Bicentenario: multitudes y comunicaciones

Las multitudes, como el mar, lo abarcan todo. Las cámaras televisivas, acostumbradas a los desplazamientos displicentes entre dos rostros famosos, se encontraron repentinamente con la exigencia de retratar un fenómeno sin rostro. O con millones de rostros. Lejos del fácil primer plano de los cuerpos quirúrgicos aquí aparecía el desafío de retratar la multitud. La necesidad de una combinación virtuosa de planos largos y primeros planos repetidos al azar entre millones posibles. Entonces, junto al enigma no siempre resuelto de porqué el pueblo se reúne, nació un segundo enigma: la multitud presente estaba contenta, serena, festiva, feliz. Es que los discursos descriptivos de los grandes medios sobre el pueblo subsisten hasta que éste aparece y dice por sí mismo quién es, cómo esta, cuál es su estado de ánimo. En las democracias delegativas, el pueblo delega las decisiones del Estado en los dirigentes y se retira a su vida privada. En lugar de multitudes hay una diáspora infinita de individuos replegados. Fue el diseño de la esfera pública en los ’90. Pero la delegación fue doble: porque también fue delegada la producción del mundo simbólico en los grandes medios. Esta es la doble delegación sobre la que ha funcionado la democracia en la Argentina hasta la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación. Delegación política. Pero también delegación simbólica. Los grandes medios como lugares de pensamiento y de producción simbólica en sustitución del pensamiento ciudadano. Se sabe: las multitudes tienen una potencia en el uso de las palabras que no tienen los individuos en soledad. Esta multitud ha utilizado el Bicentenario para decir, serena y reflexivamente, que ya no hay delegación simbólica en la Argentina. La definición del ciudadano, la definición dominante de su estado de ánimo, por parte de los grandes medios, no coincide con lo que estos ciudadanos reunidos en multitud nos han dicho de ellos mismos. Pero también parecen decir otra cosa: parecen dejarnos una afirmación sobre la eficacia de los componentes culturales y artísticas como mediación entre el discurso del Estado y la ciudadanía argentina. La percepción equívoca de un pueblo replegado y crispado se quebró junto a la aparición de un modo activo de contar la historia desde un lugar sofisticado y repleto de innovaciones enunciativas. Junto a la inmediatez necesaria de la palabra plena –el discurso de la guerra– parece emerger un espacio para una segunda palabra pública (más diversa, más indirecta y más sensible) –el discurso de la victoria–. Las multitudes, como el mar, lo abarcan todo. Lo piensan todo y lo dicen todo. Quizás, en este Bicentenario multitudinario, nos hablaron simultáneamente del presente y del futuro. De las formas comunicacionales de las batallas y de las formas comunicacionales del triunfo. Siempre simultáneas. Ahora complementarias.

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