Si hasta hace algún tiempo Elisa Carrió consiguió arriar con sus destemplanzas al conjunto perplejo de la oposición, las últimas informaciones surgidas desde el Congreso nacional indican que cada día que pasa la capacidad de los integrantes del Grupo A para tolerar a la diputada se va angostando. A los cuasi insultos y desprecios que repartió la líder de la Coalición Cívica tras los encuentros de Ricardo Alfonsín y Hermes Binner con figuras del oficialismo, incluida la Presidente, más sus embates por el fracaso en el tratamiento de la Ley de Glaciares, el malestar ya no sólo es exclusivo de Alfonsín, Margarita Stolbizer o el gobernador santafesino, sino que la bronca llegó a la propia tropa, a lo más íntimo de su espacio. Nada menos que Patricia Bullrich compartió ante sus pares los disgustos que padece cada vez que Carrió desbarata el trabajo opositor, “sólo para ganar protagonismo”.
En su edición del domingo pasado este diario publicó la interpretación de un diputado socialista, para quien cuando Carrió ataca, “es para después sentarse a negociar su espacio”. Algunos de sus dificultosos aliados interpretan que Carrió exige poner un candidato propio para la ciudad de Buenos Aires, en trueque por la eventual fórmula Alfonsín-Binner, y pese a que la última performance de la Coalición en territorio porteño fue floja.
Pese a los intentos de Alfonsín de conciliar una convivencia civilizada, cada vez más radicales, socialistas y margaritos comienzan a concluir que la presencia de la diputada es más destructiva que constructiva. Por ahora las definiciones abren el paraguas de un modo delicado: “Si Lilita se quiere ir será por ella”, dijo a este medio Horacio Alcuaz, de GEN.
No faltan quienes repasan prolijamente la cantidad de deserciones, expulsados y pérdidas que sufrieron los espacios abiertos y luego dinamitados por la legisladora. Fundó el ARI en 2001 tras romper con el radicalismo y luego lo dio prácticamente por disuelto, con la paradoja deque un ARI muy mal llevado con Carrió obtuvo la gobernación de Tierra del Fuego. Tuvo de socio de fórmula presidencial a Gustavo Gutiérrez, quien virtualmente desapareció de la arena política. Fue perdiendo sucesivamente, a fuerza de autoritarismo y cambios de línea, a figuras como Graciela Ocaña, el economista Rubén Lo Vuolo, Fernando Melillo (que fue presidente del ARI porteño), Eduardo Macaluse, Carlos Raimundi, María América González, una dirigente gremial del calibre de Marta Maffei, Delia Bisutti y muchos otros. Como si le sobrara representación institucional, el senador porteño y filósofo Samuel Cabanchik parece jugar por la propia, como quien va tomando distancia.
Si se trata de jugar la personal, mucho más nítida es la tendencia de Carrió de presentarse como Madre Superiora de una horda legislativa. La semana pasada, tras el naufragio de la Ley de Glaciares, arremetió ante las cámaras para vociferar: “La culpa es de la oposición. Existe irresponsabilidad, desidia y negligencia. No puede ser que muchos estén paseando por Europa y nosotros perdamos sesiones”. Última declaración que no termina de ser digerida por nadie en Diputados.
