¡La última de Monicelli!

¡La última de Monicelli!
Jamás lo despediremos de nuestros corazones, conocido de siempre, maestro compañero, gran guerrero Mario Monicelli. El cineasta italiano tenía 95 años, padecía un cáncer de próstata en su fase terminal y estaba internado en el hospital San Giovanni de Roma. Pero esperar la hora de morirse en esa cama con pinchazos y tormentos físicos no era proyecto para él. Sabedor de que la muerte no tiene horario, Monicelli debe haberla enfrentado: Despreocúpese, señora, a usted la dirijo yo. Entonces el lunes 29 de noviembre hizo lo que hubiera hecho Brancaleone a su edad y en esas condiciones. En un momento en que quedó solo (es lícito imaginar que si había alguien lo hizo salir por algún motivo), se desprendió del cablerío, corrió hacia la ventana y saltó desde el quinto piso al vacío. Se suicidó. Como hace setenta años hiciera su padre, un periodista opositor a Mussolini que al quedar sin trabajo no toleró vivir con su expresión vedada. A Mario lo encontraron dos trabajadores cerca de la sala de urgencias. Hay muertos a los que la palabra Fin no les sienta bien, los degrada, tanta es la vida que dejan, lo que no le quita a este arrojo monicelliano majestad final de peliculón. Son esos muertos a los que quisiéramos desearles que en paz no descansen para que puedan seguir orientándonos en la ¿alegre amargura, amarga alegría? de vivir, para que puedan seguir filmándonos, haciéndonos ver. Porque también por ellos estamos vivos. Las formas cuentan que sobre el ataúd había una rosa y dos claveles, “a Mario no le hubiera gustado encontrarse entre tantas flores”, dijo su viuda, Chiara Rapaccini. Así fue llevado a la plaza Santa Madonna de Monti, su barrio, donde lo aplaudieron con ganas cientos de vecinos. La banda del comedor popular tocó dos que sabían todos: Bella ciao, conocida canción antifascista de los partisanos durante la Segunda Guerra Mundial, y el himno de La armada Brancaleone, una de sus películas cumbres. Nadie esperaba una ceremonia fúnebre con óleos santos para un ateo inclaudicable. ¿Entonces por quién tocaban sin parar las campanas de la iglesia de enfrente, si éste además era comunista y suicida? El párroco explicó: “Estas campanas eran también sus campanas, porque Mario era un hombre de bien. Y cuando muere una persona las campanas sirven para avisar al cielo que alguien está llegando”. Mientras en el Parlamento se lo discutía: “No puede ser que algunas personas que ya no pueden más se vean obligadas a dejar la vida, en vez de morir al lado de sus parientes cercanos con el método de la ‘muerte dulce’”, dijo una diputada. “Exijo poner fin a la propaganda a favor de la eutanasia, Monicelli estaba desesperado y fue dejado solo”, se opuso otra legisladora. En la capilla ardiente instalada en el Palacio del Cine, en el parque Villa Borghese, donde una multitud acudió para despedirlo, el presidente italiano Giorgio Napolitano dio su visto bueno político: “Se fue con una última manifestación de su fuerte personalidad, de un impulso extremo de voluntad que es necesario respetar”. Monicelli había nacido en Viareggio, Toscana, el 16 de mayo de 1915. Hizo el liceo, y de joven se fue a Roma, donde trabó amistad con Giacomo Forzano, a quien Mussolini le había encargado la fundación de un estudio de cine en Tirrenia. Le gustaba divertirse en la vida y encontró que lo más divertido, lejos, era el cine. En 1934 dirigió su primer corto en colaboración con su amigo Alberto Mondadori, luego vino un mediometraje mudo, premiado en Venecia, y en 1937, Pioggia d’estate, que nunca recordaría como su primer largometraje. En 1949, después de varios años en los que se desempeñó como guionista y asistente en unas