Candela: otra infancia robada
El asesinato de Candela impacta en lo más profundo. No puede ser de otra manera. El crimen de una nena de once años es uno de los límites que podemos soportar como seres humanos y el grito de justicia no se acallará hasta su concreción.
Mientras la comunidad de Hurlingham y los medios de comunicación hablaban de Candela, en Villa Lugano, docentes y algunos legisladores nos movilizábamos por Sandra Mamani.
Luego de conferencias de prensa y marchas, los canales de televisión difundieron la foto. Entonces, un vecino de Mendoza reconoció a Sandra y ahí supimos que estaba sana y salva.
La mayoría de los chicos perdidos que pueblan los registros oficiales y los archivos de las organizaciones no gubernamentales son adolescentes que han abandonado sus hogares por distintas situaciones familiares. En una franja pequeña de casos, donde no
se encuentran razones para explicar su desaparición, es preciso suponer lo peor.
Todas las situaciones deben ser atendidas con igual rigurosidad. Necesitamos mayores niveles de especialización en las Fiscalías y en los equipos que reciben las denuncias. También una mayor celeridad en la publicación de las fotos. Además, se hace necesario un nuevo protocolo que recoja la valiosa experiencia existente y que incluya
el camino a seguir por los organismos intervinientes, pero también pautas de acciones para las familia afectadas y los medios de comunicación. Proteger y resguardar derechos. Un doloroso dilema.
