Las resonancias que ha tenido Mi vida después han ahuecado las paredes de instituciones que suelen ser ajenas al teatro. So pretexto de que el discurso de Vanina Falco respecto de la apropiación ilegal de su hermano de crianza, Juan Cabandié, era público a través de la obra, finalmente pudo testimoniar contra su padre biológico, Luis Antonio Falco, ex agente de inteligencia de la Policía Federal durante la dictadura, sentando un precedente en la materia.
El mes pasado, la deontología periodística fue puesta en remojo a razón de una crítica sobre Mi vida… que, de algún modo, acusaba a la obra de dar la misma legitimidad al discurso del hijo de un desaparecido y al de la hija de un represor. La nota generó una carta de respuesta de una de las protagonistas, Carla Crespo, lo que generó un pequeño revuelo en la comunidad teatral y sobre todo al interior del elenco, que dividió aguas entre darle entidad a aquella acusación o serle indiferente.
Lola Arias prefiere no echar más leña al fuego, no intervenir apelando a nombres, pero aclara:
–Fue una operación maniquea absurda. ¿Tenés que pensar que porque no se queme una foto de Videla o se grite ¡asesinos!, es lo mismo que auspiciar la teoría de los dos demonios? Todo por no poder soportar la convivencia en una misma obra de todos esos discursos. De hecho, todas las figuras están cuestionadas. Intentamos producir un pensamiento y preguntarse sobre las decisiones que tomó esa generación y qué significaron para el futuro. Eso es lo más atractivo de la obra.. Me pareció que todavía hay miedo a hacerse cargo de que sí, hay preguntas, de la necesidad de cuestionar ciertas ideas o procedimientos del ERP, lo que no significa que seamos unos fachos. Ni que le estemos haciendo “el juego a la derecha”.
