“Brasil es la nueva batalla en la guerra contra las drogas”

Año 5. Edición número 193. Domingo 29 de enero de 2012
Entrevista. Ricardo Soberón. Ex zar anti-drogas peruano. Apartado del gobierno de Humala por rechazar las directrices de la DEA, Soberón advierte que la ascendente demanda de droga en Brasil modificará la geopolítica del narcotráfico regional.

Cinco meses atrás, Ricardo Soberón asumía la Secretaría antinarcóticos de Perú –principal productor mundial de cocaína– con un programa renovador y alejado de los criterios de la DEA norteamericana. Ahora, esa promesa de cambio de paradigma en la guerra contra las drogas acaba de llegar a su fin. Sin embargo, en diálogo telefónico con Miradas al Sur desde Lima, Soberón advierte que no fue Washington el responsable de ponerle coto a su gestión y apunta “hacia el giro conservador del gobierno de (Ollanta) Humala” como el autor político de su retiro prematuro. Además, Soberón –especialista antinarcóticos de prestigio internacional– aporta un dato llamativo para entender la nueva geopolítica del narcotráfico regional: “América latina no es sólo una ruta de tránsito hacia el consumo de drogas en Europa y los Estados Unidos. Grandes ciudades como San Pablo y Río de Janeiro se están convirtiendo en el centro de la demanda de crack, de pasta base y de cocaína procedente de la región andina”.
–Usted llegó a ser el zar anti-drogas peruano con una política renovadora, enfrentada a los criterios de la DEA norteamericana y sólo permaneció cinco meses en el cargo. ¿Cómo explica esta situación?
–Bueno, considero que las políticas contra las drogas en Perú han estado históricamente secuestradas por la convergencia de la ignorancia y el utilitarismo en algunos casos; y por la confluencia de intereses económicos, políticos e institucionales.
–¿Cuál es la responsabilidad en dicho secuestro de agencias internacionales como la DEA?
–A ver, el nivel de involucramiento de los organismos, instituciones y agencias de los Estados Unidos en el Perú trasciende a la DEA. Todos poseen una estructura de penetración y cercanías muy grande. Particularmente, en el tema drogas, encontramos la influencia en un manejo mediático perverso e irresponsable de los pools de prensa locales que supedita el discurso a la bajada de línea de Washington. Además, en el plano policial y militar, la cosa se complica porque el Grupo Compulsivo Militar de la embajada norteamericana ha tejido relaciones castrenses que trascienden en mucho los mecanismos regulares de cooperación. En fin, ese entramado de condicionamientos externos influyó para que me apartaran del cargo.
–¿Y cuál era la línea central que recomendaba la DEA para la guerra contra las drogas: más militarización, más erradicación compulsiva de cultivos?
–A ver, primero, hay un factor macropolítico a considerar y que explica por qué fui aceptado, en su momento, por el establishment norteamericano. Y es el in crescendo de la presencia de China, Rusia e Irán en esta parte del continente. Por lo tanto, el Departamento de Estado leyó que no podía perder al Perú dentro de su órbita regional y, en consecuencia, la señora (Hillary) Clinton aceptó que Humala decidiera un cambio de rumbo en la política antinarcóticos. ¿Qué paso, entonces, con mi retiro? Yo diría que, esta vez, el cambio fue doméstico y mucho tiene que ver con el giro conservador dado por el gobierno tras el conflicto minero de Cajamarca. Es decir, además de mi paso al costado, toda el ala ministerial progresista del Ejecutivo ha cortado lanzas con Humala.
–Lo corro del escenario peruano, ¿por qué Estados Unidos insiste en militarizar la guerra contra las drogas en México, donde todos los indicadores hablan de un desmadre total en el conflicto?
–“Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, dice el refrán. A ver, el 85% de las armas usadas por los carteles mexicanos proviene de su vecino del norte. Igualmente, no creo que Latinoamérica viva un proceso de mexicanización pero sí me atrevo a decir que América del Sur, en particular, va camino a ser un escenario del narcotráfico per se y, por lo tanto, debemos dejar de ser analizados solamente como una ruta de tránsito hacia el consumo de Europa y los EE.UU.
–¿Por qué afirma eso?
–Porque Brasil se está consolidando como un megamercado de las drogas. Entonces, debemos tener la capacidad como latinoamericanos para definir un nuevo paradigma en la guerra contra las drogas, más relacionado con el Estado de Derecho, con la reducción de daños y en búsqueda de más paz social.
–¿Usted dice que la demanda de drogas en Brasil está modificando radicalmente el mercado de los narcóticos?
–Seguro. Grandes ciudades como San Pablo y Río de Janeiro se están convirtiendo en el centro de la demanda de crack, de pasta base y de cocaína procedente de la región andina. Eso está haciendo variar definitivamente los circuitos de transporte y distribución. Hoy por hoy, la ruta principal de la droga al interior de América del Sur proviene del Río Putumayo y el Río Amazonas, con conexión en Manaos, y hacia la salida del Atlántico. Si no lo frenamos a tiempo, Brasil puede convertirse en un escenario de violencia y de confrontación con el Estado en un nivel en el que todavía no estamos capacitados ni siquiera a describir o imaginar.

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