porque está en juego algo que trasciende a los países. De allí nace ese reclamo universal de perseguir a los perpetradores, de llevar Justicia allí donde hay impunidad; de llevar la verdad a donde hay olvido y de llevar la memoria a los lugares donde la política de los genocidas, sea en Alemania o en la Argentina, pretende borrar la historia esos crímenes, una práctica sistemática muy fuerte que es inherente a los genocidios. Los genocidas, los criminales de esta escala, dedican enormes esfuerzos, no sólo a la perpetración de los crímenes, sino también a obtener la impunidad posterior. –Usted hace una referencia muy importante, como antecedente del Holocausto, al genocidio armenio. Recuerda que Prusia y Turquía estuvieron en el mismo bloque durante la Primera Guerra Mundial y también menciona cuestiones de orden religiosa. –En general, en la historiografía de la Shoá de autores europeos, norteamericanos o propios de la comunidad judía internacional, en todas estas décadas no hay una exploración sobre los antecedentes que confluyeron en, digamos, la aparición de Auschwitz. Y en esta obra exploro, abro una puerta para buscar puntos de contacto con el genocidio de los armenios, que ocurrió entre 1915 y 1917 en el marco de la Primera Guerra Mundial y cuyo autor directo fue el imperio turco, aliado del imperio austrohúngaro y del imperio Prusiano. Esta asociación con el genocidio armenio, en el libro se ubica entre los años 1939 y la primera mitad de 1941, cuando los nazis ya estaban planificando la invasión a la Unión Soviética. Una traición a su supuesto socio hasta ese momento en la Operación Barbarroja. Ellos daban por descontado el derrumbe del gigante soviético y la conquista de todos esos enormes territorios. En ese contexto, que duró desde julio a septiembre de 1941, los nazis llevaron adelante un plan muy acabado para deportar a todos los judíos europeos a las estepas siberianas, los se conoció como El plan Siberia. A mi juicio, esta operación estuvo inspirada en el genocidio armenio. El imperio turco, con distintos eufemismos y argumentos falsos, había dispuesto deportar a todos los armenios, un millón y medio de personas, a los desiertos de Arabia. Y eso es lo que hicieron. Allí, los armenios perecieron por hambre, por fusilamiento o por inanición. Lo mismo pensaban hacer los nazis con los judíos europeos: deportarlos a las duras estepas siberianas para que allí perecieran de hambre, de frío, y que la comunidad internacional no tuviera control, ni conocimiento, ni acceso a ese genocidio que se estaban planificando. La historia, como señalo en el libro, iba a demostrar que los nazis habían calculado mal la resistencia del pueblo y del ejército soviético. La Unión Soviética resistió la invasión. Moscú no cayó en diciembre de 1941. Leningrado (hoy San Petersburgo) tampoco cayó. En definitiva, el plan de los nazis de deportar a Siberia a los judíos no se pudo concretar por los avatares de la guerra. Y allí es donde, entonces, aparece lo que hoy conocemos como La solución final de la cuestión judía en Europa, que se concretó mediante la construcción de los seis campos de exterminio localizados en territorio polaco. En síntesis: cambiaron la estrategia de exterminar a los judíos por hambre, por frío, por fusilamientos y por extenuación en las estepas siberianas, por un método mucho más eficiente y que ya no dependía de los avatares de la guerra. Se trataba del exterminio en las cámaras de gas. –En los inicios del nacionalsocialismo, Adolf Hitler promueve las leyes de Nuremberg, con el objetivo de que la comunidad judía de Alemania fuera perdiendo sus derechos y, en definitiva, fueran ultrajados en su condición humana… –Su condición de ciudadanos. Sí, exactamente. Creo que cuando una persona no reconoce en otra la condición humana, entonces, cuando piensa que ese otro no es un ser humano, se puede concretar la posibilidad de sacárselo del medio, de exterminarlo. En Alemania, se fueron mezclando unas leyes con cierto consenso social durante un proceso que se extendió durante cuatro o cinco años. Esto está descripto en lo que entiendo que es la primera etapa de este largo camino que desembocó en Auschwitz. El proceso, en su totalidad, duró aproximadamente diez años; más precisamente entre 1933, cuando Hitler asume el poder como canciller en Alemania, y 1943, que es la inauguración de las cuatro cámaras de gas en Auschwitz-Birkenau. Cada una de esas cámaras tenía una capacidad para asesinar a una 1.200 personas en forma simultánea. En