¿Por qué están desesperados y furiosos los monopolios?

Opinión.

¿Por qué están desesperados  y furiosos los monopolios?
Cortito y al pie. Mientras el gobierno nacional y los estados provinciales marcan la agenda con tinta indeleble, causa soberana de Malvinas y recuperación de concesiones petroleras mediante, la oposición sigue sin dar pie con bola. Ni por izquierda ni por derecha hay alternativas al modelo nacional y popular; por eso escuchamos tantos gritos y aullidos a la luna desde las tapas y los editoriales de Clarín y La Nación. Nótese que incluso los conversos de esta etapa, con bigote o sin bigote, terminan por buscar refugio en la guarida del monopolio. Acuden al regazo de Magnetto a sabiendas de que quedaron a la intemperie. “Hay que pasar el invierno”, se autoconvencen. Es que se produjo un disloque en el devenir de la historia. Suena raro, pero la derecha está en problemas. Su poder de fuego se redujo a un polvorín de tinta y un canal de cable; y para colmo de males, las sirenas que cantaban para ellos en la antigüedad, quedaron encalladas en el Hemisferio Norte. Por eso los “marzistas”, esos heraldos de marzo del ’76 como Pagni o Nelson Castro, sólo atinan a maccartear a los pibes de La Cámpora con chatarra discursiva de corte antisionista y antimarxista. En verdad, demuestran ser profundamente antiperonistas. Los enerva Cristina cuando habla y cuando calla. Los enerva el cuadro de Perón y Evita. Los enervan los pibes cuando cantan “no nos han vencido”. La noche del 54% que reeligió a la Presidenta, ese viejo poder concentrado, autoritario, injusto, pro colonialista, supo que empezaba a correr el tiempo de descuento para sus intereses. Al día siguiente de ese 23 de octubre del 2011, ordenaron nuevamente otra balacera desde las terrazas del monopolio. No pegaron una. Y como sucede a menudo, lo que no te debilita, te fortalece. Hemos cortado amarras con el pasado; la nave va y los viejos muelles se pierden en el horizonte. Nótese también que el país crece en todos los rubros de su economía, constituyéndose una paradoja peculiar en el devenir del sistema capitalista, porque mientras el sistema a nivel internacional se contrae, a nivel local y regional se expande. ¿Se acuerdan cuando se decía que si el mundo estornudaba, la Argentina se resfriaba? Algo se rompió, entonces, en esa inestable relación entre el centro y la periferia. Si el FMI y los centros internacionales del poder financiero ordenan que giremos hacia la derecha, Argentina gira en posición contraria. Lo que no significa girar hacia la izquierda en los términos clásicos. En verdad, el proyecto que lidera Cristina es heterodoxo; y a los heterodoxos no les gusta repetir fórmulas clásicas. Detestan el “copie y pegue”. Son creativos por naturaleza. Apenas se conforman con que le tilden de ser “el hecho maldito del país burgués”. Y ya con eso tienen bastante trabajo por hacer. Una pregunta al paso: en la antigüedad, antes de Kirchner ¿quiénes eran los grandes disciplinadores locales que actuaban en nombre de esos grandes poderes?: los medios del monopolio y sus mascarones políticos. Eran ellos los que bajaban línea a la sociedad, encolumnando las neuronas de sus plumas reales. Pues bien, el kirchnerismo rompió esa lógica y al hacerlo, rompió con una lógica tan antigua como el capitalismo: impide que se cumpla el ritmo cíclico de reproducción y acumulación de capital a imagen y semejanza de los poderes fácticos. Ahora es el Estado el que marca la agenda de la democracia. Pero como esta enunciación no es sólo una presunción ontológica sino que conlleva una fuerte carga de democracia explícita, el viejo poder lanza dentelladas a diestra y siniestra. Así actúa el poder mitrista conformado por Clarín, La Nación y sus socios locales e internacionales. Son ellos el verdadero poder monopólico y antidemocrático. El kirchnerismo, como expresión actual de las mayorías populares, es el challenger en el cuadrilátero de la disputa histórica. Por eso esta batalla (con perdón de la palabra) la ganamos entre todos. O no. Es decir, la disputa no es entre el kirchnerismo y los monopolios, sino entre los monopolios y el pueblo que apostó a una democracia inclusiva y participativa. “Abrir la cancha” como pedía Néstor, es argumentar en este mismo sentido. Mientras no superen su estadio de autoritarios, destituyentes, violentos, golpistas, hegemonistas y excluyentes, los monopolios serán incompatibles con la vida en democracia. Siempre fue así. La diferencia está en que en la antigüedad el sistema democrático los aceptaba en su rol dominante y en esta nueva democracia se les dijo: no. Hablemos de las huellas. El 19 de noviembre de 1977, cuando el reloj de la historia más dramática de los argentinos marcaba que la dictadura venía pasando a degüello lo que quedaba en pie, el editorial central del diario mitrista La Nación decía bajo el título “No basta con negar”: “Jefes y oficiales del Ejército han ofrecido conferencias, recientemente, a personal docente de establecimientos de enseñanza primaria y media para explicar detalles y características de los fenómenos subversivos sufridos por nuestro país (...) los expositores detuviéronse en aclarar las formas de infiltración empleadas para penetrar en los ámbitos educativos. Esta hoja señaló en su momento, esto es varios años atrás, antes del 24 de marzo de 1976, y mientras aquella infiltración parecía proceder, como efectivamente procedía, del seno mismo del gobierno constituido, la gravísima penetración ideológica de la escuela media, a veces en sectores exteriormente revestidos de fe cristiana y en textos y obras de enseñanza general o de formación pedagógica. Sería ingenuo suponer que esas profundas huellas han sido totalmente borradas, aunque sus aspectos más declarados y sus elementos más notorios hayan desaparecido. Pero para alcanzar en este plano, el de las ideas y los sentimientos, victorias decisivas, queda un largo camino por recorrer”. Como se verá, los editoriales recientes de Clarín y La Nación son un eco vago de aquella simiente tenebrosa de la costilla civil del genocidio. Claro, el clima de época ya no lo ponen ellos, sino la democracia.