El libro del Brujo

El libro del Brujo
Buenos Aires, 1962. Apenas alumbrado por una bombita de 40, el hombrecito de mirada filosa y calva incipiente (aunque esta diminutiva definición, tal vez, de la misma manera que la pobre luminosidad de la impotente lamparita, sea una falsa impresión) acaricia la portada del libro. Sus dedos, finos, recorren lentamente la tapa del volumen de 758 páginas –1.130 gramos de peso exacto– que acaba de parir en la prensa de su oscura propiedad. Y siente placer. O quizá debiéramos definir con premonitoria exactitud: goce. El hombrecito que goza con los dedos –ahora, en esta noche porteña de 1962–, no sabe que pocos años después, en el Club de Corresponsales Extranjeros de Madrid, Tony Navarro (acreditado por Associated Press ante el gobierno de Franco) sacudirá los cubitos de su vaso de whisky ante una audiencia tan cómplice como incrédula antes de decir que el retorno de Perón a la Argentina no depende tanto de un avión negro como de una predicción insólita escrita en un libro de astrología. Ni que el tal Navarro reirá –con esa hilaridad tan de corresponsal norteamericano en el tercer mundo–, contagiando su risa a otros muchos que, por ser precisamente periodistas del tercer mundo gozando de los beneficios del exterior, no debieran haber reído sino prestado atención a lo que decía, aun en lo insólito. Ni que entre la ocasional y etílica audiencia de ese Navarro que tan bien habla el español (al punto de que le resulta inteligible la jerigonza franquista) hay un periodista argentino llamado Tomás Eloy Martínez que –acalladas las risas– relatará que él también hojeó-ojeó el libraco y lo arrojó sin remordimientos a las aguas del río más cercano. Sin culpas, sin piedad, sin siquiera pensar, a pesar de haber vislumbrado un filo fatal en la mirada del hombrecito que se lo entregó con dedicatoria de tercera página incluida. La hipótesis, tal vez, habría hecho las delicias de Borges: si alguien –en algún momento, en algún lugar– hubiera leído un libro, habría podido cambiar (o, cuanto menos, alertar sobre) la historia. Pero nadie lo hizo. O sí: pero quien lo hizo y escribió sobre él con palabras que no tartamudeaban lo pagó con la vida: balas de tartamuda en el cuerpo de Pedro Leopoldo Barraza y en el de su pareja, una noche de 1975: la venganza del hombrecito al que tuvo la ocurrencia de bautizar con el apodo que le quedaría para siempre. Nada de eso sabe aún el hombrecito que, ahora, aprieta el libro con las manos y lo lleva hacia abajo, para ponerlo entre sus piernas y volver a apretarlo de otra manera, ésa, precisamente ésa que cultiva a solas y sin acabar con el fin de ahorrar energías para la tarea que le espera, la que se ha señalado, la que concibe como su destino. Es necesario para él (por ahora) abstenerse si quiere ser (como cree ser, como sabe que es) elegido de dios. No es en vano: ya está escrito. Lo ha escrito él mismo, primero con su dificultosa letra manuscrita y después con los dedos bailoteando entre la caja alta y la caja baja de su propia imprenta, allí donde ha logrado parir el libro que profetiza el futuro de un país, allí donde ha dejado impresos para siempre los nombres de sus inspiradores, que también son sus hermanos y sus antecesores y sus maestros, a saber: “Antulio, Abel, Elías, Moisés, Krishna, Buda, Jesús, Mahoma y Etcétera”. Así nomás, superando a Whitman en eso de la suprema enumeración. Tanta luz en medio de semejante oscuridad, porque si el hombrecito (pero, nuevamente, el diminutivo será un error fatal) mirara lo que lo rodea en esa sombría casa y taller de impresiones de la calle José P. Tamborini 3761 sólo podría ver su propia miseria. Pero, claro, él no la ve; sólo ve futuro. Detengámonos