Que vivan los estudiantes

Anticipo de Culturas juveniles, de la socióloga mexicana Rossana Reguillo: los universitarios chilenos durante la crisis de 2006; el universo de la blogósfera frente a los cambios sociales y el cosmopolitismo como emergente.

Que vivan los estudiantes
Las protestas de los estudiantes secundarios de Chile en abril y junio de 2006 marcan dos cuestiones centrales para la discusión que aquí nos ocupa. Por un lado, su súbita irrupción en el espacio público indica la nueva emergencia de la categoría “estudiante” en América latina, cuando parecía que esta manera de agregación juvenil estaba desahuciada o se había agotado como forma de participación en procesos sociales más amplios que lo estrictamente escolar. La relevancia de este fenómeno radica en su capacidad para señalar la vigencia o el retorno de la mediación de la identidad estudiantil a la actividad política o la participación social. De maneras complejas, estos jóvenes estudiantes trajeron a la escena social un debate clave en torno del papel de la educación como elemento indispensable para el cambio social. Cuando parecía que los excesos en la vía pública (vitrinas rotas, saqueos, destrucción del alumbrado público), que culminaron en el arresto de 400 jóvenes, podían desbaratar el movimiento, fueron los propios pingüinos quienes se desmarcaron de los desmanes y, a mediados de junio de 2007, en una maniobra de alta política, un grupo de ellos ingresó pacíficamente a la sede de la Unesco con el objeto de entregar un documento con sus críticas y peticiones. Con este salto de la escena nacional al ámbito de las políticas internacionales, se restituye el papel central de la educación como espacio privilegiado en el avance de la democracia y la participación. La Unesco apoyó las demandas de los pingüinos, saludó su iniciativa y adelantó que la “educación es un bien público y estratégico”. Realmente se trató de una maniobra de alta política, porque estos jóvenes se valieron de su capacidad para reconocer y ubicar a sus interlocutores en un mundo que no se agota ya en el marco de acción de los estados nacionales. Por otro lado, este movimiento lleva adelante un tipo de agencia juvenil que cierto discurso social común tiende a negar, y que consiste en su capacidad para articular y sostener un conjunto de demandas políticas y autoasumirse como interlocutores legítimos del Estado, de la sociedad y, en general, de otros actores políticos de peso completo. La revolución de los pingüinos contó con la adhesión de más de seiscientos mil estudiantes, obligó en su momento a la presidenta Bachelet a salir al espacio público de la negociación y puso en evidencia que lo sistémico no es ajeno a los mundos juveniles. Sin embargo, el caso chileno no se limita a la región latinoamericana, y su aparición está en estrecho correlato con el caso francés. El París en llamas de fines de 2005 –con sus marginales, pobres e inmigrantes– y la posterior crisis en marzo de 2006 del llamado Contrato del primer empleo –con sus jóvenes estudiantes, fuerza de trabajo y “futuros desempleados”– operan como síntomas epocales de una misma emergencia. Se trata, pues, del quiebre del monopolio que han detentado los poderes tanto formales como fácticos, en cuanto a educación (entendida como capacitación) y trabajo (entendido como valor de cambio en un mercado feroz). A este monopolio se le opone hoy una creciente voz crítica, aunque desesperada, que Beck (2007) ha denominado con gran acierto y contundencia “la dignidad herida de los superfluos”. Ya sea en América latina o en Europa, este tipo de agencia juvenil se resiste al relato que la condena a la marginación de su propia biografía. Tomar la palabra: blogueros, twiteros, cibernautas. La red cibernética y sobre todo el ámbito relacionado con la blogosfera se han conformado como mundos de agencia juvenil. Sin embargo, el espacio analítico se ha centrado prioritariamente en la dimensión tecnológica, en detrimento de otras áreas que movilizan a estos mundos. Así, de cara a los procesos de cambio social se pueden considerar tres dimensiones fundamentales: a) El fortalecimiento del yo-autor, que desestabiliza el monopolio tanto de los saberes legítimos, autorizados, como el de los centros de irradiación o emisión acreditados. Blogueros y cibernautas no piden permiso: se trata de un espacio en el que los jóvenes, a partir de un “yo” que asume sin timidez los riesgos de su enunciación, acceden a una posición de autoridad y empoderamiento. Sin dudas, la situación no es del todo ideal y también existen dificultades, conflictos, problemáticas. En muchos casos, los sitios web o los lenguajes que circulan en el ciberespacio terminan por reproducir esquemas antidemocráticos, excluyentes, racistas y xenófobos. Pero incluso en estos umbrales es posible encontrar la voz que introduce la nota crítica, el desacuerdo, la llamada –serena o encendida– a otro punto de vista. Rompiendo el sistema de jerarquías establecido por la modernidad letrada, los jóvenes cibernautas encuentran un espacio clave para otorgar valor a dos cuestiones fundamentales en la constitución de sus (¿nuevas?) subjetividades. Primero, la posibilidad de la (auto) elección de aquellos problemas, procesos, acontecimientos que vinculan a sus biografías. Un análisis longitudinal de este fenómeno permite constatar que hay una tendencia creciente a involucrarse en causas intermitentes, contingentes, que significan y marcan su distancia frente a las lógicas de participación institucionalizadas. Causas, entonces, en vez de organizaciones. Segundo, la posibilidad de inscribir su propio nombre; es decir, el nombre propio (así sea un nick name) importa, es personalmente relevante. b) Estrechamente vinculada con la dimensión anterior, está la disolución de las fronteras entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo público y lo privado. En el uso que los jóvenes hacen de los blogs y de sitios como Facebook o Twitter, se advierte una