cuarenta películas, codirigió con Steno (Stefano Vanzina) Al diavolo con la celebrità, a la que siguieron una serie de ocho películas con Steno, todas ellas con Totó, por quien es justo anteponer gran cuando se lo nombra. En esos trabajos ya se percibían los aromas de la commedia all’italiana, que en 1958 nacería rotunda, bajo la auténtica paternidad de Monicelli con Los desconocidos de siempre, entrometida traducción local del original I Soliti Ignoti, aunque menos estúpida que el Rufufú con la que la bautizaron los españoles, en alusión a los inspiradores ladrones de Rififí que Jules Dassin había filmado tres años antes. Pero éstos eran los ladrones de Monicelli, con guión de los espléndidos Age y Scarpelli. Tres pobres diablos que cavan un túnel para robar una tienda de empeños, sueñan con un atraco espectacular y los espectadores, muertos de risa, soñamos y la pifiamos con ellos. Uno de los ladrones se llamaba Poppe el Pantera, un ex boxeador en la lona y bastante tarado para el que Monicelli quería a Vittorio Gassman, a quien había visto en teatro. A todos les pareció un despropósito y trataron de disduadirlo. ¡Imposible operar a Gassman de Shakespeare! No lo fue. Él mismo lo cuenta en su egografía Un gran porvenir a la espalda. Sesiones de maquillaje donde se le probaba de todo: bajarle la frente con un peluquín rapado, alargar en abanico las orejas, rellenar la nariz aquilina con tapones y prótesis de goma, hasta que quedó, ahora había que encontrarle ese hablar trabucado. Y Gassman lo encontró de tal modo que sorprendió a público y crítica con su criatura, se hizo tremendamente popular, empezaron a lloverle contratos. ¿Y Monicelli qué decía, Vittorio? “Era capaz de sentenciar: hay que abolir los primeros planos. Las escenas importantes se ruedan una sola vez y sin ensayo. En cambio se pueden rodar veinte tomas para una secuencia a campo abierto o la apertura de una puerta”. En Los desconocidos… Gassman se reencontró con Marcello Mastroianni, juntos habían hecho Orestes en teatro dirigidos por Luchino Visconti. “Marcello había nacido para el cine, una deliciosa pereza romano oriental le confería la fascinación de la indiferencia, la mirada óptima por la misteriosa máquina radiográfica que es la cámara”. Y estaban el gran Totó, y Memmo Carotenuto, y Cladia Cardinale, que se hacía desear cuando faltaba en pantalla. “La comedia italiana viene de lejos y llegará lejos. El cómico no es realista, es surrealista. El humor es la forma más penetrante de mirar, un bisturí que va al fondo de las cosas. ¿Morir? ¿Y quién ha dicho que haya que morir? Sólo mueren los mierda”. Así hablaba Monicelli. Al año siguiente, con La gran guerra, ganó el León de Oro del Festival de Venecia, con dos impagables Gassman y Alberto Sordi en plan cobardes a mucha honra. Cuando en 1963 apareció Los compañeros, nos hincamos de emoción ante el entrañable profesor Sinigaglia de Marcello, de barba y anteojitos, que aleccionaba a unos obreros textiles para luchar por mejorar sus condiciones de vida en Turín, a principios del siglo veinte. El afiche de Mastroianni, que ya era en el mundo quien era, no pudo exhibirse en Estados Unidos porque daba “demasiado comunista”. Tres años después, La armada Brancaleone, la locura al medioevo y otro olimpo para Gassman. Y en los setenta, con Un burgués pequeño pequeño terminó de quitarle su respirador a la comedia y la respiración a los espectadores, cómo pudo Sordi llegar tan alto... “Todos me consideran el padre de la comedia, aunque es difícil afirmarlo. Era un momento especial, había una atmósfera particular y ciertas cosas se sentían en al aire.” ¿Será el mismo aire que ahora deberemos respirar sin Monicelli, o sería otro?.