un momento, dejemos un instante al hombrecito que sueña (su) destino con el libro apretado entre las piernas y miremos a su alrededor, obviando las cagadas de mosca y la roña convocada en asamblea por las patas de los muebles. Se verán cajas de tipografía y una prensa; se verán libros –pocos–, volantes y folletos; se verán pilas de papeles en blanco esperando ser marcados por lo que el dueño de casa cree palabra verdadera. Es un caos aparente porque allí, como en el macrocosmos que reproduce el microcosmos o viceversa, todo tiene que ver con todo. Y tal vez sea así. Sólo es cuestión de observar con atención, porque a los folletos diversos de también diversas sectas esotéricas que pululan en el lugar se les entremezclan –se diría que se les hermanan– volantes de un movimiento político clandestino cuya doctrina también es un falso misterio (factible de cualquier interpretación) y sus integrantes un abanico que no excluye ninguna calaña. Por si fuera poco, los escasos libros que hay en la habitación llevan en la portada un único nombre, el del propio hombrecito. Y nadie mejor que el hombrecito (pero, una vez más, insistir en el repetido diminutivo es casi tomar un plazo fijo al suicidio) para saber que en ese caos hay un orden que se plasmará en destino. Ahora, cuando con el libro apretado entre las piernas repasa su pasado (camino de iniciación, lo llamaría él), sabe que no ha sido en vano: ya no le pesa su fracaso como imitador de Paul Anka en oscuros clubes centroamericanos, ni tampoco su gris carrera de cabo cebador de mate en la Policía Federal; de esos antiguos pesares le quedan sólo algunos resentimientos que sabrá cobrarse con creces cuando llegue el momento. “No existe en nuestra intención ningún rencor, enemistad u odio por nada ni nadie, ya que todo tiene su propia causa de ser –ha anunciado con caprichosas mayúsculas y minúsculas en el libro que aprieta entre las piernas–; tampoco nos sentimos superiores a los demás; dado que sólo DIOS tiene esa facultad por ser el SUPREMO CREADOR. Pero al hablar de ARGENTINA o de AMÉRICA DEL SUD, nos referimos a lo que por LEY DE LOS TIEMPOS, por NACIMIENTO FÍSICO Y ESPIRITUAL, nos corresponde mantener incólume como CAPITAL”. Sabe también que su destino comenzará a cumplirse cuando se encuentre frente a un hombre, y que la llave de ese encuentro la tiene una mujer. Con ese hombre aplicará una de las fórmulas que ha escrito: “¡Al que alardea de fuerte… exagérele los poderes de su fortaleza, tendrá así un esclavo que lo adorará! ¡Cada cual tiene su propia vanidad apuntando en cierto sentido, y es suficiente tocarla un poco, para que se entregue como inofensiva criatura, ésa es la gran estupidez de la HUMANIDAD, que se conforma con migajas de la torta y abandona ésta para que se alimenten las alimañas!”. Será entonces que podrá llevar a cabo la misión que se ha profetizado en las páginas del libro: “Movimentar (sic) con NUEVOS ELEMENTOS a los ELEGIDOS de la RAZA ANTERIOR. ¡Es entonces que la MADRE NATURALEZA abre su fecundo vientre eternamente virginal para desembarazarse de los elementos antiguos y dar cabida a aquellos que le son necesarios para el trabajo de los próximos 2.000 años!”. Mientras espera la llegada de su hora, el hombrecito de mirada filosa y calva incipiente –a quien en algunos pequeños círculos se lo conoce minúsculamente con el apelativo de Hermano Daniel–, vuelve a tomar el libro que ha venido apretando entre las piernas y lo apoya sobre la mesa. Su título:Astrología Esotérica. Ahora sonríe con aire soñador mientras uno de sus dedos finos recorre el nombre que, con letras negras, está impreso (¡vaya: con curiosas minúsculas!) en la parte superior de la portada: josé lópez rega.