El gran peleador

El hombre del apellido difícil entra en la historia. La de Yrigoyen, la de Perón, la de Alfonsín

El gran peleador
El país se despertó una mañana y se conmovió hasta las lágrimas con la noticia de la muerte de Néstor Kirchner por una afección cardíaca. Viejos recuerdos de sentidas ausencias sobrevolaron el espíritu de los argentinos: el general Perón, líder de masas y estadista indiscutido, fallecido en el ejercicio de la presidencia; Raúl Alfonsín, que se fue llevándose el respeto de amigos y adversarios por sus valores democráticos. Más atrás en la historia, don Hipólito Yrigoyen, pionero del voto popular en la Argentina de las minorías. Figuras que, en su paso por la política y el poder, dejaron marcas indelebles en la cultura institucional, en las prácticas militantes y en la memoria colectiva de las grandes mayorías populares. En momentos claves de nuestra historia los argentinos depositaron sus sueños y esperanzas en la personalidad y la acción de líderes que supieron interpretar, cada uno desde su propia perspectiva y en su momento temporal, esas demandas. Don Hipólito Yrigoyen abrió el cauce para que las nacientes clases medias urbanas y rurales hicieran sentir su presencia a través del voto popular. En el imaginario político nacional, el radicalismo quedó asociado a la práctica republicana de la promoción y defensa de las bondades del sistema democrático y representativo. En la década del ’40, en una posguerra signada por la aparición de nuevos actores sociales, hijos de la industria, Juan Domingo Perón fue el intérprete cabal de los trabajadores del campo y la ciudad que, a favor de una fuerte organización sindical promovida desde el gobierno, vieron crecer su participación en el producto bruto y mejorar drásticamente sus condiciones de trabajo y de vida. Las turbulencias de su tercer gobierno no empalidecieron, en el fervor de sus seguidores y en el respeto de sus contrincantes, su herencia de solidaridad social, de independencia económica y soberanía nacional. Fallecido Perón, el sombrío interregno de la dictadura más sangrienta que conociera nuestro país con sus consecuencias de desapariciones, destrucción económica y atraso social, fue reemplazado por la democracia que recuperaba para los argentinos la posibilidad de crecer en paz, armonía y equidad social. El Nunca Más a los crímenes de la dictadura asoció a Raúl Alfonsín a lo mejor de la tradición radical: la plena vigencia y el libre juego de las instituciones democráticas. Los argentinos lo reconocieron cuando, en su homenaje póstumo, multitudes se autoconvocaron en el Congreso para despedirlo. En el desolador panorama de los ’90, con la aplicación a rajatabla de los principios neoliberales que continuaron hasta la exasperación las orientaciones económicas de la dictadura, surgió, a posteriori de las grandes movilizaciones de finales de 2001, una figura prácticamente desconocida en la política nacional: Néstor Kirchner. Puesto en tela de juicio el sistema de representación tradicional de los partidos políticos, desvalorizados hasta el ridículo los dirigentes que eran percibidos como cómplices o comparsas de la crisis nacional, arrasadas en las calles las convenciones formales de la política tradicional bajo el lema “que se vayan todos”, llegaron las elecciones de fines de 2002 en las que –por escaso margen a favor de la defección del menemismo– se impuso ese desconocido, al que muchos apostrofaban y denigraban como “chirolita de Duhalde”. Un hombre del interior patagónico, sin linaje político conocido, con una lejana militancia universitaria en las filas del peronismo revolucionario de los ’60. Néstor Kirchner, el hombre de los mocasines marrones y el saco cruzado desprendido. El hombre que empezó a hablar un lenguaje que parecía olvidado en la política argentina. Un lenguaje sin rebusques retóricos, franco, directo, áspero, irritante para oídos adocenados, acostumbrados a la letanía de la politiquería tradicional, aquella que no había escuchado (ni escucharía) el aullido de la calle: “que se vayan todos”. Kirchner, el del apellido difícil, que no rima fácilmente con los cánticos de propios y enemigos, el hombre que tenía todo en contra para gobernar, crisis económica, baja legitimación electoral (sólo un cuarto del electorado lo había votado), estallido de los partidos, descreimiento social. Kirchner, el hombre que entendió como nadie que la política, más que maniobras electorales o acuerdos entre bambalinas, es apelación simbólica a los grandes temas pendientes en la conciencia popular, es diálogo directo con la gente, es acción y más acción en favor de quienes más necesitan que el brazo del Estado los proteja y los acompañe, amigable, en su lucha por una vida mejor, por el trabajo bien pago, por su dignidad. Kirchner, enfático, peleador, el hombre de carácter difícil, el que descolgó el cuadro de los represores del Colegio Militar, el que impulsó el juicio a los esbirros de la dictadura, el que no trepidó ni un instante en darle un lugar privilegiado a Madres y Abuelas, el que lloraba (sí, lloraba) cuando hablaba de los argentinos que habían caído bajo la represión dictatorial. Kirchner, que creyó, impulsó y vio concretarse el principio del sueño de San Martín y Bolívar con la creación de la Unasur, el que llamó a las cosas por su nombre, aún en los momentos en que los errores de apreciación le significaron turbulencias negativas sobre el consenso de ciertos sectores sociales. Kirchner, que para una gran mayoría, aún para opositores y enemigos, ya era Néstor a secas, logró entrar en la historia como continuador empecinado de la lucha por resolver los grandes temas pendientes de la Patria. Los historiadores del futuro podrán estudiar sin apasionamiento y con la calma que los años aportan a la memoria, la vida política y la gestión de gobierno de Néstor Kirchner. Es seguro que los vaivenes de su gobierno, la dinámica cambiante de sus aciertos y errores, su compleja y conflictiva relación con amigos y enemigos, su vertiginosa tendencia a la acción y su indiscutible carisma popular podrán ser objeto de sesudas especulaciones académicas y respetables construcciones teóricas. Pero Kirchner, como político, como hombre comprometido en la causa histórica de la independencia nacional y la justicia social, será verdaderamente comprendido y recordado en profundidad, en su exacta dimensión de estadista y militante, por quienes más lo comprendieron, lo votaron, lo siguieron y lo amaron: los humildes, los trabajadores, los pobres del campo y la ciudad, los que –como alguien dijera– “nada tienen para perder, sólo sus cadenas”. Las cadenas del atraso, la miseria y la desigualdad. Kirchner ya está en la Historia, en la que escriben con pasión quienes dedican su vida a las causas que promueven la igualdad, la dignidad y la libertad de “todos las personas del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.