Trabajo golondrina, uno de los rostros de la explotación

Los casos de campesinos esclavizados en campos bonaerenses se replica en distintos lugares del país a partir de las migraciones estacionales

Trabajo golondrina, uno de los rostros de la explotación
Los casos denunciados y difundidos esta semana acerca de trabajadores santiagueños sometidos a condiciones infrahumanas en los campos de la provincia de Buenos Aires, abocados al desfloramiento del maíz, representan apenas la punta del iceberg de un problema estructural y que incluso en los últimos años se ha profundizado. La explotación laboral y las condiciones esclavizantes existentes en el trabajo golondrina a partir de la estacionalidad de la cosecha de ciertos cultivos es un fenómeno que se da a lo largo de todo el país y que tiene a la provincia de Santiago del Estero como epicentro de los flujos migratorios. La cosecha de la vid y el ajo en la región cuyana, de la manzana y la fruta fina en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, del arándano en Entre Ríos y de la oliva en Catamarca y La Rioja son algunos ejemplos en los que se dan características similares: hacinamiento de los trabajadores en los lugares de residencia, ingresos inferiores a los considerados de subsistencia, explotación infantil, jornadas de trabajo que en algunos casos exceden las doce horas y la existencia de una red cuasi mafiosa destinada al reclutamiento de las personas. Se estima que el trabajo golondrina involucra a cerca de ’400.000 personas a lo largo del año, una cifra muy superior a la de los ’90, donde se calcula que los campesinos sometidos a esta actividad alcanzaban los 100.000. De acuerdo con datos que maneja el Ministerio de Agricultura, la región de Cuyo absorbe el 35% de la demanda laboral, el NOA y NEA el 26% y la región patagónica el 13%. El aumento de la producción agraria y la necesidad de una mano de obra intensiva explican en parte el aumento de estas migraciones estacionales. El hecho de que sea Santiago del Estero la provincia que provee la mayor cantidad de trabajadores golondrinas se debe a varias razones. Por un lado, la tecnificación de la producción del algodón y la desaparición del obraje como consecuencia de la tala indiscriminada de árboles expulsó a miles de campesinos a esta actividad. Por otro lado, la expansión de la producción sojera, inédita hasta hace unos años en Santiago del Estero, que requiere de una escasa mano de obra. Casos testigo. “Las características que adquirió el trabajo del campo en Santiago del Estero llevó a que muchos campesinos no consigan en su provincia una fuente de ingreso y por lo tanto muchas veces arman como un circuito migratorio. Así, de acuerdo con el ciclo de producción, se emplean en el arándano, en la papa, la fruta o la cebolla. Las condiciones de trabajo de explotación son muy similares en todas las actividades”, asegura la socióloga Agustina Desalvo, quien estudió en el terreno las condiciones de vida de aquellos campesinos santiagueños que se dedican al desflore del maíz. Con mucha menos repercusión mediática que lo sucedido en la pampa bonaerense, durante el año pasado han salido a la luz casos tan indignantes como los denunciados esta semana. En diciembre, el diario Panorama de Santiago del Estero consignó que un centenar de campesinos de la localidad santiagueña de Lamarque eran maltratados por empleadores y policías en la región rionegrina de Choele Choel, donde se encontraban abocados a la cosecha de peras y manzanas. De acuerdo a los testimonios, los campesinos pernoctaban hacinados en galpones y dormían en cuchetas que ni siquiera tenían colchones. Por la mañana, bien temprano, eran sacados a palazos de sus camas por policías que permanecían en una casilla lindera al galpón. En noviembre pasado, la Secretaría de Derechos Humanos de Entre Ríos realizó una inspección a la quinta Mc Berry, en Concordia, donde encontraron que de los 200 campesinos hacinados en los galpones –la gran mayoría santiagueños–, muchos eran menores de edad y que incluso varios de ellos se encontraban enfermos y sin asistencia médica. Por su parte, en marzo del año pasado, la División Trata de Personas de Catamarca rescató a 17 trabajadores golondrinas que eran explotados en una estancia dedicada a la producción olivícola. Los campesinos, que trabajaban para la empresa Agrocosecha Compañía del Valle, denunciaron que cumplían jornadas de 12 horas de trabajo, sin franco alguno, y que incluso no percibían su jornal desde hacía más de tres semanas. De la investigación surgió que la empresa reclutadora engañó a los campesinos, ya que les había notificado que iban a ser trasladados a Río Negro para la recolección de frutas pero finalmente terminaron en Catamarca. Santiago querido. Además de los condicionantes económicos, los modos de producción que tradicionalmente se