Aquel diciembre
El jueves 20 se va a la Plaza de Mayo empujado por la bronca de la noche anterior. A metros de las vallas, al lado de la Pirámide, son cientos los que llegan resueltos a plegarse a algo: tomar la calle, hacer una revuelta, apedrear los bancos, algo.
Uno va a la Plaza como continuidad de esa noche anterior, la noche cuando la gente caceroleó por primera vez en las escaleras del Congreso sin paciencia para soportar otro Estado de sitio. Uno va para ver cómo se hace para terminar con el desgobierno de la Alianza.
La CTA, que en aquel momento se presenta como parte del Frente Nacional contra la Pobreza, convoca a las 13 de ese jueves a una movilización desde Congreso a Plaza de Mayo. Sólo llegan algunas organizaciones políticas con sus banderas. La gente va a otro lado: a la Plaza, bien temprano. Allí están, frente a las vallas, un comerciante de Núñez, pibes del conurbano con remeras de Almafuerte, oficinistas de 50 y algunos militantes de izquierda que orejean hasta dónde da la bronca para avanzar. Circula un canto: “Bin Laden, Bin Laden, Bin Laden / Bin Laden haceme un favor / Chupete está en la Rosada / porque no tirás un avión”.
El clima es de tensión pero hasta las 11 no pasa nada. Vuelan algunas botellas hacia los oficiales que se cuadran del otro lado de las vallas. Una corona fúnebre con el nombre de Domingo Cavallo pasa de mano en mano por encima de las cabezas. La policía deja de cuadrarse: abre las vallas y arremete con los caballos. Ahora todo es represión en la Plaza: atacan a las Madres, hay corridas alrededor del Cabildo, decenas de idas y venidas entre gases y camiones hidrantes. En Diagonal Sur se reúne una multitud, sin identificaciones claras pero aunada por años de Convertibilidad, bronca contra el corralito, impotencia frente a los saqueos, vergüenza ante los camiones de Coto regalando comida en Córdoba y Jean Jaurès. Es decir, por la decepción ante la Alianza. Los gases inundan todo y cualquier trapo sirve para taparse la cara. Algunos los mojan en agua. Otros, previsores de otras marchas, trajeron limón. Llegan los primeros noteros y movileros. En el monumento a Roca alguien plantea ir al Congreso y el eco, que expresa lo que se respira, repite la idea. La Plaza se perdió; hay que ir al Congreso.
A las 11.30 una columna de miles –atronando “que se vayan todos” por Avenida de Mayo– se dirige hasta el Parlamento.
La sensación es que el pueblo habla y que algo se puede hacer. Camina la gente y corren rumores: que la Casa Rosada está rodeada; que columnas con miles de personas por avenida de Mayo, por las diagonales Sur y Norte, por las calles laterales y por las avenidas del Bajo pugnan por llegar a la Casa de Gobierno. Nadie sabe para qué.
A las 12, el torrente de personas que va hacia Congreso se topa con dos cordones policiales: decenas de agentes paraditos como “dos líneas de cuatro”. Detrás de ellos, camiones hidrantes y camiones celulares. La multitud los enfrenta, la policía se repliega: el conflicto en la calle gira 180º y la multitud quiere volver a Plaza de Mayo.
A las 13, la hora que la CTA fijó para que empiece la movilización, la movilización ya es un hecho desde hace varias horas y los motoqueros están instalados como su caballería. Acelerando, abren camino para que avance la multitud. La policía retrocede ante el entusiasmo civil. Miles de talones rompen las baldosas de las veredas mientras miles de manos deshacen los asientos públicos de la 9 de Julio. La fuente de la calle Lima es un oasis refrescante. Entonces, ocurre la Historia.
Muerte y nacimiento. Durante tres horas, la batalla de la avenida de Mayo repite la misma escena. Una hilera de motoqueros que va adelante y la gente de atrás, algunos con gomeras y muchos con piedras. Cuando carga la represión, las motos retroceden rápido y la gente queda enfrentando hasta que los motoqueros rearman su hilera y vuelvan a la carga. No se dice nada, no se canta nada, sólo los gritos clásicos de “vamos, vamos”, un perdido “andate De la Rúa”.
