Algunos mitos sobre la pobreza

Año 3. Edición número 153. Domingo 24 de abril de 2011
En Escándalos éticos, Bernardo Kliksberg derrumba el mito de que “pobres hubo siempre”, transformado en un lugar común por el discurso neoliberal.
Miradas al Sur presenta a modo de anticipo una sección del nuevo libro de Bernardo Kliksberg, Escándalos Éticos. Las dos obras anteriores del autor, Profesor Honorario de la UBA y asesor especial de la ONU, son los best sellers internacionales Más ética, más desarrollo y Primero la Gente

El mito de la pobreza como fatalidad inexorable. El Presidente de los ’90, reaccionaba ante la interrogación periodística sobre por qué seguía subiendo la pobreza en lo que llamaba “Argentina potencia”, señalando que “pobres hay en todos lados”, y que “pobres hubo siempre”.
Sintetizaba la idea de que la pobreza es inevitable. Por ende, es ajena a toda responsabilidad de las políticas públicas, y siquiera de las sociedades. En algún momento ubicado mucho más allá en el tiempo se reducirá como efecto del “derrame económico” que el modelo que preconizaba traería a todos los sectores.
El razonamiento de la “inevitabilidad” y por ende “de la falta de responsabilidades” sigue muy presente en la visión usual.
Se cae, en cuanto se lo confronta con la realidad. No hay pobreza en todos lados.
En Noruega casi no existe, y lo mismo sucede en los países nórdicos en general. En Japón es del 4%. Puede erradicarse totalmente de una sociedad.
Por otra parte, como sucede normalmente con los mitos, son útiles para eludir las gradaciones. No es lo mismo tener un 58% de pobreza como Argentina en el 2002, a tener 18% como en Costa Rica. Las diferencias significan millones de personas con vidas comprometidas severamente, y grados mínimos de libertad real.
La otra parte del mito, la permanencia de la pobreza en el tiempo, tampoco resiste el cotejo básico con los hechos. En la Argentina de inicios de los ’60, con diversos problemas, bajaba de un dígito, era más de cuatro veces menor a la que tenía el país cuando terminaron los ’90. Así que no resulta cierto que la “hubo siempre”.
Cuando se cae el mito aparecen las responsabilidades. En países con las potencialidades de la Argentina, la pobreza es un constructo histórico-social. Sus niveles estarán ligados a la calidad de las políticas gubernamentales, y las actitudes y acciones de la sociedad.
Así, el hecho de que Costa Rica haya tenido en el último medio siglo niveles de pobreza menores a la mitad de los de América latina, tiene que ver con el establecimiento de políticas sociales de largo plazo, en áreas como educación y salud. Es uno de los pocos países de la región que ha tenido “Políticas Sociales de Estado” en este campo, que se han continuado con sus especificidades en diversas administraciones.
En Chile, la dictadura militar, a pesar de progresos económicos, llevó a que la pobreza se duplicara. Entre el inicio y el final de la era de Pinochet pasó de un 20 a un 40% de la población. La democracia, hizo de ella una prioridad, y el gobierno Bachelet finalizó con un 13% de pobreza.

El mito de que la responsabilidad de la pobreza es de los pobres. La argumentación toma múltiples formas, pero el argumento central es que hay ciertas características en el comportamiento de los pobres que generan y mantienen la pobreza. Puede llenarse con prejuicios variados: beben demasiado, tienen poca inclinación a esforzarse, no les interesa educarse.
Tras el mito subyace un implícito, la pobreza sería un problema de conductas individuales. Si se superaran estos rasgos, desaparecería. En definitiva, sería culpa de sus mismas víctimas.
El mundo simplificado que ofrece el mito es muy diferente del real. En América latina hay actualmente 189 millones de pobres. Casi uno de cada tres latinoamericanos está por debajo de la línea de la pobreza. Puede alguien atribuirlo a comportamientos personales. No resulta evidente que hay ausencia de oportunidades de cambio para un amplio sector de la población.
En el 2009, según los estimados de la Cepal, se agregaron ocho millones más como consecuencia de los efectos de la crisis mundial, entre ellos la caída de las exportaciones, de las inversiones, del turismo y el descenso de las remesas migratorias. ¿Dónde está la culpabilidad de los pobres?
El tema es inverso. Una de las dificultades mayores de la situación es que muchos de los pobres están viviendo en “trampas de pobreza”. En sociedades tan desiguales como las latinoamericanas tiende a conformarse el “accidente de nacimiento”. Según el estrato social, la región geográfica y las condiciones del hogar donde se nace, habrá posibilidad de recibir buena educación y protección en salud, o sucederá lo contrario. El niño que nace en un hogar pobre estará expuesto a riesgos de salud más severos, en muchos casos trabajará desde pequeño, sus padres pueden darle una dedicación limitada porque su esfuerzo está en la supervivencia diaria, tendrá altas probabilidades de no terminar el colegio secundario.
Sin secundaria completa, será difícil actualmente que sea contratado por ninguna empresa de la economía formal, aunque sean empleos no calificados. Deberá subsistir en la marginalidad, y la informalidad, con trabajos precarios y sin protección.
Si no median políticas públicas activas que rompan las “trampas de pobreza”, probablemente los grupos familiares que conforme van a reproducir destinos similares. Así, en la región, si se toma el grupo de hijos de padres que terminaron la universidad, el 91,4% de esos hijos finaliza la secundaria, y el 71,7% la universidad. En cambio, en el grupo de hijos de padres con primaria incompleta, sólo el 31,7% logra completar la secundaria, y un porcentaje ínfimo, el 2,9%, termina la universidad.
En su informe como Relator a la Cumbre Social Mundial convocada por la ONU en Copenhague (1995), señalaba el presidente Patricio Aylwin que este mito no tenía ninguna base. Resaltaba que en los hechos, los pobres, cuando se les ofrecían oportunidades de educación y trabajo las tomaban con todo interés y compromiso.
Nuevamente, la gran funcionalidad del Mito es que al culpabilizar a las víctimas deja libres de responsabilidades a los otros actores de la sociedad.

El mito de la oposición entre “dar pescado” y “ayudar a pescar”. Las políticas sociales son cuestionadas con frecuencia en el país a partir de esta expresión casi mágica. Ayudar, otorgar subsidios, a niños, jóvenes u hogares en pobreza y pobreza extrema sería fomentar el “asistencialismo”. Eso debe ser combatido y debe ponerse todo el esfuerzo, en cambio, en proporcionar trabajo.
El mito crea una falsa oposición. Así, es fundamental que se ayude ya a los más de cuatro millones de niños hijos de trabajadores informales que no tenían ningún sistema de protección hasta la reciente creación de un subsidio universal para ellos. La pobreza tiene una característica muy especial. Muchos de los efectos que produce no son reversibles después. Como demostró la Unicef, si no se ayuda ya a un niño con hambre, su cerebro será afectado, no se formarán las conexiones interneuronales, y tendrá atrasos para toda la vida.
Se debe ayudar con la mayor urgencia posible, pero al mismo tiempo hacerlo a través de políticas y programas que empoderen, capaciten, creen oportunidades productivas y laborales. Ésa es una de las metas centrales de la buena gerencia social. Hoy los más de 80 programas de transferencias condicionadas, existentes en casi toda la región, instrumento que por su efectividad se ha extendido rápidamente, tratan de combinar ambos grupos de objetivos.
El ataque masivo a las políticas de ayuda lleva a desacreditarlas, y las debilita. No solucionan el problema, pero son imprescindibles para proteger ya mismo a los desprotegidos.

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