este largo periodo de diez años, los primeros seis, hasta el comienzo de la guerra, están ocupados por una sucesión interminable de leyes penales, civiles, laborales y administrativas que van degradando la condición de ciudadanos de los judíos alemanes y después de los judíos austríacos. Terminan siendo considerados ciudadanos de segunda y, por lo tanto, están desprovistos de un repertorio de garantías y de los derechos fundamentales propios de los Estados de derecho del siglo XX. Cuando termina ese periodo comienza la persecución física, el encierro en lugares apartados o en guetos; luego viene la deportación de los territorios del Tercer Reich, en este caso al este, a los guetos de Polonia o de los países bálticos donde, por supuesto, las condiciones son cada vez más terribles, cada vez más atroces. Llega un momento en el cual esos hombres, esas mujeres, esos niños, esos ancianos son desprovistos de rasgos de humanidad. Hay un proceso muy rápido de despersonalización de esas víctimas. Cuando llega el momento de su conducción a los campos de exterminio ya no son vistos por los nazis como iguales, no son vistos como seres humanos. Son trapos, son figuras, son paquetes, son un cargamento, son utilizados todos estos eufemismos que, por supuesto, ayudan psicológicamente a los perpetradores a sobrellevar la carga de esas matanzas absolutamente inhumanas. –No puedo evitar preguntarle qué le pasó a usted cuando indagó esto y fue sacando estas conclusiones en torno a cómo alguien puede despersonalizarse hasta despersonalizar la condición humana de los otros. Cuando alguien se mete en estos agujeros negros, a uno le pasan muchas cosas. En su condición de juez, me imagino que habrá algo por un lado muy angustioso y, por otro lado, también, algo para consolidar los conceptos de memoria, verdad y justicia. –Eduardo, esa es la pregunta clave que, en mi caso, me ha llevado por estos caminos en la investigación, en mi actividad profesional y en la docencia. Diría que, mirando esta cuestión desde el siglo XXI, no podemos hacernos más los desentendidos respecto de esas versiones tranquilizadoras que fueron apenas un puñado de fanáticos antisemitas los que concretaron el genocidio del pueblo judío en el marco del Tercer Reich... No, no. Esta obra fue inmensa, involucró decenas de miles de perpetradores con plena conciencia de que estaban participando en un exterminio de un pueblo entero que era absolutamente inocente de todos los cargos que los nazis le adjudicaban. Entonces, esto nos tiene que movilizar en el sentido de que todas las ciencias sociales deben revisar sus paradigmas a partir de Auschwitz para que Auschwitz no se repita. Lamentablemente, esto no ha sucedido. Lo hemos vivido también nosotros en la Argentina. Es alarmante, es perturbador. Indagando en esta cuestión, investigando y leyendo, uno se encuentra con los aspectos más negativos de la condición humana, se encuentra con el mal absoluto, se encuentra con esta cuestión de la administrativización de la muerte, se encuentra con fábricas de la muerte… –Fábricas, además, con un criterio de organización de excelencia, que podían haber sido para producir rulemanes o camiones… –Exactamente, es la lógica del montaje en cadena, del modelo fordista de producción industrial aplicado a la muerte, a la fabricación de cadáveres. Esa es la lógica de los campos de exterminio. Creo que es el producto más perverso que ha generado la modernidad. Me parece que no cabe ninguna duda en este sentido... Sin embargo, quiero decir también, para matizar un poco estas conclusiones, que la Shoá me ha mostrado un aspecto positivo; en el sentido de los ejemplos de los justos que han salvado vidas poniendo en riesgo su propia vida. Me refiero a la resistencia pasiva y activa de las víctimas en muchos episodios de todo este proceso. Uno, en el transcurso de la investigación, también se encuentra con la valentía de dirigentes y de militares que en su momento se opusieron al régimen criticando, e incluso con hombres de la Iglesia Católica que han sufrido la persecución en campos de concentración por salir a defender la situación de los judíos. La Shoá es realmente un fenómeno muy interesante y muy atrapante porque allí están los secretos de la condición humana, tanto para el mal como para el bien. En mi caso, es algo que me ha atrapado, pero no solamente por motivos relacionados con lo jurídico o con las ciencias sociales en general, sino también porque la problemática implica la dimensión humana. –Le quiero preguntar