Ayeres y mañana

Ayeres y mañana
El 2 de abril de 1917 el presidente norteamericano Woodrow Wilson le comunicó al Congreso su decisión de participar en la Guerra Mundial: “La neutralidad ya no es factible ni deseable al estar en juego la paz mundial”. Nadie, exceptuando al asesor presidencial Edward Bernays, supuso que ese día nacían las relaciones públicas, escondiendo bajo su manto la manipulación informativa. Edward Bernays era un autríaco nacido en Viena en 1891, sobrino de Sigmund Freud para más datos, llegado de pequeño a los Estados Unidos, donde cursó estudios universitarios de agricultura y los abandonó para dedicarse a su pasión: la publicidad y el periodismo. En 1914, no bien estalló la guerra en Europa y para los europeos, comenzó a trabajar para Wilson, que había asumido como primer mandatario el 4 de marzo de 1913. Lo primero que hizo Bernays fue bucear en el pensamiento del pueblo norteamericano para lograr que Wilson fuera por la reelección en 1917 y la ganara. Entonces, Bernays le habló de conveniencias al oído de Wilson: “Si bien el pueblo desconfía de las apetencias imperiales de Alemania y Austria, guarda un profundo rencor contra Inglaterra, ya que aún representa en la mente de los ciudadanos estadounidenses la opresión de la antigua potencia colonial”. Wilson basó su campaña en la neutralidad. Y con ella como emblema ganó por abrumadora mayoría en 1916 y continuó su mandato desde el 4 de marzo de 1917. La cuestión fue que a los pocos días, y fogoneados por Bernays, los diarios de Estados Unidos publicaron un telegrama en el cual el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Arthur Zimmermann, le comunicaba al embajador alemán en Washington, el conde Johann Von Bernstoff, el “inicio de una guerra submarina irrestricta en el Atlántico”. El mensaje cifrado, enviado el 17 de enero de 1917 y decodificado lentamente por los servicios de inteligencia yanquis (también fogoneados por Bernays), decía que Alemania proponía una alianza a México, imprescindible centro de abastecimiento para la marina germana: de obtener la victoria, se le adjudicarían Texas, Arizona y Nuevo México, territorios en disputa con los Estados Unidos. Bernays volvió al oído de Wilson: había que decir que Inglaterra no estaba luchando por la restauración de su imperio, sino para hacer prevalecer la democracia en el mundo. Es decir, entrar a la guerra. A pesar de pertenecer al Partido Demócrata, Wilson no creía demasiado en la democracia: todavía se llenaban las salas donde se proyectaba la película El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, en la cual se tomaba una de sus frases mientras era gobernador de Nueva Jersey: “Los hombres blancos fueron provocados por un mero instinto de supervivencia hasta que finalmente surgió un gran Ku Klux Klan, un verdadero imperio del sur, para proteger al territorio sureño”. Tampoco creía mucho en la libre determinación de los pueblos: aún se lamentaba de que la expedición militar que había enviado a México en 1916 no hubiera podido capturar y dar muerte a Pancho Villa, “ese ladrón que solivianta a su pueblo para adueñarse de nuestros territorios”. Wilson creía en Bernays. Lo que Bernays nunca le dijo a Wilson era que, gracias a sus aceitadas relaciones, sabía que, desde el primer día de la guerra, los ingleses habían intervenido los cables submarinos transatlánticos alemanes. Que cada mensaje del alto mando alemán era interceptado y estudiado en la Sala 40 de la oficina del almirantazgo británico. Que ese que contenía las palabras “México” y “Estados Unidos” le había sido enviado a él y que sus amigos criptógrafos William Montgomery y Nigel de Grey lo habían desencriptado. Tampoco le dijo a Wilson que los ingleses sabían todo, pero que si lo hacían público alertarían a los alemanes sobre la precariedad de sus comunicaciones. Wilson, simplemente, compró el paquete cerrado. Y cuatro días después de su sesión del 2 de abril de 1917 en el Congreso, declaró la guerra a Alemania. Bernays anotó el argumento de su próximo ensayo, La propaganda: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país. Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar”. Exactamente sesenta y cinco años después de aquel inicio de las relaciones públicas de 1917, el 2 de abril de 1982, los diarios argentinos celebraban. “Argentinazo: ¡Las Malvinas recuperadas!”, decía Crónica. “Hoy es un día glorioso para la patria: En las Malvinas hay gobierno argentino”, decía La Razón. “Desembarco argentino en el archipiélago de las Malvinas”, decía La Nación. “Tropas argentinas desembarcaron en las Malvinas”, decía Clarín. La noticia había hecho quedar muy atrás, perdida para siempre en el pasado, la descomunal represión desatada sólo tres días antes en la Plaza de Mayo cuando la CGT llamó a manifestar contra la política de ajustes de la dictadura. Después llegarían más títulos, más tapas, más Gente, más Somos, más Clarín, más La Nación, más La Semana: “Euforia popular”, “Alborozo ciudadano”, “Si nos atacan daremos batalla”, “Fue mortífero el contraataque de Argentina”, “Estamos ganando”, “Gran revés del invasor en la primera batalla”, “Aplastantes triunfos en el aire y el mar”, “Desastre inglés”, “Ingleses ciegos de odio: matan hasta compatriotas” y hasta un alborozado Billiken que prometía el tan ansiado 10 colegial con “Operativo Azul en historieta: cómo recuperamos nuestras islas”. Todo bajo los preceptos emanados de un documento oficial de la junta militar enviado a los medios durante la guerra. Documento que, entre otras pautas, puntualizaba evitar difundir información que “exalte el poderío bélico británico y/o minimice el propio”, “pueda generar disturbios sociales, alterando con ello el orden interno”, “apunte a facilitar el logro de los objetivos psicológicos del oponente”, destaque alianzas militares y neutralismo activo en favor de Gran Bretaña y hasta “permita conocer el pronóstico meteorológico del Atlántico Sur”. Es decir, nada que, como el mismo comunicado señalaba, “reste credibilidad y/o contradiga la información oficial”. Las enseñanzas de Bernays habían llegado a la Argentina y los directivos de los medios periodísticos que auguraban la gran victoria militar de 1982 compraron, solícitos, el diplomático manual de las relaciones públicas ignorando y haciendo ignorar la verdad de lo acontecido en la guerra. Ni la vergüenza ni el sufrimiento, ni el hambre ni el frío, ni la falta de armamento ni el desvío de hasta los más pequeños chocolates que la sociedad enviaba a “sus” soldados. Ni el despropósito ni las muertes. Nada: sólo la desinformación más brutal de una acción criminal escondida detrás de una reivindicación justa. Pasaron los años después de aquellos dos nefastos 2 de abril. Bernays acompañó al presidente Wilson a la Conferencia de Paz de Versalles. “Si se puede utilizar la propaganda en tiempos de guerra –decía–, también se podrá hacer en tiempos de paz.” Y después asesoró a otros: Hoover, Eisenhower, Henry Ford, Rockefeller, Reagan, George W. Bush, la United Fruit Company. Dicen que se negó a prestar sus servicios a Hitler, Anastasio Somoza y Francisco Franco. Pero nadie sabe muy bien por qué, ya que lo escucharon decir, triunfal, que “como la palabra propaganda llegó a estar mal vista por su uso en la Alemania nazi, entonces decidí inventar el término Relaciones Públicas”. Muchos de los directivos de los medios periodísticos argentinos de aquel 1982 siguen trabajando en periodismo y adscribiendo al manual del sobrino de Freud. Lo único que parece diferenciarlos es que no se asombran de aquello que asombró tanto al austríaco que lo dejó escrito en sus memorias: “Me sorprendí al enterarme de que Goebbels tenía en lugar destacado de su biblioteca mi libro La propaganda. Nunca hubiera imaginado que mis teorías contribuyeron al éxito y ascenso del Tercer Reich”. Pero sólo es una suposición crédula: habrá que ver qué titulan mañana, treinta años después.