Canillita libre

La cosa es que los rusos andaban por el calendario juliano, ¿no?, el que había inventado Julio César en yunta con un astrónomo de Alejandría. Justo un año antes de que lo mataran, el 45, pero el primer 45, ¿eh?, lo puso en práctica para todo el imperio romano, que era como decir para todo el mundo”, dice el tipo mientras se sirve un chorro de soda que lleva el vermú –el vaso semiinclinado para que la espuma no embarre la cancha– hasta el límite preciso del vaso.
“Ah”, dice el otro tirándose hacia atrás, apoyándose con ganas en el respaldo de la silla y estirando las piernas por el costado de la mesa. “Está bueno eso del primer 45”, dice sonriendo apenas.
Están enfrentados, uno a cada lado de la única mesa ocupada del bar (los lunes son medio mortadela, repite, filoso, el dueño del bar cada lunes), la que empieza, a las 10 y cuarto de la mañana, como ahora, a recibir el solcito de noviembre.
“¿Por eso decís vos, entonces, que era un 25 de octubre?”, dice el otro.
El tipo hace gesto de correr la botella y el sifón para abrir espacio cuando ve que el mozo se viene con la bandeja repleta de platitos. Pero al llegar al lado de la mesa, el mozo le pone una mirada que parece condensar siglos de aprendizaje en el oficio, añares y añares de desarrollo de una profesión. El tipo, que sabe de miradas porque alguna vez él también miró de ese modo, retira las manos. Un segundo después, el mozo empieza a depositar platitos sobre la mesa.
“No, no –dice el tipo–. No lo digo yo. Lo dice la historia. Recién al empezar febrero de 1918, unos tres meses después de hacer la revolución, los rusos formalizaron el asunto ese de las fechas y adoptaron el calendario gregoriano”.
El otro, con una delicadeza sólo posible en ese tipo de acciones, agarra un maní del platito y se lo manda al buche: “El que usaba todo el mundo, bah”.
“El que usaba todo el mundo –dice el tipo haciendo un gesto con la cabeza, a medio camino entre la afirmación y el bamboleo de costado–. Y el que sentenciaba que el 25 de octubre de 1917, en realidad, era 7 de noviembre de 1917. Pero que 25 o 7, que octubre o noviembre, la revolución era un hecho tan preciso como el cañonazo que desde el crucero Aurora decretó la ocupación del Palacio de Invierno y el raje del presidente del gobierno provisional”.
El otro levanta apenas la cabeza, como mirando algo ubicado un poco más allá de la silueta de su compañero de mesa, y dice “Kerensky”.
El tipo lo mira con un poco de sorpresa, pero es lunes, tienen el día libre, son los únicos habitués del bar y las preguntas, en ese contexto, siempre son desafortunadas. Por eso se dedica a desplazar con el escarbadientes algunos cubos de salame para dejar al descubierto uno, uno entre todos los del platito, ese y no otro, pincharlo y llevárselo a la boca anticipando el deleite con los ojos entrecerrados.
“Precisamente, Kerensky –dice el tipo masticando con el costado el salame–. Y lo mejor de todo es que en ese cambiecito quedaron en el camino varios días. Un día fue 1º de noviembre y al día siguiente fue 13, así, sin que nadie supiera qué pasó en esos días… en esos días…. virtuales, podríamos llamarlos”.
“Virtuales”, dice el otro dejando de lado el escarbadientes para agarrar una aceituna. “Vos hablás de 1917. Y bueno, lo mismo que pasó acá dos años después.”
El tipo ahora sí deja lugar a la sorpresa. Suspende en el aire el salamín con el que acaba de embocar un pedazo de queso y, como si el palito y el queso se trataran en sí mismos de un signo de interrogación, pregunta “¿Acá?”.
El otro siente que es su momento. Y arranca: “Me lo contó un colega amigo el otro día, un tipo que labura en los diarios. Resulta que, por aquellos años, los pibes que repartían los diarios aprovechaban las sábanas de La Prensa y La Nación para esconder a los ojos de la cana y repartir a los guiños cómplices las páginas de La Protesta o de La Vanguardia, donde se escribía con orgullo de la nueva sociedad que se estaba formando allá en Moscú. Esos pibes, chiquitos, ligeros y escurridizos, eran, a su vez, los que enfrentaban con mayor destreza a los gendarmes cuando cargaban contra las manifestaciones obreras”.
“¿Canillas?”, dice, más que pregunta, el tipo, y toma medio vaso de vermú con ganas de disfrutar.
“Canillas, como nosotros”, dice el otro y, sabedor del código de los voceos en el momento oportuno, hace un silencio endiablado que garantiza un final a toda orquesta. “El doctor Agote, Luis Agote, ¿no?, de aquellos prohombres de la patria, apuntó a esos pibes como la semilla de la discordia social. Y en su discurso en la Cámara de Diputados, mientras se discutía por segunda vez la Ley de Patronato, se puso favor con una propuesta que reíte de Goebbels: sacar de las calles a los lustrabotas y los canillas y meterlos en institutos de menores. ¿Sabés cuál fue el argumento?”.
El tipo no necesita decir que no. Hace apenas un movimiento imperceptible con la mano que enarbola el escarbadientes, como de “dale, dale”, antes de pinchar otro salame.
“Que esos pibes arrancaban como canillitas y terminaban como canallas”, dice el otro golpeando con el índice derecho en la mesa y haciendo desmoronar la torre de chicitos que ninguno de los dos probó ni piensa probar. “¿Y sabés quiénes eran esos pibes canillitas?”.
El tipo insiste con el “dale, dale” de mano y escarbadientes.
“Los hijos de las parejas anarquistas y comunistas que cuestionaban las felicidades ajenas de la República del Centenario”, dice el otro.
“Salú, entonces –dice el tipo, afirmando lo que acaba de oír y festejando este día libre, su día, levantando el vaso de vermú nuevamente lleno–, por las felicidades propias de este Bicentenario. Por nosotros, los canillas a los que ni Agote ni Clarín pueden hacer pueden hacer vocear el diario hoy”.

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