Venganza no convencional. Así calificó el fiscal Marcelo Tavolaro a los motivos que llevaron a un grupo de delincuentes a asesinar a la niña Candela Sol Rodríguez. En su pedido de procesamiento, el funcionario asegura que el supuesto autor material –Hugo Bermúdez– la habría asfixiado con sus manos por tratarse de un “psicópata sexual con preferencias a someter a sus juegos sexuales a menores de edad cautivándolos con provisión de ropas y drogas”. Para Tavolaro, la niña de 11 años salió de su casa de forma voluntaria, ya que “no se han detectado acciones o manifestaciones que permitan vislumbrar que la menor se hallara bajo una situación de presión”. Luego quedó en un cautiverio no prolongado, teniendo en cuenta que “no hay señales compatibles a una defensa en situación de una privación de movimientos” y no fue drogada para mantenerla tranquila. Siguiendo esa lógica, el fiscal descartó un secuestro extorsivo, ya que “nunca se inició o materializó, acción o curso de negociación, entre el grupo que se entiende ha retenido a la niña Candela y su madre o familia”. Y que, además, sostiene, hay elementos para decir que Candela estuvo con sus captores por voluntad propia, “tal vez inconsciente del contexto que la sometía, bajo engaño u otra forma no advertida por ella”.
El martes, a más tardar, el Juez de Garantías Alfredo Meade deberá resolver la situación de los procesados. El jueves, un día antes de conocerse el escrito del fiscal, la mamá de Candela se reunió con él. Al salir de la reunión acompañada por su abogado, Fernando Burlando, Carola Labrador dijo que cree que está “conforme” con la investigación.
En su escrito, el fiscal sostuvo que todos los imputados responden “a un perfil criminológico que sienta sus bases en códigos marginales, los denominados códigos de la calle, entre los que la deslealtad y la traición son motivación más que suficiente para llevar adelante alguna acción vengativa”.
Esto, claro, a excepción de la depiladora Gladys Cabrera y el carpintero Néstor Altamirano, que no tienen antecedentes y son señalados como “perejiles” por sus vecinos.
De lo que no se habla es de los motivos para esa “venganza no convencional”. Miradas al Sur viene informando sobre los nexos con el narcotráfico y sectores corruptos de la Policía Bonaerense que tienen varios de los involucrados en este tema. Hugo Bermúdez, el hombre sindicado como autor material del crimen y de muy aceitados contactos con la policía, es señalado por varios vecinos de San Martín como un hombre dedicado a la venta de cocaína al menudeo en una zona controlada por Mameluco Villalba.
En cuanto a Héctor Topo Moreira, señalado como autor intelectual del crimen, en San Martín es conocido como informante policial y estafador. “Andaba con un televisor por la calle. Te ofrecía vendértelo más barato, y cuando te lo llevabas te hacía un cambiazo y te daba una caja llena de maderas”, contó la semana pasada un vecino del barrio que lo conoció de cerca y compartió tiempo con él en su último refugio: la Villa 9 de Julio, en San Martín. En ese barrio también vivía el padre de Candela, Lauriano Rodríguez. “Se conocían desde chico, y lo dos tenían algo en común: eran buchones de la policía”, aseguró otro vecino del barrio.
A Moreira se lo vincula con el subcomisario Claudio Orejón Britez, hermano de Cartucho Britez, un reconocido narco de la zona, que en setiembre de 2009 protagonizó un intenso tiroteo entre bandas por el control de la Villa 9 de Julio. Una hipótesis señala que tanto Bermúdez como el Topo Moreira actuaron con apoyo de un grupo policial con experiencia en el asunto, y que estarían vinculados al secuestro de familiares de narcos. Una de las víctimas de esa modalidad fue la tía de Candela: María Alejandra Romagnoli, secuestrada en junio de este año en Villa Korea, el mayor centro mayorista de cocaína de la zona. Según sus vecinos, Romagnoli es la ex mujer del hermano de Carola Labrador, con quien tuvo dos hijos. Su actual pareja, un hombre apodado el Pitufo, sería el que pagó el rescate para que la liberen. El bufet que manejaba la mujer y donde también trabajaba Carola Labrador, ahora es administrado por sus hijos.
