¿Tiene porvenir el socialismo?

Año 6. Edición número 284. Domingo 27 de Octubre de 2013
Anticipo. El libro compilado por Mario Bunge y Carlos Gabetta contiene ensayos de ambos autores y de Josep Fontana, Antoni Domenech, Antonio Gutiérrez y Mariano Schuster, y fue recientemente publicado por Eudeba.

El socialismo: ¿objetivo posible de la humanidad?; ¿necesidad objetiva de la evolución histórica?; ¿ensueño idealista; utopía?
Se trata de una vieja discusión, aún no resuelta. Pero la persistente crisis económica y financiera capitalista mundial; la descomposición política y social, la proliferación de focos de conflicto que hacen trastabillar a las democracias y amenazan la paz en el mundo; el agotamiento de los recursos naturales y/o su contaminación vuelven a poner el tema del socialismo sobre el tapete.
Todo parece indicar que vivimos un fin de época: la transición entre una forma de producir, intercambiar y repartir; una cultura en suma, que da signos de haber agotado su ciclo histórico, y otra cultura que asoma, pero debe concretar su forma, desarrollarse. El desarrollo capitalista ha alcanzado el nivel de producción de bienes que hacen posible un mundo de paz, libertad, igualdad y progreso. Pero el modo de reparto, la distribución capitalista, lo impide, generando problemas y conflictos cada vez más graves. En estos tiempos, la encrucijada para la humanidad es, así, entre el caos o el hallazgo de nuevas formas de producción, intercambio, consumo y distribución, de una cultura que deje atrás la capitalista.
Fracasada en la Unión Soviética la experiencia de socialismo autoritario, el capitalismo devino planetario. Los reiterados fracasos del liberalismo y el populismo ante su crisis, ahora instalada en los países desarrollados, el corazón del sistema, parecen despejar el camino de la alternativa socialista.
Pero además de una teoría, el socialismo tiene una historia política concreta; de éxitos y fracasos. Ante esta oportunidad histórica, el debate torna pues a abrirse. Los compiladores han procurado variedad de matices teóricos y experiencias concretas, aspirando a que el libro potencie el debate entre estudiosos de lo social y aquellos ciudadanos que no se aferran a recetas que el tiempo y el uso han puesto en cuestión. Los trabajos de este libro intentan ser un aporte a esas discusiones y a la elaboración de una propuesta socialista democrática.

Carlos Gabetta
Ya en pleno siglo XXI, ningún país o región del mundo puede formular planes sin considerar el carácter estructural de la actual crisis capitalista. Es más: cabe preguntarse si algún país o región puede encarar por su cuenta una salida a la crisis; si ésta no acabará requiriendo algún tipo de acuerdo mundial. La globalización no es un slogan, sino un dato de la realidad. Las recurrentes crisis del sistema no son nuevas y han sido estudiadas por numerosos autores de todas las tendencias, siempre en el entendimiento, verificado hasta ahora, de que se resuelven “hacia adelante”, en sentido positivo. Las “crisis superadoras” del capitalismo –las más graves resueltas mediante guerras– desmintieron sucesivamente a las izquierdas, marxista o no, que cada vez auguraban su inminente derrumbe.
Pero ya a mediados del siglo XIX Carlos Marx, mediante el análisis de la lógica interna del sistema de producción e intercambio capitalistas, había llegado a la conclusión de que tarde o temprano éste iba a encontrarse ante una “contradicción antagónica” –es decir, insoluble en el marco de su propia lógica– entre el desarrollo de sus fuerzas productivas y sus relaciones de producción. Entre la lógica y el modo en que produce bienes y la lógica y el modo en que distribuye los beneficios derivados de la producción e intercambio de esos bienes.
Todo parece indicar que ese momento ha llegado, lo que no quiere decir que su derrumbe es inminente, como se verá más adelante, ni mucho menos que será “lógica y automáticamente” reemplazado por el socialismo, como sostienen algunas corrientes pretendidamente marxistas. Esta actualidad del capitalismo, su evolución posible y las posibilidades que se abren a la propuesta socialista, es lo que se intenta analizar aquí.