Se avanza entre arengas casi monosilábicas y se retrocede en silencio, entre las nubes de gases y los estruendos de los tiros, vaya a saberse de qué armas, vaya a saberse de dónde. Por Avenida de Mayo, la fila de motoqueros avanza. Uno de ellos cae. Es curioso: alguien que anda todo el día, todos los días, arriba de la moto y se viene a caer justo ahora. La represión se intensifica y la gente retrocede en silencio, tosiendo, sin poder ver nada. Varios se tiran al piso unos segundos para poder respirar cuando descubren que el gas tiende a subir. Pero hay alguien que se queda en el suelo. Tiene dos balazos en el pecho y en su cara se pinta el pedido desesperado de ayuda. Es el motoquero. A su alrededor, todos gritan, suplican, vociferan, con bronca y con piedras en la mano, que llegue una ambulancia. Las persianas de los negocios siguen cerradas desde ayer. “Por favor, pida una ambulancia”, ruega alguien y repiten muchos a aquellos que, temerosos, se asoman a algún balcón.
Lauro Grande milita en Patria Libre y tiene la camiseta de la Selección Argentina. Con otros más, lleva al herido hasta la ambulancia del Same parada en Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen. Las caras de los médicos indican que es tarde. Diego Lamagna tenía 26 años. Ahora muere de dos disparos que le llegaron desde un Fiat Palio blanco.
La batalla sigue en la Avenida de Mayo. La gimnasia de ir y venir entre Bernardo de Irigoyen y Piedras se repite hasta el infinito. El sonido es el mismo: del “que se vayan todos” y el “vamos, vamos” al retroceso en silencio, sin tocarse los ojos para que no piquen más. Otro retorno y otro cuerpo que no se levanta en la esquina de Chacabuco y Avenida de Mayo, al pie de un puesto de venta de flores cerrado y abollado. El cuerpo está como fulminado: flaco, con bermudas, varios tatuajes y un pequeño charco de sangre alrededor de la cabeza. Es Gustavo Benedetto. Los tiros que lo alcanzaron se escucharon con claridad. Salieron desde adentro del HSBC de la esquina. La tensión explota y las vidrieras del banco estallan bajo una lluvia de piedras. Los carteles con los nombres de las calles atraviesan lo que queda de los vidrios.
Las esquinas se llenan de autos sin identificación con agentes de civil. Los apoyan las motos policiales: uno, de negro, maneja; el que va atrás, de negro, dispara. El rugido de las motos y los tiros rompen las columnas al medio. La gente toma por las calles laterales; Avenida de Mayo queda repleta de piedras. En Diagonal Norte, las organizaciones políticas se dividen en grupitos sin banderas. Pasan siete hinchas de Defensores de Belgrano, tres de ellos con camisetas rojinegras. Uno de ellos, el Chino Achile, grita –y en su voz gritan los otros seis, peronistas de toda la vida– que “De la Rúa se tiene que ir”.
El jueves 20 de diciembre atraviesa la tarde y las columnas que se fueron de la Plaza se agrupan en el Obelisco. Se ve la foto malintencionada del día siguiente: el saqueo del local de McDonald’s, donde se entró para romper las heladeras que tenían leche y poder calmar la sed; el camión de Oca dado vuelta y en llamas. En la calle ya se sabe que hay muchos muertos.
A las 18, el “renunció De La Rúa” corre veloz y da la vuelta al Obelisco. Hay festejos, abrazos, llantos, manos que saludan. Es emoción, pero es, ante todo, desahogo. Sensación de tarea cumplida pero también incertidumbre hacia el futuro. La gente desconcentra y en la desconcentración hay saqueos en los negocios de Corrientes. Son saqueos festivos, saqueos sonsos.
Llega la noche y un modelo de país se cierra. Señala a un pueblo que se decidió y que ahora tiene una nueva experiencia en su memoria colectiva que los gobiernos deberán tener en cuenta. Porque cambió la Historia, aquel 20 de diciembre no fue en vano.
