El chisme recorrió todos los medios. Era una acción sencilla, de cualquier picado, que se produce desde que rodó la redonda por primera vez: “La última pelota también se corre, pendejo”, dijo el defensor, lento e impreciso, lejos de su nivel de Boca, aquel que lo llevó a Europa. “Vos tratá de darle un pase a un compañero”, respondió con extraña ironía el crack del Barcelona, pinchado anímicamente y deprimido por la circunstancia.
Esta suerte de noticia, que ocupó espacios centrales en la semana, puede leerse de algunas maneras diferentes. La primera está dicha, dos futbolistas que se van prendidos fuego al vestuario y se reprochan cuestiones que pasaron en el partido (pasa también entre dos amigos íntimos) y termina ahí; la segunda es positiva, dos compañeros que se pelean por correr o no correr una pelota y por dársela bien a otro, son dos tipos a los que no les da lo mismo perder que ganar, jugar la Copa que no jugarla, cuestión que se instaló esta semana para embarrar un poco la supuesta falta de hambre del equipo de Batista; la tercera es de desconcierto: si Burdisso y Messi se reprochan estas cuestiones mínimas, ¿qué es lo que se dirá el plantel completo cuando repasa todos los errores cometidos contra Bolivia y Colombia?
Este equipo aún no puede resolver cuestiones mínimas y tiene un cuerpo técnico sin la lucidez de mirar atrás. Si uno de los pocos aciertos tácticos en los últimos 6 años del equipo nacional fue jugar con doble 5, en su momento con Javier Mascherano y Fernando Gago (ahora podría ser Banega), y así soltar a dos volantes, uno dinámico (Verón) y otro que maneje los tiempos (Riquelme), ¿por qué se insiste con tres número cinco? ¿Por qué Batista no le da rodaje a Pastore? ¿Por qué el que ocupa la franja derecha del ataque es Lavezzi y no Messi, que queda encerrado en una telaraña de la que no puede zafar a pesar de ser el mejor jugador del mundo? ¿Por qué Tévez choca toda el tiempo? ¿Por qué no tiene diálogo futbolístico con Messi? ¿Por qué no juegan de arranque Agüero o Higuaín, dos jugadores que aseguran goles, algo que no abunda en el equipo de Batista?
Bigote. Ricardo La Volpe es un tipo preocupantemente competitivo. Sus amigos de Banfield, que lo extrañan a mares debido a que hace 32 años no reside en el país, no ven la hora de que se vuelva a México cuando juega al truco y pierde. “Se pone insoportable, discute los tantos, putea como loco, se quiere ir. Insoportable”, dicen. Como arquero y técnico fue igual. Es cierto que esa competitividad sufre grietas cada vez que sus equipos enfrentan a la Argentina o, actualmente, a México. Aquella tarde-noche en Leipzig del Mundial 2006, no pudo soportar presenciar los himnos y se quedó en el túnel, solo. Era la revancha de 2005, cuando un equipo argentino inferior lo había derrotado por penales en la semifinal de la Copa de las Confederaciones. En aquella jornada mundialista tampoco pudo: un zapatazo increíble de Maxi Rodríguez lo mandó de vuelta al DF.
Su paso por la Argentina no podía ser menos feliz. Un Boca casi campeón que podía “dirigir desde un helicóptero” según su soberbio retrato de situación, terminó perdiendo un título increíble contra Estudiantes. La revancha de aquel tercer arquero del plantel de Menotti en el ’78, de aquel anfitrión que recibía al equipo campeón del mundo de Bilardo en México, será mañana. Ahora no tiene presión; mañana, lunes, su equipo de juveniles sabe que jugando suelto, despreocupado, puede hacer historia.
Costa Rica junto con Chile y Colombia fueron los tres equipos que demostraron dos cuestiones que no abundan en esta copa, convicción futbolera y actitud. Perú también, pero sin mayores convicciones. Los tres son planteles que presionan lejos, que poseen un talante agresivo a la hora de tener la pelota y sobre todo a la hora de ir a buscarla. Son conjuntos trabajados, en los que se nota la búsqueda de una identidad. Con poco, son la envidia de los cuatro cucos de esta Copa: Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay.
La impronta de Bielsa es fácilmente visible en el equipo chileno. Pero más allá de los guiños futbolísticos presentes en la fiereza y el vértigo con el que juegan los trasandinos, estos jugadores tranquilamente podrían ser la envidia del resto por la manera en que enfrentan los partidos. Lo hacen con rudeza, dejando todo, sin tener nada que reprocharse al final. A eso hay que agregarle que sus jugadores clave (Giménez, Suazo, Alexis Sánchez) pasan un momento extraordinario individual y colectivamente. Con eso le puede bastar para ser finalista de la Copa.
Uruguay es una decepción. Lejos del heroísmo de aquel equipo que llegó a instancias finales en la Copa del Mundo de Sudáfrica, no encuentra la forma ni la dirección. En algún punto también sufre lo que padece la Argentina. No tiene forma, no tiene estilo, ni tampoco un alto rendimiento en sus actuales cracks.
Gente. Es la primera vez en muchos años que un seleccionado se va silbado de la cancha. Habría que remontarse a aquel histórico 5 a 0 con Colombia para encontrar una decepción colectiva similar dentro de un estadio con una Selección adentro. Hay un dato que no es menor. La Selección en River juega protegida con un público que no se corresponde con el de Santa Fe del pasado miércoles. Son espectadores mayormente de ocasión, que van a ver la Selección por gusto, casi como ir de compras. La gente del interior, mucho más futbolera que la que concurre al Monumental, siente una profunda admiración por estos futbolistas y tiene una gran expectativa en torno de ellos. Pero sufre una decepción similar cuando el equipo no dice nada.
Si la Argentina no clasifica, cuestión nada descabellada si sigue jugando así, el daño para buena parte de este equipo puede ser irreparable. Para Batista y para Grondona también.

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