Luego del fracaso en la Unión Soviética –y en otras revoluciones en su estela– de la propuesta política de cuño político marxista de “transición al socialismo” –la “dictadura del proletariado”– el mundo es ciento por ciento capitalista y el capitalismo ha entrado en una fase que carga de razón a la filosofía de la historia y al análisis económico marxistas. La crisis económica y financiera es mundial. En todo el mundo, a derechas e izquierdas, reinan la confusión política y la ausencia de propuestas superadoras. Vivimos una larga etapa de transición, un fin de época. Un mundo viejo que no acaba de morir y uno nuevo que no acaba de nacer.
(…)
Dicho de otro modo: el capitalismo no aprovecha su enorme potencialidad productiva para acercar los beneficios del progreso a los miles de millones de desamparados del planeta; no utiliza lo que necesita y cuida de la reproducción, porque eso requiere inversión de largo plazo y reduce los beneficios inmediatos. Simplemente, devora lo que tiene alrededor. Sus consignas son simples: “desregulación”, lo que quiere decir que producirá allí donde no haya protección del medio ambiente, salarios y fiscalidad más bajos, menor cobertura social y “libre comercio”, lo que significa que venderá sin trabas allí donde haya mercados solventes. Como éstos están saturados, a las empresas no les queda más remedio que eliminar o absorber a otras empresas para quedarse con su parte. Puesto que esta “racionalización” elimina empleos, los mercados solventes se achican; pero como la producción es cada vez mayor gracias al desarrollo científico y tecnológico, serían necesarios mercados más grandes y con mayor solvencia...
(…)
La democracia capitalista está amenazada porque el crecimiento de la producción ya no garantiza la provisión de empleos que la evolución de una sociedad democrática requiere. No hablamos de cualquier sociedad, sino de una que se ha dado o que intenta darse, o perfeccionar, un sistema democrático de gobierno, formas democráticas de convivencia, ya que el desempleo estructural masivo corroe inevitablemente la vida social y acaba por afectar gravemente a la democracia. Una sociedad sin oportunidades para la mayoría, estructuralmente fracturada, no vive en democracia (“libertad, igualdad...”) y acaba por requerir alguna forma de autoritarismo.
Suele entenderse que la democracia es previa al desarrollo económico, a la demanda de trabajo y a salarios que excedan las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo, de lo que un trabajador necesita para meramente sobrevivir. Pero las democracias occidentales modernas, es decir, con inclusión y derechos para trabajadores, mujeres, jóvenes, minorías e inmigrantes, sólo fueron dibujándose en el horizonte a partir de las revoluciones productivas agraria e industrial.
Es pues necesario crecer –producir bienes– para distribuir y crear así condiciones sociales que permitan vivir en democracia y en paz. Pero la evolución reciente del modo de producción capitalista obliga a preguntarse: ¿garantiza el crecimiento, en cantidad y calidad, la provisión de empleos que la evolución de una sociedad democrática requiere?
“La gran promesa de la liberalización del comercio es crear prosperidad y empleo. Pero esta promesa está lejos de cumplirse, e incluso parece haber desaparecido de la agenda de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Mientras tanto, millones de trabajadores viven en la inseguridad que emana de la desregulación del mercado internacional. En todo el mundo, los trabajadores temen perder su empleo”.
Si es que no lo han perdido ya... En plena euforia de la Copa Mundial de fútbol, la automotriz alemana Volkswagen confirmó el despido de 20.000 trabajadores y la aseguradora Allianz y su banco, el Dresdener, de 7.500 empleados. DuPont, segunda empresa química estadounidense después de Dow Chemical, suprimió 1.500 empleos en Europa. La lista podría prolongarse indefinidamente, con ejemplos de todos los países industriales desarrollados, en los que el desempleo es estructural y las condiciones del empleo se degradan sin cesar. “En la última década, en la Unión Europea (UE) desapareció un millón de puestos de trabajo sólo en el sector textil y para los próximos cinco años se esperan pérdidas de la misma importancia. En los países en desarrollo, muchos trabajadores se ven obligados a aceptar condiciones de trabajo peores que las precedentes”.
