Cuando en marzo de 1986, luego de haber soportado el arrebato destituyente del alfonsinismo contra Carlos Bilardo, Julio Grondona decidió sugerirle al técnico que desestimara la presencia de alguno de sus históricos (Miguel Ángel Russo, Sabella, Julián Camino), para reemplazarlos por nombres de su preferencia que no habían sido tenidos en cuenta por el Doctor (Carlos Tapia, Jorge Olarticoechea y Héctor Enrique) y que sí eran del gusto del presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, quedó marcado un antecedente. Bilardo –que no tenía margen de negociación con un poder debilitadísimo y un serio descrédito ante la prensa, los jugadores, el ambiente del fútbol en general y con el mismo Grondona– no tuvo otro camino que acceder.
A partir de allí, todos los entrenadores miraron con desconfianza a Grondona y todas las listas pasaron por sus manos, incluso aquellas en las que no intervino. Don Julio, un hombre que lo sobrevuela todo, maneja la potestad de decidir quién se pone y quién no la camiseta de la Selección Argentina. Antes, esta situación estaba limitada a los mundiales. Pero como la casa se le descontroló en el último año, marcó rienda corta hasta a la convocatoria de los amistosos. No quiere más conflictos en el seno del seleccionado, sabe que tiene la oportunidad histórica de retirarse para dar las hurras con toda la gloria. Y que no hay posibilidades de que eso pase con la selección dividida y con Leonel Messi mañoso, no a gusto.
Libres. Las cámaras de televisión lo tomaron en vivo para todo el país. Fue cuando todo era sonrisas en Sudáfrica y Argentina estaba en la primera rueda del torneo. Los jugadores arrancaron un campeonato de tiros libres y, de paso, entrenaban a los arqueros. Patearon casi todos. Pero las cámaras y los flashes eran para el técnico. Porque Diego, a pesar de que ya habían pasado 13 años de su retiro oficial, era la figura central. A pesar de esto, no interpretó su rol. No cedió el protagonismo, no ayudó ni un poco a cultivar aunque sea por un rato el perfil bajo y dar lugar a las estrellas. Particularmente a Messi, un chico que habla con sus silencios. Es tarea del entrenador interpretarlos para darse cuenta cuáles son las condiciones mentales o anímicas para que sus piernas puedan correr y su cabeza pensar con la precisión y velocidad con la que lo hace en el Barcelona.
Grondona interpretó esto como ningún técnico del seleccionado. Carlos Tevez, un jugador que actualmente goza de estar en la cresta de la ola de su carrera y volvió a ser aquel futbolista agresivo y a la vez con picardía, habilidad y gol que fue en Boca, tiene grandes diferencias con Messi. Las más visibles tienen que ver con las incompatibilidades y la falta de sintonía que demostraron jugando juntos. Las otras, rozan lo personal. Y Grondona, además de conocerlas, sabe que el protagonismo y el innegable lugar de ídolo que la gente le dio a Tevez es codiciado por Messi. Tampoco puede quedar afuera que Tevez fue el único que apoyó públicamente –con Martín Palermo– a Maradona luego del Mundial. Lo hizo en el primer amistoso. Fueron diferentes las posturas de otros jugadores, los mimados de Diego: Gabriel Heinze, Sergio Agüero, Martín Demichelis y Jonás Gutiérrez. Todo ellos nunca tomaron postura pública en el conflicto. Igualmente ninguno fue convocado por Batista para la victoria del último miércoles ante Portugal.

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