continuidad que rompe con estos esquemas que la modernidad había propuesto. En tal sentido, si las feministas sostenían que lo privado es político, para los jóvenes, hoy, en el ámbito de la red lo subjetivo, lo personal, las emociones y lo cotidiano construyen política. Con la particularidad de que la relación entre vida cotidiana y mundo público, que se establece gracias a la dinámica en el ciberespacio, podría estar señalando la incipiente emergencia de un sujeto que, al tiempo que restituye politicidad a lo subjetivo, desacraliza el sistema de jerarquías mediante el cual la modernidad configuró el espacio de autoridad enunciativa. c) Una tercera dimensión estriba en su capacidad para articular relaciones que trascienden los movimientos territoriales y hacen de la globalización algo más que un concepto económico o una metáfora sociocultural. Esto implica construir ciberidentidades que se alimentan de la diversidad, de la conversación planetaria, y que a través de la bitácora personal descentran y desterritorializan las significaciones, lo cual contribuye a producir extrañamiento, condición fundamental para crear reflexividad. En otras palabras, accediendo a visiones del mundo alternativas se desnaturaliza la visión propia, y eso posibilita un nivel de reflexión difícil de alcanzar cuando el mundo se limita sólo a reproducir las dinámicas, estructuras y sentidos locales o cercanos. Tomar el mundo: los álter ego en la mundialización. Los movimientos de protesta de alcance global, copados y liderados por jóvenes hacen pensar en la emergencia de un nuevo cosmopolitismo político que toma el mundo como patria y cuya fuerza radica en su (aparente) ausencia de estructura, en su intermitencia, en los múltiples nodos en que ancla su utopía. Precisamente, bien sabemos que no hay nada que moleste o enloquezca más al poder que la ausencia de límites donde fijar sus dominios. De la contracumbre de Seattle en noviembre de 1999 a las manifestaciones en Túnez, Egipto, España, Chile, Londres y los Estados Unidos (de la primavera árabe al otoño en Wall Street), pasando por las protestas planetarias contra la invasión a Irak en 2003, los jóvenes han dado muestras de una capacidad de organización y acción insospechada. Con temas tan variados como la economía, el medio ambiente, la paz y el desarrollo sustentable, es posible reconocer en la gigantesca ola de voces juveniles la imbricación de nuevas y viejas formas de la política. Sin duda, para numerosos jóvenes la participación en estos procesos ha implicado acelerados y profundos aprendizajes. Sus dominios tecnológicos, su capacidad de uso de las comunicaciones, su velocidad para procesar información se han combinado con las formas, los lenguajes, las estrategias y las dinámicas más tradicionales de la política. En este sentido, el aprendizaje deviene fortaleza. Ahora bien, la respuesta por parte de los actores e instituciones contra los que estos jóvenes se rebelan es más bien convencional. A los mensajes de texto, al chat, a los llamados en Facebook, a las autoconvocatorias en Twitter, el poder sigue respondiendo con tanques de agua, con basucas y encarcelamiento. Así dadas las cosas, la agencia juvenil, fortalecida con el uso de los dispositivos comunicacionales y tecnológicos, encuentra su mayor desafío cuando, agotada la mediación comunicativa, la lucha y la participación reclaman el cuerpo en la calle. Sin embargo, sus avances no son pocos, y las imágenes de las marchas en Chile y sus intentos de represión, las de las acampadas en España y la presencia de los agentes del orden indican que hay aprendizajes cuyos resultados están por verse. A la fuerza incontenible de una comunicación sin centro, que fluye y enlaza subjetividades políticas, es difícil controlarla con los aparatos de represión tradicionales. Una nueva forma de resistencia está en gestación, y tiene a los jóvenes como protagonistas. Lo que sigue todavía es incierto. Cómo hacer para que las formas actuales de empoderamiento juvenil transformen esta agencia en potencial ciudadano. Benjamín Arditi, filósofo de la política, señaló hace poco que “estas emergencias de nuevo cuño parecen más capaces de cambiar el mundo que de gobernarlo”. Su frase resonó en lo profundo de mis reflexiones y de ella derivé una especulación, quizá fantasmagórica: asistimos a una generación que producirá profundos cambios en el mundo; pero seguramente otros, los que vendrán, serán los responsables de dar nombre y forma a la utopía. Más allá de esta hipótesis, los tres procesos aquí analizados (retorno de la categoría estudiantil, agencia juvenil en la blogosfera e insurgencias de nuevo cuño y alcance global), que he intentado marcar como espacios, territorios y ámbitos para una decidida participación de los jóvenes, hablan claramente de la emergencia de un sujeto juvenil que se resiste a convertirse en el guerrero de una batalla que no es la suya. Más bien al contrario, éste asume las estrategias y los códigos de un agente que moviliza y gestiona, con los recursos a mano, un espacio de acción que involucra la identidad y la vida cotidiana (la calle, la palabra, el mundo), como horizontes de realización política. Del estudiante anclado y situado del caso chileno, al aparentemente anónimo productor y usuario de tecnologías para convocar, acuerpar y decir, asistimos a una reformulación de la cultura desde la acción individual. La situación no es, sin embargo, sencilla, porque, como he intentado argumentar, entre los jóvenes que pueden asumirse a sí mismos como agentes de cambio social y aquellos que, por la vía de los hechos, están condenados a una batalla cotidiana en aras de la sobrevivencia, existen desniveles abismales, desfases y diferenciaciones brutales. Por eso, se impone la distinción analítica. Ante una sociedad bulímica que traga a sus jóvenes y luego los vomita, en asqueado ritual de reproducción, las alternativas que se dibujan y prefiguran apuntan a una creciente rebelión de los hijos de Cronos.