¿Sólo en los países en desarrollo? Además de los despidos, la Volkswagen de Alemania anunció a los que quedan que si no aceptan trabajar siete horas más a la semana por el mismo salario, levantará los bártulos y se instalará en otro país. Y en los Estados Unidos, General Motors ha comenzado a contratar trabajadores temporarios a 16 dólares por hora, después de haber despedido a miles de fijos que ganaban 27 dólares.
¿No es hora de revisar a fondo las expectativas basadas en “el crecimiento” según la lógica capitalista actual? ¿No será necesario comenzar a debatir alternativas al modelo, en lugar de perseguir espejismos?
Tarde o temprano, deberán aparecer fuerzas sociales y propuestas alternativas a la hasta ahora irresistible conformación de un mundo dominado por mercaderes y especuladores, basado en la injusticia y, a la postre, antidemocrático. A menos que la humanidad se resigne a un porvenir de exclusión masiva, conflictos permanentes y catástrofe ecológica.

El capitalismo en cuestión. Los crecientes conflictos entre trabajadores y patronal, entre las sociedades –sobre todo los jóvenes– y “el sistema” en el mundo entero prefiguran las luchas y las transformaciones sociales y políticas del porvenir. Iguales por sus causas y distintos en sus manifestaciones, ya que se dan en marcos política, social, cultural e históricamente diferentes, todos los conflictos de este tipo expresan la impotencia económica, estructural, del sistema capitalista mundial por salir de su propia crisis por sus propios medios y según su propia lógica.
En otras palabras, si el sistema de producción y distribución de bienes, el capitalismo, no renuncia o es obligado a renunciar a sus principios y modos de apropiación del beneficio, los conflictos como éste y muchos otros de distinto tipo continuarán, se ampliarán y agudizarán hasta tornarse inmanejables e insoportables para la vida en general.
La continuidad del repliegue capitalista hacia sus núcleos más concentrados y hacia la especulación desenfrenada continuará amenazando la paz mundial, agravando los conflictos sociales y, en último término, deteriorando su expresión política, la democracia capitalista.
En la presente etapa de desarrollo capitalista, cualquier aumento de la producción y productividad destruye puestos de trabajo. Los bienes, producidos en mayor cantidad y más rápidamente, se ofrecen en un mercado cada vez menor en términos de poder adquisitivo, a causa del desempleo y a la caída de la participación de los trabajadores activos en el ingreso. Esto último porque ante la menor participación del trabajo en la composición del capital y un mercado saturado de bienes, la tasa de ganancia del capital tiende a disminuir, lo que lleva a las empresas a intentar achicar costos en proveedores, controles, servicios, etc. y en particular en el salario.
El recurso de mantener o aumentar la tasa de ganancia achicando costos se ve facilitado, al menos en el corto plazo, justamente por la causa del deterioro de la tasa: la mayor y mejor capacidad capitalista de producir bienes con menor trabajo humano; es decir, con menor costo salarial. Y por su consecuencia: un mercado de trabajadores inactivos prestos a aceptar salarios y condiciones inferiores.
Así, y a pesar de algunos éxitos parciales, al final de su recorrido el proceso no hace más que achicar la demanda relativa global. En esta etapa de su evolución, el capitalismo sólo crea mercados efímeros, porque su tendencia objetiva es achicarlos. Desde el fracaso del socialismo autoritario en la Unión Soviética, esta lógica interna del capitalismo se expandió hasta alcanzar vigencia planetaria. El otro gran ensayo comunista, China, es hoy un totalitarismo capitalista más, protagonista del entramado del sistema en su condición de principal titular de bonos de Estado de Estados Unidos, su primer cliente comercial.
