Hay un gesto muy conmovedor. Es el abrazo de Diego Maradona a los jugadores antes de entrar a la cancha. Se advierte una seña argentina en eso, similar al de los padres a los chicos antes de rendir un parcial cuando los despiden en la puerta de la casa. Claro, es sólo un gesto.
Pero hay otras señales en este equipo, que hasta hace un tiempo no muy lejano estaba extraviado, que son esperanzadoras, porque –que quede dicho– no alcanza con un envión anímico para hacer un gran papel en un Mundial.
El cambio. Un mes atrás, cuando la Selección todavía no había pisado Sudáfrica, Maradona reveló la formación del debut a Fox Sports. Era un 4-4-2, similar al del partido contra Alemania, un amistoso en el que el Seleccionado había mostrado cierto funcionamiento, palabra en desuso en el ciclo Maradona. Claro, esa identidad que asomaba era conservadora, con cuatro centrales en el fondo, doble cinco, dos mediocampistas por afuera y dos delanteros de punta. Carlos Tévez, ausente de ese equipo, puso el grito en el cielo: “Son cosas que uno no entiende, falta un mes para el Mundial y que se diga (…) quiénes van a ser titulares, uno se siente raro”. La revelación de Diego no tuvo rebote en los hechos. Hasta ahora, Argentina sustentó la dinámica sobre su carta más fuerte, el ataque. Después de todo, ¿por qué no iba a apostar a eso, si tiene a algunos de los futbolistas con más poder de fuego de la Copa?
Al frente. La jugada toma riesgos, pero es necesaria en el marco de un Mundial mediocre. Contra Nigeria los problemas estuvieron por la derecha, sobre Juan Sebastián Verón, Jonás Gutiérrez y Martín Demichelis. El volante estuvo impreciso y cerró todo el tiempo hacia el medio, igual que lo hace en Estudiantes, cuando el equipo retrocede. Jonás, prácticamente debutando en el puesto, quedó sometido al 2-1 de los nigerianos y perdió. Demichelis no hizo pie cuando debió salir lejos del área a cubrir la franja. En la victoria frente a Corea, Maxi Rodríguez cerró mejor que Verón, ayudando el trabajo de Gutiérrez, y tuvo más diálogo futbolístico con Messi, Tévez e Higuaín. Y eso se notó muchísimo en la característica más destacada del equipo: el volumen que genera cuando tiene la pelota y el buen momento de los solistas.
Mascherano es el GPS, la referencia para saber cómo está parada Argentina. Los encuentros de Ángel Di María con Messi, de Messi con Higuaín, de Higuaín con Tévez y de éste con Messi, es de lo mejor que mostró la Selección. Además, Argentina tiene en ellos tres a jugadores que poseen un arma escasa entre los rivales, que no pasa de moda a pesar del cambio de los tiempos, la renovación de la pelota y de las tácticas: la gambeta.
El ex Rosario Central solamente se soltó en el primer tiempo contra Corea del Sur. Es un jugador valioso para cuando la estrella de Messi no brilla. Si Tévez se corre hacia el medio, le queda libre el callejón, cuestión que aprovechó el jueves.
Lo de Carlitos es extraño. Un jugador con experiencia, que lleva nueve años en Primera y un Mundial encima, y que todavía se deja ganar por la ansiedad. Contra Nigeria estuvo desprolijo, peleador, turbio. Sin embargo, frente a Corea del Sur jugó mucho más de frente al arco que de espaldas, buscó asociarse menos con la fricción y el choque y más con sus compañeros y –en esa línea– dio un paso adelante sin dejar de sacrificarse. Es mucho más saludable este último Tévez –que además duplica sus chances de llegar al gol– que el primero, que parece haberse formado en Manchester y no en Fuerte Apache.
El Pipita Higuaín es un caso para el estudio. Siempre va de punto. En River, en el Real Madrid, en la Selección. Y siempre termina siendo banca. Perdió tres oportunidades muy claras contra Nigeria y arrancó muy mal contra Corea, pero se le abrió el arco y se convirtió súbitamente en el goleador del Mundial.
¿Messi? Con dos atacantes delante suyo, se siente manija del equipo, cómodo con el grupo y con él mismo, según declaró en la semana. Está todo dado.
Se jugaron dos partidos y el equipo rindió. Es cierto que la talla de los rivales no va a ser la misma a partir de cuartos. Igualmente, tampoco se vislumbran hasta ahora grandes equipos. Y Argentina tiene todo para serlo: planteo, jugadores talentosos, poder de fuego y grupo. Está dicho, mirando atrás, el panorama que había era mucho menos alentador que este presente. Para adelante, la verdad estará en el verde césped, como siempre. Como nunca.

Tiempo argentino

