Arnouk, Villa Gesell y la Bonaerense
Hace no tantos años, un verano, cuando Ricardo Ragendorfer pasaba unos días de descanso en Mar Azul, quien escribe estas líneas fue con el todoterreno Ezequiel Fretes a hacerle una entrevista. Era para FMY, un programa de ajuste, con conducción compartida con Ricardo Arkader, que se hacía todos los veranos y se emitía por el Canal 2 de Villa Gesell. Fretes llevó dos cámaras, luces y micrófono, armó una escenografía en el hotelito donde estaba Ragendorfer y de fondo se veían la playa y el mar. Todo un clima de vacaciones que sirvió para que el entrevistado desgranara en una hora la metodología delictiva de la Bonaerense. El canal dejó que la nota se pasara completa y, al día siguiente, como si nada, los chicos siguieron jugando en la arena y los adolescentes fueron a la noche a bailar a Pueblo Límite, como se llama el complejo festivo a la entrada de la ciudad y que tenía, al menos entonces, una serie de sátrapas de la policía y del municipio que cobraban jugosas cometas por permitir el descontrol.
Hace un año, una fuente confiable le dio a Miradas al Sur una serie de datos explosivos sobre las prácticas delictivas de Claudio Arnouk y algunos de sus secuaces en la DDI que incluye los partidos de Gesell, Pinamar y Madariaga. Aquel relato de Ragendorfer era una matriz para entender estas conductas policiales, con fiscal incluido, pero se quedaban cortas. Arnouk y sus muchachos, según los datos aportados, se habían pasado de la raya: después de llevarlo a robar, se despachó a un buchón que vivía en el sur del conurbano bonaerense y al que solía hacer ir para cumplir con algunos trabajitos. La historia era tan barroca que ni el mismo Osvaldo Soriano la hubiera poblado de personajes tan grotescos. Porque la muerte del buchón era en Valeria del Mar, partido de Pinamar, en enero, lugar excluyente de descanso de abogados, fiscales, jueces y políticos. Porque Pinamar fue, y sigue siendo, la vergüenza del crimen de José Luis Cabezas. Porque la casa del hecho era de un dealer que le pagaba el peaje a los uniformados. Porque la mujer que vivía ahí era una prostituta que alegraba a los bonaerenses. Y, en definitiva, porque este hecho vergonzoso e indignante fue noticia cero en Villa Gesell y Pinamar.
Como Ricardo Ragendorfer estaba de vacaciones (¡Ufa! ¡Siempre de vacaciones!) el tema lo llevaron este cronista y Miguel Russo, conocedores de la Villa. Ningún medio se hizo eco. Ninguno se quiso meter con el hombre fuerte de la policía. Ningún colega llamó para sumar la noticia a su agenda informativa. Una pequeña derrota. Otra más. Porque el periodismo responsable también se hace con valentía y no pensando con el ombligo. Ahora que Arnouk está preso pasó lo mismo. Los chicos siguen jugando con la arena. Los adolescentes van de reviente al mismo Pueblo Límite. Qué hacen los que tienen que controlar, es algo difícil de saber. Los médanos, los laberintos y los silencios se dan mucho por esos mares.