La deriva del capital en su conjunto desde la producción a la especulación es la otra cara de este fenómeno.
(…)
En conclusión, la socialdemocracia se encuentra ante una oportunidad histórica, porque en todo el mundo el modo de producción y distribución capitalista está en crisis. Pero justamente, para realizar un análisis crítico de sus propias dificultades o fracasos de las últimas décadas y, a partir de allí, formular una propuesta a la sociedad, la socialdemocracia debe recuperar su propia tradición teórica: el marxismo y todos sus desarrollos y afluentes posteriores. No se trata, por supuesto, de pregonar una ortodoxia que el propio Marx y sus epígonos más esclarecidos hoy revisarían, sino de recuperar los fundamentos teóricos del socialismo, de actualizarlos y plantear el socialismo democrático como salida a la crisis. No es casual que ninguno de los miembros actuales de la Internacional Socialista hable de socialismo, sino de “mejoras”, de “reformas” a un sistema, el capitalismo, que necesita ser reestructurado por la base.
La socialdemocracia ha pagado caro el progresivo abandono de esas herramientas; en particular del análisis marxista de la evolución histórica de la economía capitalista. El error de no tener en cuenta los cambios en la estructura del sistema acabó instalando a los partidos socialdemócratas en la lógica capitalista: se desplazaron de reformadores a defensores del sistema. Ahora, la socialdemocracia comparte la crisis; no está “frente” a la crisis, sino dentro. No constituye una alternativa, porque ha abandonado la propuesta socialista.
La oportunidad para el socialismo democrático está basada en que la crisis capitalista es un fenómeno histórico objetivo, que opera en la lógica interna del sistema y anuncia un fin de época. El capitalismo debe cambiar, mutar en su esencia. Quiénes lo hagan, cómo lo hagan, en cuánto tiempo, con qué consecuencias, son los interrogantes que responderá la historia futura. Hacia dónde acabará mutando el sistema –un salto cualitativo o una mayor destrucción; ambas posibilidades están abiertas– constituye el actual desafío histórico.
La primera posibilidad, un salto de calidad, es posible porque, por primera vez en su historia, la humanidad produce con creces lo suficiente para autosatisfacerse. En el caso de una evolución destructiva –la tendencia actual– las guerras comerciales, políticas y llegado el caso militares, asolarían el planeta en un grado mucho mayor. La experiencia histórica reciente es al respecto muy aleccionadora. El premio nobel de Economía Paul Krugman consideró irónicamente que fue ese “amplio programa público de empleo, conocido como la II Guerra Mundial, el que terminó con la Gran Depresión”.
No se trata sólo de un problema ético y moral, producto de las crecientes desigualdades a escala mundial y de cada uno de los países –incluyendo a los desarrollados–, sino de una necesidad civilizatoria. En el actual estado de cosas, la impotencia capitalista ante su propia crisis genera situaciones de graves conflictos nacionales e internacionales; la posibilidad de que en cualquier momento estalle una guerra nuclear y bacteriológica y, aunque no se llegara a este extremo, al terrorismo y los comportamientos mafiosos más o menos generalizados. A la impotencia de los Estados, o sencillamente a Estados mafiosos. En suma, a situaciones sociales y ambientales insoportables. Basta echar una ojeada al mundo actual para no tomar esta prospectiva por una exageración.
En este contexto, conviene pues insistir: desde el derrumbe del “socialismo” autoritario soviético en 1992 y ante la presente crisis estructural del sistema de propiedad, producción y reparto capitalista, no parece haber otra salida que un desplazamiento firme y consensuado, democrático, hacia un sistema que entienda la propiedad y la producción como social antes que privada. La oportunidad histórica para el socialismo es real.