han dado en Santiago del Estero allanan el terreno para este tipo de explotación laboral. Juan Carlos García, del Programa Social Agropecuario en la provincia y especialista en asuntos campesinos, señala que los padecimientos que hoy sufren los campesinos golondrinas se remontan desde tiempos remotos. “Lo mismo que les pasa a los que van a trabajar a Buenos Aires, la Patagonia o Entre Ríos, era lo que les pasaba veinte años atrás a aquellos campesinos que se dedicaban acá al obraje o la cosecha de algodón”, asegura. “Las empresas que contratan a los campesinos reproducen las condiciones de trabajo que se daban con esas actividades. Por ejemplo, montan una proveeduría de alimentos con precios exorbitantes y por lo tanto a los campesinos gran parte de lo poco que ganan se les va sólo en la alimentación”, completa. El Programa Social Agropecuario que dirige el Ministerio de Agricultura fomenta el desarrollo sustentable de los campesinos ofreciéndoles una serie de facilidades, como créditos y subsidios para que puedan vivir de lo que producen y evitar así caer en el trabajo golondrina. Sin embargo, García señala los inconvenientes para poder modificar esa realidad. “Muchas veces, la gente se entusiasma con la ilusión de volverse de las cosechas con 5.000 o 6.000 pesos en el bolsillo. Pero no tienen en cuenta que muchas veces no sólo ese dinero nunca se los pagan sino que además soportan todo tipo de vejaciones. En cambio, llevar adelante su propia producción, si bien no les genera beneficios económicos en el plazo inmediato, les da herramientas para desligarse de este tipo de prácticas esclavistas”, sentencia. • Los fraudes que aplican las empresas La explotación de trabajo infantil y el fraude laboral son algunas de las transgresiones frecuentes en la aplicación del trabajo golondrina. A partir de las características de algunas producciones agropecuarias, la utilización de mujeres y niños suele ser más conveniente a los ojos de empresarios inescrupulosos. Son los mismos que en muchos casos recurren a la creación de cooperativas de trabajo fraudulentas para eludir las cargas sociales que les competen por la contratación de trabajadores y desvirtuando los principios de solidaridad que promueve el asociativismo. En este sentido, la provincia de Mendoza dictó una ley por la que se atribuye idénticas funciones a las del Inaes, que es el organismo que detenta la autoridad de aplicación para el desarrollo y control de la acción cooperativa. Esto abrió la puerta para que empresas que operan en diferentes lugares del país establezcan su domicilio legal en dicha provincia. De todos modos, el Inaes procedió a sancionar a cooperativas como Colonia Barraquero y Huantala, que han recurrido a este tipo de prácticas. Para la cosecha de arándanos en Entre Ríos, las empresas contratistas suelen reclutar a mujeres y niños a los que someten a jornadas interminables. “El arándano es un fruto muy delicado, que ante la menor presión se revienta y que a la vez tiene una piel muy delicada. Por lo tanto, se considera que las mujeres y los niños son más eficaces que los hombres para su recolección”, afirma Juan Carlos García, del Programa Social Agropecuario. En el caso del desflore del maíz, al tratarse de una actividad que requiere una gran resistencia física, los contratistas suelen descartar el reclutamiento de mujeres y niños. Incluso, tal como señala la socióloga Agustina Desalvo, se da una situación paradójica. “En los últimos años las empresas suelen llevar adelante estudios médicos previos para detectar si tienen Chagas. Esto lo hacen no porque sean buenas, sino porque se les han muerto gente que padece esta enfermedad en plena faena. El Chagas es muy común en Santiago y al tratarse de una enfermedad que afecta al corazón, al someterse a semejante exigencia física, sus vidas corren peligro. Hay testimonios de gente que murió en el campo por esta causa o porque les cayó un rayo trabajando en el medio de la lluvia”, asegura. Para el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, uno de los aspectos más nefastos que se dan en torno del trabajo golondrina tiene que ver con la naturalización con que se aceptan ciertas prácticas. “Resulta perverso que se haya instalado como inevitable este tipo de explotación. Es fundamental que los responsables tomen conciencia que esto no es normal y natural y que deben brindar trabajo de otra forma.” Para modificar esta situación, Tomada cree que es fundamental derogar la actual ley que rige el trabajo agrario, sancionada durante la última dictadura. “En la Comisión de Trabajo de Diputados se está tratando una nueva ley y esperemos que la visualización de estos casos, que hay montones en todo el país, sirva para que el Congreso la trate lo antes posible para que los trabajadores del campo tengan los mismos derechos que el resto”, remató.