Entrevista a Miguel De Luca. Politólogo

Sobre las autonomías y las capitales latinoamericanas. El académico analiza los procesos y las tensiones políticas que se dan entre los alcaldes y los presidentes en distintos países.

Entrevista a Miguel De Luca. Politólogo
En todos los países los procesos de autonomía de las ciudades en las que funcionan las capitales son conflictivos”, remarcó el politólogo Miguel de Luca, que habló con Miradas al Sur sobre las tensiones entre el Gobierno porteño y el Nacional por el traspaso del subte. De Luca agregó: “Desde la reforma constitucional del ’94, cuando se estableció la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, hemos tenido oleadas con este tipo de tironeos”. –¿Por qué? –En términos concretos, y en varios países del continente, siempre fue complejo definir qué le toca al gobierno autónomo de las capitales. Podemos comparar el caso norteamericano con el argentino. Washington es una ciudad que se creó de cero para que sea la Capital Federal y que el presidente esté alejado de presiones de otras ciudades con mucho peso político como Nueva York. Washington, por ejemplo, es un distrito independiente pero no tiene representación en el Senado de los Estados Unidos, sus habitantes no votan para esa categoría en las elecciones. Buenos Aires, en cambio, tuvo senadores desde que comenzó su autonomía. En el caso de la ciudad de México, también tiene representantes políticos en el Congreso Federal mexicano. Es el ejemplo más parecido al argentino. En todos estos procesos, las demandas por tener más atribuciones son recurrentes por parte de los gobernantes de las ciudades. –¿Cuándo comenzaron los procesos de autonomía de las capitales en América latina? –Arrancaron con los procesos de restauración democrática, en los ’80. En el caso argentino comenzó a debatirse desde 1983 y en el México con el declive del PRI, en la década del ’90. Pero hay casos como el de Brasil. Allí la solución fue crear una ciudad nueva, de cero, Brasilia. Esto sirvió entre otras cosas para que el poder central no estuviera tan influenciado por el alcalde de Río de Janeiro. En Chile, por ejemplo, la cuestión fue distinta porque la dictadura hizo dividir la capital en 12 alcaldías para que ninguna tenga mucho poder. No hay un intendente de Santiago. Los doce alcaldes que controlan distintas zonas tienen que coordinarse con los otros. Es más parecido a los municipios del conurbano. –¿Por qué se producen estas tensiones entre los presidentes y los alcaldes de las capitales? –En América latina, históricamente, el poder político se concentró mucho en las grandes ciudades. Los primeros mandatarios siempre tuvieron esta doble presión, la de generar un gobernante local elegido por el pueblo y por otro lado que luego ese gobernante se transforme en un potencial competidor. Esto es aún más fuerte en los países unitarios porque no hay gobernadores. Allí ser alcalde de la capital es un trampolín para la presidencia. Es lo que pasó con Tabaré Vázquez en Uruguay. De todos modos, en los países federales también es una buena plataforma. Es el caso de Andrés Manuel López Obrador en México, Fernando de la Rúa en Argentina o el propio Mauricio Macri. –La Ciudad de Buenos Aires está reclamando el puerto. ¿Qué piensa de eso? –Es un buen ejemplo sobre cómo se entrecruzan las cosas, ya que también es el puerto de la Capital Federal. Hay reclamos de jurisdicción, pero también hay un debate sobre los recursos. Los alcaldes suelen mirar en qué áreas pueden hacer políticas públicas y conseguir más recursos. –¿Se puede equiparar el distrito porteño a una provincia? –Es casi una provincia o si se quiere el jefe de Gobierno es un gobernador en miniatura. –El artículo 129 de la Constitución del ’94 que crea la autonomía es muy ambiguo en sus atributos. ¿Hay un motivo político para que esto haya sido así? –Carlos Menem se apuró con la autonomía porque estaba preocupado por la reelección, y sabía que el proyecto era popular entre los porteños. Una vez que ganó impulsó decisiones que limitaban esa autonomía, como la Ley Cafiero. Las cláusulas de la ciudad quedaron muy indefinidas en la Constitución, por eso la Ley Cafiero vino a poner un marco. Los radicales también se habían entusiasmado con la autonomía porteña porque sabían que tenían muchas posibilidades de ganar ese nuevo distrito. De hecho De la Rúa fue el primer jefe de Gobierno electo y luego llegó a presidente.