Pero esto sólo en teoría, al menos por ahora, ya que el socialismo concreto, el realmente existente, es parte constitutiva de la crisis. No hay más que ver la evolución de los grandes partidos socialdemócratas del mundo, desde su momento de apogeo posterior a la II Guerra Mundial hasta el presente, para verificar hasta qué punto se encuentran descalificados no sólo ante la crisis, sino incluso ante su propia ética, principios y objetivos.
La situación ha llegado a tal punto que en mayo de 2013, en medio de los festejos del 150 aniversario de su fundación, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) propició una “Alianza Progresista” que funcionará “al margen” de la Internacional Socialista (IS), de la que el SPD es fundador y su más vigoroso miembro. Esta Alianza, quedó aclarado, no querrá saber nada con socios actuales de la IS como el partido egipcio de Hosni Mubarak, el del tunecino Ben Alí o el Jefe de Estado angoleño José Eduardo Dos Santos, por no hablar del presidente nicaragüese Daniel Ortega. Todos estos reconocidos demócratas y socialistas ingresaron a la IS en las últimas tres décadas y constituyen la prueba palpable de la pérdida de sentido que caracteriza actualmente a esa organización.
Pero habrá que ver qué dice la nueva Alianza Progresista –que al constituirse contaba ya con más de 70 miembros– acerca de personajes de sus propias entrañas como González, los fallecidos Craxi y Mitterrand, el inglés Tony Blair o el alemán Gerhard Schroëder. Algunos devenidos lobbistas de multinacionales, como González, que trabaja para el hombre más rico del mundo, el mexicano Carlos Slim y Telefónica de España; o Gerard Schroëder, que lo hace para la petrolera rusa Gazprom. Otros, y a veces los mismos, acusados de corrupción, como Craxi, que murió huyendo de la justicia italiana, y hasta de actos o tolerancia con el terrorismo de Estado: fue el caso de González en relación a la lucha contra el terrorismo vasco y el de Mitterrand respecto a la voladura de un barco de Greenpeace en Nueva Zelanda y otros asuntos. Los tiempos de líderes intachables como Jean Jaurés, Alfredo Palacios, Willy Brandt y Olof Pälme han quedado atrás.
En este marco, la iniciativa de Alianza Progresista promovida por el SPD alemán aparece como un paso político adelante, al menos en el plano de los principios y alianzas. Pero el verdadero desafío para el conjunto de la izquierda mundial es formular y presentar una alternativa real a la crisis estructural capitalista, que es ante todo económica. Como se ha intentado demostrar a lo largo de este trabajo, el capitalismo actual crea cada vez más bienes y achica a la vez mercados, porque destruye empleos, o sea, demanda.
La izquierda democrática mundial, sin excepciones, aunque con variantes que van desde los partidos socialdemócratas escandinavos hasta los africanos, pasando por los latinoamericanos, no ha sabido interpretar la profundidad y el sentido de la crisis capitalista de nuestros días. Así, de frustración en frustración a medida que la crisis se extiende y acentúa, se ha ido instalando en una especie de deriva hacia el puro acto de aspirar a gobernar o mantenerse en el gobierno, como si no hubiesen pasado los tiempos en que esa lógica podía materializarse, tanto en el gobierno como desde la oposición, en progresos económicos y sociales concretos, sin necesidad de cambiar demasiado las cosas. El desarrollo capitalista daba para eso, porque iba creando los mercados que necesitaba. También necesitaba ampliarlos, para que el consumo aumentase. Y los ampliaba. Pero la informática y la robótica acabaron con eso y la socialdemocracia no se enteró, porque en el camino de las reformas que el capitalismo le permitía, había perdido la propuesta socialista que en algún momento, según su propia teoría, sería la única respuesta a la crisis capitalista.