sobre el fracaso nazi en el frente oriental y lo que significaba, a su criterio, el exterminio del enemigo comunista. ¿Judío y comunista eran parte de un mismo fenómeno para ellos? –Sí, absolutamente. Esto es una cuestión clave porque, efectivamente, dentro del enorme repertorio de discursos, de publicidad y de panfletos antisemitas que producía el régimen nazi a través de sus distintas agencias, tenían medios propiamente antisemitas y anticomunistas, como el caso del Ministerio de Propaganda que dirigía Joseph Goebbels. Los judíos, en su discurso, eran los culpables de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Los judíos en su visión estaban detrás del capitalismo que representaba Nueva York; eran una peste, una plaga. Estaba también toda la vertiente religiosa del antisemitismo tradicional, que también era explotada por los nazis. Pero la que más efectivamente fue utilizada, sobre todo a partir de la guerra con la Unión Soviética y especialmente dirigida a las fuerzas armadas y a la propia burocracia de la administración nazi, fue la vinculación del judaísmo con el bolchevismo. El discurso machacante era que los judíos se escondían detrás del Soviet Supremo y, desde allí, manejaban a Joseph Stalin y la política de la Unión Soviética. Sostenían que el objetivo del bolchevismo era la destrucción de las nacionalidades como, por ejemplo, en el caso de Alemania. Entonces, la demonización del bolchevismo y la demonización del judaísmo vinculándolo con el bolchevismo fue una de las herramientas discursivas publicitarias fundamentales que allanaron el camino hacia “La solución final”. El anticomunismo fue clave para que las fuerzas armadas alemanas se plegaran al exterminio de los judíos y para que, llegado el momento, los burócratas que tenían que participar en el cumplimiento de estas órdenes de exterminio lo ejecutaran sin pruritos, sin cuestionamientos morales porque ya habían sido bombardeados, si se quiere, con una incesante publicidad y un discurso antisemita que los convencía de alguna manera de que esto era la salvación de Alemania. Ellos lo decían textualmente: así como tenemos el enemigo exterior en el frente de batalla, tenemos el enemigo interno que es el judío adentro del imperio nazi. Entonces había que, en el marco de la guerra total, eliminar tanto a unos como a otros. –¿Y a los prisioneros soviéticos se les aplicaba una tecnología sofisticada o se los masacraba? –Está largamente demostrado en la historia de la Segunda Guerra y en los estudios del Holocausto, que el Tercer Reich capturó durante toda la campaña del este unos cinco millones de prisioneros de guerra soviéticos, de los cuales por lo menos tres millones perecieron en los campos de prisioneros del régimen nazi. El asesinato de los prisioneros de guerra soviéticos fue realizado especialmente durante el invierno de 1941 y 1942. Fue, obviamente, deliberado. Lo hicieron reduciendo al mínimo las raciones de agua, de comida y de abrigo. En su gran mayoría, los prisiones soviéticos murieron por hambre, por frío y por sed. Es otro de los capítulos siniestros que ha dejado para la historia el papel que cumplió Alemania en la Segunda Guerra Mundial. –¿Cómo vivían los nazis del resto del mundo durante los primeros años del nazismo? Me refiero al período en el que se realizaron los juegos de Berlín, cuando se concretó la conferencia de Evian, en Francia. ¿Qué pasaba particularmente en la Argentina? –Es un tema interesante. Es la fase que denomino como la primera etapa del camino de La solución final. Es el período que transcurre entre 1933 y 1939. La política antijudía del Estado alemán era muy clara desde el primer momento. Unos meses después de asumir, Hitler realiza, por ley, una purga de todos los judíos de la administración pública que alcanza todos sus estamentos. Incluyó jueces, fiscales y docentes universitarios. La política de Hitler de persecución al colectivo judío alemán estaba muy clara. Sin embargo, en todos esos años, y a medida que se fue agudizando esta persecución, Occidente no facilitó suficientemente las cosas como para receptar ese colectivo en peligro en el corazón de Europa. Estamos hablando de aproximadamente unos quinientos mil judíos alemanes a los que se sumaron, después de la anexión de Austria en 1938, unos doscientos mil judíos austríacos. La mitad de este contingente de judíos alemanes y austríacos lograron emigrar. Por ejemplo, Estados Unidos receptó algo así como doscientos mil de estos judíos y América latina, en su