¿Es más seguro el mundo sin la Urss?

Año 5. Edición número 194. Domingo 5 de febrero de 2012
Años soviéticos. Según Gorbachov, el poder de Moscú era vital para el equilibrio global.
A 20 años de la desintegración del bloque soviético

Desde la integración de la Unión Soviética hace veinte años, comentaristas occidentales han celebrado frecuentemente el hecho, como si lo que hubiera desaparecido de la arena mundial en diciembre de 1991 habría sido la antigua Unión Soviética, la Urss de Stalin y Brezhnev, en lugar de la Unión Soviética reformadora de la perestroika. Además, la discusión de sus consecuencias se ha concentrado sobre todo en eventos en el interior de Rusia. Igualmente importantes, sin embargo, han sido las consecuencias para las relaciones internacionales, en particular las alternativas perdidas para un orden mundial verdaderamente nuevo abierto por el fin de la Guerra Fría.
¿Qué pasó después del fin de la Unión Soviética en 1991? ¿Por qué no fueron realizadas las oportunidades de construir lo que el papa Juan Pablo II llamó un orden mundial más estable, más justo y más humano? Para responder esta pregunta tenemos que considerar los eventos asociados con la desaparición de la Unión Soviética y la reacción de Occidente.
La desaparición de la Unión Soviética interrumpió la perestroika –un intento de efectuar una transición evolucionaría del totalitarismo a la democracia en un vasto país de 1985 a 1991. Los logros de la perestroika fueron reales y numerosos. Trajo libertad, incluida la libertad de expresión, reunión, religión y movimiento, así como pluralismo político y elecciones libres. Comenzamos una transición a economías de mercado. Pero actuamos demasiado tarde para reformar el Partido Comunista y transformar la Unión Soviética, en una nueva, descentralizada, unión de repúblicas soberanas.
Contrariamente a lo que se afirma a veces, la Unión Soviética no fue destruida por alguna potencia extranjera, sino como resultado de eventos internos. Primero, en agosto de 1991, las fuerzas conservadoras contra la perestroika organizaron un golpe contra mi dirigencia que fracasó pero debilitó mi posición. Luego, el 8 de diciembre, desafiando la voluntad popular, que había apoyado la renovación de la unión en un referéndum en marzo de 1991, los dirigentes de tres repúblicas soviéticas –Boris Yeltsin, el presidente ruso, y los dirigentes de Ucrania y Bielorrusia– reunidos en secreto, abolieron la Unión.
Ese evento condujo a la euforia y a un “complejo de vencedor” en la elite política estadounidense. Estados Unidos no pudo resistir la tentación de anunciar su “victoria” en la Guerra Fría. La “única superpotencia restante” reivindicó el liderazgo monopolista de los asuntos globales. Eso, y la ecuación de la desaparición de la Unión Soviética con el fin de la Guerra Fría, que en realidad había terminado dos años antes, tuvieron consecuencias trascendentales. En ello se encuentran las raíces de numerosos errores que han llevado al mundo a su actual estado atribulado.
No es sorprendente que el proyecto imperial haya fracasado y que pronto quedó claro que era una misión imposible incluso para Estados Unidos. Intervenciones militares en Irak y Afganistán, basadas en la suposición de que el poder es un derecho, debilitaron severamente la economía estadounidense, fuera de causar decenas de miles de muertes. Hoy en día muchos en Occidente admiten que fue el camino incorrecto, pero se perdió el tiempo que podría haber sido utilizado para construir un nuevo orden mundial verdaderamente nuevo.
La interpretación errónea del fin de la Guerra Fría, la desaparición de la arena mundial de un socio fuerte con sus propios puntos de vista –la Unión Soviética reformadora– y el debilitamiento de Rusia también tuvieron un impacto negativo en los eventos europeos. La Carta de París para una Nueva Europa, firmada en 1990 por naciones europeas, Estados Unidos y Canadá –un proyecto para una nueva arquitectura de seguridad para el hogar común europeo– fue relegada al olvido. En su lugar, Estados Unidos y sus aliados decidieron expandir la Otan hacia el este, acercando a las fronteras de Rusia esa alianza militar mientras reivindicaba para ella el papel de un policía paneuropeo o, incluso, global. Esto usurpó las funciones de las Naciones Unidas e incluso las debilitó.
A principios de los años noventa, también se decidió acelerar la expansión de la Unión Europea, también hacia el este. A pesar de los verdaderos logros de la UE, los resultados de su expansión han sido ambiguos, como ha quedado particularmente claro en los últimos meses en la crisis financiera y económica sin precedentes de Europa.
Como resultado, el papel de Europa y su peso en los asuntos del mundo han sido mucho menos que su potencial. Nuevas líneas divisorias han aparecido en nuestro continente, ahora mucho más cercanas a las fronteras de Rusia, y dos veces –en la antigua Yugoslavia en los años noventa y en la antigua república soviética de Georgia en 2008– los conflictos han llevado a derramamientos de sangre.
En resumen, el mundo sin la Unión Soviética no se ha hecho más seguro, más justo o más estable. En vez de un nuevo orden mundial –es decir, suficiente gobierno global para impedir que los asuntos internacionales se conviertan en peligrosamente imprevisibles– hemos tenido turbulencia global, un mundo que va a la deriva hacia territorio desconocido. La crisis económica global que estalló en 2008 lo demostró con suficiente claridad.
Occidente debe emprender una reevaluación crítica de todo lo que precedió a esta dolorosa crisis. Es más que sólo una crisis de las finanzas globales o incluso una crisis de un modelo económico basado en una carrera por híperbeneficios y excesivo consumo que agota los recursos de la tierra y arruina la naturaleza. La crisis surgió de la convicción arrogante de “Occidente colectivo” de que poseía las recetas para resolver todos los problemas y que no existía ninguna alternativa para “el Consenso de Washington”, que pretendía funcionar igualmente bien en todos los países.
La crisis, cuyo fin no está a la vista, parece haber hecho sentar cabeza a algunos dirigentes mundiales y provocado una búsqueda de soluciones colectivas para desafíos globales. Pero hasta ahora los resultados han sido débiles. Organizaciones internacionales, en especial las Naciones Unidas, incapacitadas por el unilateralismo de Estados Unidos y de la Otan, todavía titubean, incapaces de cumplir con su tarea de solucionar conflictos. El G-8 no es suficientemente representativo de la comunidad global, y el G-20 no se ha convertido en un mecanismo efectivo.
Durante la primera década del siglo XXI los presupuestos militares de Estados Unidos representaron casi la mitad de los gastos del mundo en fuerzas armadas. Una superioridad militar tan abrumadora de un país hará que sea imposible de lograr un mundo libre de armas nucleares. A juzgar por los programas de armas de Estados Unidos y una serie de otros países, tienen en la mira una nueva carrera armamentista.
Esto me hace preguntarme si cada vez que hay una crisis o conflicto, los dirigentes tratarán de resolverlos recurriendo a la fuerza militar. La única manera de romper ese círculo vicioso es reafirmar los principios de seguridad mutua, que formaron el núcleo de nuestro nuevo pensamiento político hace más de veinte años.

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