René Cuperus, miembro del partido socialdemócrata holandés, que motoriza el grupo de intelectuales Amsterdam Procés-Policy Network, cuya ambición es “poner al día el mensaje de la socialdemocracia europea”, señaló que “la adhesión socialdemócrata a la Unión Europea devino una ideología de substitución (…) en la práctica, los socialdemócratas también sostienen un proyecto neoliberal, que es contrario a la democracia y no encuentra eco en la base social. Un situación totalmente esquizofrénica”. A confesión de partes…
La izquierda está, pues, ante su oportunidad histórica, y parece empezar a tomar conciencia; no sólo en Europa, sino en todo el mundo. Pero aunque el camino es largo, se trata de poner la primera piedra para una alternativa real, que hasta donde se sabe y si se excluyen el caos y la guerra, no puede ser otra cosa que alguna forma o formas de socialismo.
De modo que para aprovechar la oportunidad, contribuyendo a la libertad, la igualdad y la paz mundial, la socialdemocracia debe antes asumir el desafío de un análisis crítico de los nuevos datos de la realidad; recuperar la propuesta socialista, quitarle el polvo y ponerla al día. Los objetivos y mecanismos de esa propuesta son objeto de un viejo debate (ver Bunge y Schuster, págs. XX y XX) que necesita actualización, pero es un cuerpo teórico y un venero de experiencias que debe aprovecharse. La izquierda está obligada a reasumir esa teoría como propia y, al mismo tiempo, a asumir conciencia tanto de la oportunidad histórica como del desafío que ésta representa.
La socialdemocracia mundial deberá cerrar filas ante esta nueva oportunidad, aportando propuestas nuevas que apunten a revertir la actual tendeo sugiere hoy la evolución política en Francia y en numerosos países.

Mario Bunge
Existió el socialismo alguna vez, y tiene porvenir? En 1989 fue derribado el Muro de Berlín, que simbolizaba la moribunda dictadura comunista. Veinte años después se desplomó Wall Street, cúpula y símbolo del capitalismo desenfrenado. Curiosamente, los sismógrafos socialistas no registraron ninguno de ambos terremotos. No aprovecharon 1989 para buscar los motivos del fracaso del llamado “socialismo realmente existente”, y casi todos ellos se sumaron al coro antisocialista. Los socialistas tampoco están aprovechando la crisis económica iniciada en el 2008 para averiguar si el fracaso del capitalismo es coyuntural o estructural: si el mal llamado mercado libre es reparable con un parche keynesiano, o habrá que reemplazarlo por un sistema más racional, justo y sostenible.
¿A qué se debe el silencio de los socialistas en medio del estrépito de esos dos grandes derrumbes? ¿Habrán perdido los ideales? ¿Sólo les interesará la próxima elección? ¿Ya no se interesan por lo que ocurra fuera de sus fronteras nacionales? ¿O han perdido lo que Fernando VII llamaba “el funesto hábito de pensar”, ya porque han subido al poder y se han acostumbrado a administrar una sociedad capitalista con Estado benefactor, ya porque siguen en el llano y han perdido la esperanza de reformar la sociedad? No tengo respuestas a estas preguntas, que exigen investigaciones empíricas que soy incapaz de emprender.
Por ser filósofo, me limitaré a describir y analizar los grandes rasgos de la familia de filosofías políticas que agrupamos bajo el rubro “socialismo”, y que de hecho van desde un liberalismo ilustrado hasta un igualitarismo autoritario (lo que, desde luego, es contradictorio y por tanto imposible). Espero que otros, más competentes que yo, documenten en detalle las ideas y las acciones de los socialistas de distintos pelajes. Concentraré la atención en lo que me parece esencial.
Mi intención no es historiográfica sino filosófica y política: me interesa destacar la gran variedad de la familia socialista, a fin de ver qué queda vigente de ella y qué habría que agregarle o quitarle a la tradición socialista para que pueda servir como alternativa al capitalismo en crisis.

Definición de "socialismo". Adoptaré una definición de “socialismo” que creo congruente con todas las corrientes de izquierda. En una sociedad auténticamente socialista, los bienes y las cargas, los derechos y los deberes se distribuyen equitativamente. En otras palabras, el socialismo realiza el ideal de la justicia social.
