La Madre de todas las Zonceras es hoy la Abuela, o la Bisabuela... No sólo por su antigüedad, sino también porque vivimos en un mundo tan distinto del de Sarmiento cuando escribió el Facundo que parece mentira que alguien pueda pensar en esos términos.
La cosa ha cambiado tanto, que uno podría afirmar, sin temor a equivocarse, que los términos, que los significados y significantes de esa frase se entremezclan. Ya no hay más un “hasta acá la civilización y hasta allí la barbarie” clarito, contundente, mensurable. Hay un cambalache de acciones, pensamientos, modas, ideologías, éticas y estéticas que impiden cualquier afirmación contundente sobre el tema.
Por ejemplo, la violencia urbana: ¿es civilización?, ¿es barbarie? ¿O un poco de las dos? Y no hablo de la violencia de las armas, de los crímenes. Hablo del grito destemplado, del bocinazo, del maltrato en la atención al público, de las colas, de la falta de respuestas. Hablo de todas las agresiones menores que sufrimos a diario cuando salimos a la calle y que soportamos en el entendimiento de que “las cosas son así”. Casi una zoncera de resignación, si esa categoría existiese.
Y, por otra parte, pregunto, ¿no hay un alto concepto de civilización en los pueblos originarios cuando hacen una defensa cerrada del ecosistema aduciendo mandatos ancestrales, herencias, cuestiones religiosas y logran impedir el paso seudocivilizador de una tubería de fuel oil por sus tierras sagradas?
Estos dos ejemplos, por sí mismos, ameritarían un debate filosófico que aún no ha ganado espacio en las ciencias sociales. Porque la zoncera madre o, mejor dicho, “de la madre que las parió a todas” sigue siendo cultivada, abonada, cuidada y difundida por un sector de nuestra sociedad con el mismo sentido con el que Domingo Faustino Sarmiento interroga al fantasma de Quiroga en la introducción del Facundo:
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto, ¡revélanoslo!
Y no, no te revelo nada. ¡De acá, te voy a revelar! No entendiste, jo-de-te.
Y la verdad es que no entendieron ni entienden ni creo que vayan a entender. Por eso necesitaron siempre tipos que los explicaran, que expusieran de manera ingeniosa su profunda ignorancia del pueblo. Y así inventaron zonceras como “el aluvión zoológico”, “los negros de mierda”, “esos brutos que hacen asado con el parquet de las casas”. La mejor manera de ocultar tanta barbarie disfrazada de civilización es estigmatizando, denigrando.
Agreden porque no entienden, como los pibes. Agreden porque la respuesta los interpela, les golpea el rostro y, sin embargo, no la interpretan. Esto lo explica con claridad y buena pluma Facundo Meli, un joven compañero militante que, cuando falleció Néstor Kirchner, escribió una sentida carta de la cual voy a utilizar un fragmento para fundamentar esto que vengo diciendo.
Una foto de Eva era lo único que cortaba las paredes del comedor de la casa de mi abuela. Eva. El 17 de octubre produce aberración o fascinación. Es la esfinge. Una vez más. Es la esfinge. Lo incomprensible. [...] cuando mi abuela hablaba de Perón, lloraba. Siempre. Me llevó veinte años entender, captar lo no discursivo, con fascinación [...]. El 27 de octubre de 2010. Sesenta y cinco años. Con la muerte desde adentro. Un desmembramiento. La misma Plaza. Otra Plaza. Nuestra Plaza. La Plaza de nuestro tiempo.
El 17 tuvo una Plaza de trabajadores. El 27 tuvo una Plaza de trabajadores... y de jubilados, de niños. Una Plaza de juventud, de mucha juventud. Mucha. Una Plaza de los que no querían morir con añoranza del 17 de octubre.
Una vez más. El enigma, la esfinge, el nudo. Miran y no entienden. Todavía no entienden. Ven miles en la Plaza y se quedan afuera. Como Sarmiento, preguntándole a la Sombra de Facundo, lo miran desde afuera. [...] Para nosotros no hay esfinge. No hay nudo. No hay enigma. Nunca lo hubo. Es el subsuelo de la patria, como diría Scalabrini. Es ese sustrato que emerge y se multiplica. Se expande. Por todos lados. Durante varios días. Nada lo detiene. Lo ocupa todo. En la Plaza. En las calles. En el llanto. En el silencio. En la palabra. Desde la cabeza. Desde el corazón. En la cabeza. En el corazón.
Nunca lo van a entender. ¿Les falta corazón? Probablemente. Pero sobre todo les falta saber qué quieren entender. ¿Cuál es su gran incógnita? Les falta saber que aquello que odian es lo que también admiran. Que eso que rechazan, a la vez, es lo que envidian. Lo detestan pero es lo que, íntimamente, quisieran ser.
Por eso también voy a hacer una invocación. A nuestro numen, a nuestro guía: “Sombra entrañable de Don Arturo Jauretche, te invoco para que, allí donde estés, le preguntes a Sarmiento: ¿qué corno es lo que no entienden?”.
• Zonceras Argentinas y otras yerbas
Autor: Aníbal Fernández
Prólogo: Cristina Fernández
