Los Perales y la gran leyenda negra que vivía en Mataderos

“Grasitas” que levantaban el parquet para hacer asados, que usaban las bañeras para plantar o que vendían los herrajes de sus casas, fueron mitos forjados por las clases altas, que ironizaban sobre los habitantes de este barrio del sur capitalino. Breve historia de una obra clave del peronismo, y del espanto clasista que generaron estas “mansiones para obreros”.

Los Perales y la gran leyenda negra que vivía en Mataderos
Dentro de los numerosos conjuntos de viviendas sociales construidos durante el primer peronismo, el de Los Perales, inaugurado en 1949, fue el más emblemático y polémico. Ubicado en el corazón de Mataderos, el complejo contaba con una infraestructura y servicios inéditos para la época. En sus casi mil departamentos, los trabajadores, muchos de ellos provenientes de las provincias del interior, contaban por primera vez con elementos antes negados a la clase obrera: instalaciones de agua caliente, desagües cloacales y gas formaban parte del espacio privado, mientras el barrio contaba entre su extenso espacio verde con una escuela, correo, juegos infantiles, biblioteca y hasta una enorme pileta con capacidad para 3.000 personas. Esta exaltación del espacio común respondía a un ánimo dgubernamental por democratizar el ocio entre la clase obrera, convirtiendo a Los Perales en un hito en la propaganda peronista sobre el bienestar. Producto de ello, rápidamente el barrio fue identificado con una fuerte raigambre peronista, y sus pobladores acusados de ser beneficiados con un lujo excesivo que no correspondía con su educación y cultura. Así, desde el antiperonismo nació “la leyenda negra” de Los Perales, por la cual se afirmaba que los que vivían allí prendían el fuego del asado con el parquet del piso, plantaban en las bañaderas o vendían los herrajes de la casa. Según los ricos testimonios que recoge la investigadora Rosa Aboy en su obra Viviendas para el pueblo (Universidad de San Andrés-FCE, 2005), este mito pudo haber surgido como una forma de estigmatizar a los moradores del barrio por su adhesión política y aún más por su origen social. Esta forma de discriminación a través del mito responde a los cambios operados en la Ciudad por aquellos años. La entrada de un millón de personas a Buenos Aires en una década había determinado que hacia 1947 el 73 por ciento de los obreros fuesen migrantes internos. Con ellos, los términos “cabecita negra” o “grasa” comienzan a tener mayor divulgación entre los prejuicios de la clase media y alta, siendo los migrantes representados como brutos, vulgares e incluso criminales. Hasta Evita, como estrategia discursiva, se refería a los descamisados de Perón como “mis grasitas”. Los 20 y 20. Según un estudio reciente de Natalia Milanesio sobre los aspectos culturales del peronismo, el conflicto y la creciente discriminación en la Ciudad se desataron a partir de la masificación de ciertos espacios de la sociabilidad porteña. En los bares y en las milongas ya no era tan fácil conseguir una mesa; los trenes y los tranvías hacia el centro se habían llenado de gente, el balneario municipal en la costanera sur y el de La Salada estaban repletos; en los estadios de box y fútbol no entraba un alfiler (de hecho muchas canchas se deben agrandar para esta época). Y hasta la rambla de Mar del Plata había pasado a ser el escenario de la típica foto de la familia obrera. Más provocador que esta ocupación de los espacios por los “20 y 20” (así se llamaba despectivamente a los migrantes internos, ya que tenían 20 centavos para el vino y 20 para un disco del folclorista Antonio Tormo), fue su pretendida intención de comenzar a parecerse cada vez más a los sectores medios. De hecho, y producto de los enormes beneficios que tuvo la clase obrera durante el primer peronismo, una de las alarmas que comenzó a divulgarse para la época fue que las empleadas domésticas ya vestían como las patronas de la casa. Esta cuestión, seguramente fomentada por el discurso del Gobierno, respondía a una progresiva dignificación de la clase obrera, luego de décadas de reivindicaciones sociales postergadas. La aparición del país verdadero, la irrupción del “subsuelo de la patria”, llevó a que algunas manifestaciones típicamente criollas se revelasen en la Ciudad. La más relevante quizá fue el boom que la música folclórica tuvo en este momento, tanto desde la propagación de las peñas como en su difusión en la currícula escolar, que llevará a que varias generaciones de argentinos aprendiesen desde la enseñanza primaria, las danzas típicas argentinas que muy probablemente nunca más volverían a bailar. La progresiva provincialización de las costumbres llevó a que ciertos sectores reaccionen ante ellos, y alarmados comiencen a denunciar la existencia de una barbarización de la sociedad, una nueva invasión por las montoneras de Chacho Peñaloza y Felipe Varela, una vuelta a los tiempos de Juan Manuel de Rosas, figura encarnada ahora por Juan Perón. Es en esta reacción, entonces, en donde puede entenderse la leyenda negra del barrio de vivienda social Los Perales. La discriminación de clase iba acompañada por la racial y cultural. Eran los “negros” los que prendían el parquet y los que plantaban en la bañadera, los que luego se tomaban el tranvía “obligados” para acudir al acto peronista, los “grasas” que querían adquirir nuestros hábitos, a quienes el Gobierno había decidido “darles el pescado antes que enseñarles a pescar”, a quienes se les había dado un lujo excesivo que no correspondía con su clase. ¿Por qué de un día para otro habían sido beneficiados con tan suntuosos departamentos, con pileta, cocina, baño y lugares de reunión privada y pública como el living y el parque?, ¿qué necesidad había de tanto lujo, si los destinatarios eran todos brutos? Lo cierto es que el peronismo construyó el complejo como un símbolo de dignificación social, como parte del discurso promovido por Eva en pos de la construcción de “mansiones para obreros”, convirtiendo al barrio en un hito de la época. Para los grupos más consolidados, en cambio, el “lujo de los pobres” sería visto simplemente como el exabrupto de un régimen vengativo, una provocación más por parte de un gobierno que dilapidaba los recursos improductivamente en aquellos que ya no tenían solución.