Este ideal se justifica tanto ética como científicamente. En efecto, la igualdad social pone en práctica el principio de equidad o justicia; contribuye poderosamente a la cohesión social y es fisiológicamente beneficiosa, como lo sugieren experimentos recientes, que muestran que la exclusión causa estrés, el que a su vez debilita el sistema inmunitario al punto de enfermar o aun matar (por ejemplo, Kemeny 2009).
Sin embargo, hay dos maneras de entender la justicia o igualdad social: literal y calificada, o mediocrática y meritocrática. La igualdad literal descarta el mérito, mientras que la calificada lo exalta sin conferirle privilegios. El socialismo que involucra la igualdad literal nivela por abajo: en él, como dijo Discépolo en su tango “Cambalache”, un burro es igual a un profesor. (Obviamente el ilustre tanguista no se refería al socialismo sino a la sociedad argentina de su tiempo.) Por el contrario, el socialismo que involucra la igualdad calificada es meritocrático: fomenta el que cada cual realice su potencial y, a la hora de asignar responsabilidades, da prioridad a la competencia. Desprecia la chapucería y aprecia el valor social y moral del trabajo, que ensalzara Karl Marx.
El socialismo meritocrático practica la divisa propuesta por Louis Blanc en 1839: a cada cual conforme a sus necesidades, y de cada cual según sus capacidades. Blanc llamó proporcionalidad a esta forma de igualitarismo calificado o meritocrático. Esa fórmula se complementa con la divisa de la Primera Internacional Socialista que fundara Marx en 1864: ni deberes sin derechos, ni derechos sin deberes.
En cualquiera de sus versiones, el igualitarismo implica la igualdad económica, y a su vez ésta implica una limitación drástica de la propiedad privada de los medios de producción, intercambio y financiación. En otras palabras, el socialismo incluye la socialización de dichos medios, que no hay que confundir con su estatización.
Las diferencias entre las distintas formas de socialismo aparecen cuando se pregunta si el socialismo se limita a la esfera económica, y en qué consiste la llamada socialización. El socialismo economicista se limita a la justicia social, mientras que el socialismo amplio abarca a todas las esferas sociales. También hay socialismo autoritario o desde arriba, y socialismo democrático o desde abajo.
Yo argüiré en favor de la socialización de todas las esferas. En otras palabras, romperé una lanza por lo que llamo democracia integral: ambiental, biológica, económica, política y cultural. Sostendré que la democracia parcial, aunque posible, no es plena, justa ni sostenible. En particular, la democracia política no puede ser plena mientras haya individuos que puedan comprar votos, puestos públicos e incluso leyes (como suelen hacerlo los 4.500 lobbyists, o procuradores, registrados en Washington); la democracia económica no es plena bajo una dictadura que imponga el gobierno sin consulta popular; la democracia cultural no es plena mientras el acceso a la cultura se limite a los privilegiados económicos o políticos; la democracia biológica no sera plena mientras los hombres no compartan las tareas domésticas con sus mujeres; y la democracia ambiental no se cumplirá mientras haya empresas, ya sean privadas, cooperativas o estatales, que extraigan recursos naturales o los contaminen con toda libertad. En síntesis, el ideal sería combinar democracia con socialismo. Esta combinación podría llamarse democracia socialista, a distinguir de la socialdemocracia o socialismo débil, que de hecho no es sino capitalismo con red de seguridad, también llamado socialismo estatal o de arriba.
En suma, tanto la democracia como el socialismo son totales o no son auténticos. La democracia socialista total sólo existió y subsiste en tribus primitivas. La cuestión es saber si es posible construirla sin renunciar a la modernidad y, en particular, sin romper las máquinas ni abandonar la racionalidad. Pero antes de abordar este problema convendrá echar un vistazo a los socialismos del pasado y del presente.

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