El docente tiene que plantearse leer en el aula. Y para leer en el aula hay que abrir el libro. No hay otra cosa. A mí lo que me provoca dolor, es el docente que no lee en el aula creyendo que los chicos después no van a leer. Y ahí me parece que está la ruptura más grande, lo que hay que solucionar. Puede ser que no lean, pero también puede ser que lean. Nadie lo sabe. Nadie sabe qué va a pasar con esos chicos cuando terminan la escuela. Entonces hagamos esto ahora: leamos en clase”, plantea Ángela Pradelli, con un tono armonioso y un fraseo sereno que no endulza la urgencia de sus palabras. “Hay muchos que están afuera de todo y la lectura les permite empezar a pensar que, en el algún momento, ese universo al que quieren llegar también puede ser de ellos, que no es un mundo ajeno.”
–¿Cuál es la relación que tienen los estudiantes con la lectura actualmente?
–La tecnología trajo a los pibes la construcción de un vínculo con la lectura y la escritura que no se tenía hasta la explosión de internet. Y eso es así, aunque nos cueste y nos duela a los docentes. Hoy los pibes están leyendo y escribiendo todo el día. Pero ese vínculo tan cercano, que se levantan y en seguida encienden la computadora o encienden el teléfono, no lo hace la escuela. Entonces ahora, los docentes tenemos que ver cómo hacemos para tomar lo mejor de ese vínculo.
–Una de las acciones fuertes de Plan para potenciar ese vínculo que mencionás es la visita de escritores. ¿Qué clima se genera en el aula?
–Es importante entrar a la escuela, hay muchas cosas que pasan allí y en el fondo todos los problemas son problemas educativos. Entonces creo que en algún punto, cuando uno trabaja en la escuela –no nos pasa mucho, pero a muchos les pasa– se va adormeciendo esa idea de cuán importante es lo que estamos haciendo. Pero para el que viene de afuera es impactante ver que alguien supo sostener ese fuego medio sagrado. Para el escritor, encontrarse ahí con doscientos pibes que te leyeron, que te quieren preguntar, es impactante.
–¿Y los chicos cómo lo viven?
–Las experiencias son buenísimas. A los chicos a veces les gusta el libro y otras lo critican, pero saben que tienen ese espacio de lectores, que pueden decir qué les pasó con el libro. En el diálogo con el escritor, la lectura se experimenta de otra manera; a veces no pasa pero, en general, los encuentros con los escritores son muy ricos.
–¿Cómo trabajan con los docentes que están desencantados?
–Eso es lo que pretendemos con las conferencias: volver a creer, volver a escuchar a alguien que te diga que la lectura es importante por tal cosa. Escucho que los docentes se van sin grandes novedades, se van con la confirmación que, eso que en algún momento habían pensado, hay gente que lo sigue pensando. No niego que Piglia es un intelectual muy importante que puede aportar muchas cosas, lo mismo Jorge Larrosa o Ricardo Forster, por supuesto que sí. Pero lo que más alegría me produce es saber que no sólo hubo un caudal de saberes que se trasladaron del intelectual a los docentes, sino también que los docentes volvieron a encontrar cosas que algunos tenían bastante enterradas.
–Por tu experiencia como docente y escritora, ¿qué otros discursos considerás importante para leer en las escuelas?
–Mirá, me parece que los alumnos tienen que aprender a leer los medios. La escuela tiene que enseñar que ahí hay una lectura y también un discurso y un enunciador posible. Acabo de escribir un proyecto acerca de la lectura de medios en la escuela; justamente, es de qué manera el diario de hoy –sea una noticia policial, económica o de deporte– tiene relación con la vida de cada uno de los pibes; de qué manera están involucrados o se encuentran en ese texto y en ese discurso, del cual pueden sentirse alejados.