conjunto, desde México hasta la Argentina y Chile, unos cien mil judíos. La cuestión, entonces, es por qué Occidente no hizo el esfuerzo para abrir sus puertas y salvar a la otra mitad de los judíos alemanes-austríacos, una población de unas cuatrocientos mil personas. La verdad es que, para ser honestos, especialmente pensando en América latina, para decirlo en términos sencillos, la región perdió una oportunidad histórica de tener un papel muy digno en la historia de Occidente. América latina estaba en especiales condiciones de receptar a ese contingente de hombres y mujeres formados, muchos de ellos profesionales, artistas y académicos; grupos familiares que podrían haber enriquecido nuestras sociedades como lo han hecho los otros colectivos judíos que sí llegaron a nuestros países. Se perdió esa oportunidad. Cuando uno analiza los argumentos y las políticas migratorias de aquellos años, advierte que los argumentos son banales, impresentables. Están plagados de prejuicios. Uno de los más frecuentres era que se trataba de poblaciones inasimilables. En realidad, había pruritos religiosos. Argumentos muy poco serios. Es otra página muy triste de esta historia. Pensar cuántos premios Nobel hubiera tenido América latina con el aporte de esos contingentes, cuántos artistas, cuántos dirigentes políticos… Pero, bueno, pasó la oportunidad y América latina no estuvo a la altura de lo que reclamaba la historia. Pero eso da para otro libro. –Usted habló con sobrevivientes, realizó una extensa investigación documental sin dejar de impartir Justicia. ¿Lo ayudó este estudio de La solución final cuando le tocó estar a solas y tener que escuchar a un genocida como Videla? –Sí, claro que ayuda, y mucho. Y en varios aspectos. En primer lugar, sirve para poner en real dimensión lo que ocurrió en la Argentina. Uno tiene una responsabilidad institucional enorme, porque estamos manejándonos e indagando respecto de crímenes que no solamente atentaron contra las víctimas o contra la Nación, sino también contra la humanidad en su conjunto. Esto lleva a extremar los cuidados y a ser muy cuidadoso en cada una de las decisiones que se van tomando. Todo esto, de alguna manera, quedó plasmado en las resoluciones que fuimos dictando en el Juzgado a mi cargo. Ha sido un trabajo muy interesante trazar similitudes y, en algunos casos, también las diferencias entre lo que fueron las prácticas del régimen nazi y las prácticas de nuestra dictadura. A mí me sirvieron muchísimo los estudios relacionados con el Holocausto para comprender o acercarme a la comprensión de la lógica que imperaba en nuestros centros clandestinos de detención y tortura. Hay un punto que es fundamental que enlaza ambos episodios de la historia. Tanto los campos de concentración del régimen nazi como los centros clandestinos de detención y tortura en la Argentina tenían el mismo objetivo fundamental que era la deshumanización inmediata y absoluta de todo cautivo que ingresara en estos recintos de terror. Imagínese, entonces, que en ese sentido hay un enriquecimiento en el conocimiento de lo que fue la experiencia argentina. Hay otras cuestiones, como por ejemplo indagar acerca del antisemitismo, a veces latente y a veces exteriorizado de parte de los perpetradores argentinos respecto de los cautivos de origen judío que fueron, y esto está demostrado judicialmente, víctimas de un especial ensañamiento. Ser judío en un centro clandestino en la Argentina significaba tener mayores chances de formar parte “de un traslado” (vg: asesinato), porque los represores argentinos, desde el primero hasta el último momento, convalidaban aquella versión de la identificación del judaísmo con el bolchevismo que habían instalado los nazis tres décadas antes. Currículum Un juez estudioso Daniel Eduardo Rafecas se recibió de abogado en la UBA en 1990. Luego hizo la especialidad en Derecho Penal y sacó 10 de promedio. Obtuvo su doctorado en Derecho Penal en 2009. Su tesis fue Tortura y otras prácticas ilegales a detenidos, su reflejo en el Código Penal, bajo la tutoría de David Baigún. El jurado (Esteban Righi, Juan Marteau y Edgardo Donna) la calificó con “sobresaliente”. Desde 1987 trabaja en la Justicia y desde 2004 es titular del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional número 3, cargo al que llegó por concurso público de oposición y antecedentes. Desde 2003 es Profesor Adjunto de Derecho Penal (UBA). Entre 2006 y 2008 dictó el curso sobre Violaciones masivas de derechos humanos durante el Holocausto.