Colectivo imaginario

Año 4. Edición número 182. Domingo 13 de noviembre de 2011
Pasan entrenadores, torneos, copas y eliminatorias con la misma base de jugadores. Se piensa que en algún momento va a surgir un equipo que todavía no aparece.

El marco fue el exacto para el cuadro. Ni los simpatizantes de ocasión ni los encumbrados empresarios acompañados de sus numerosas familias con entradas de protocolo que copan las plateas bajas del Monumental, ni los hinchas que sienten verdadera atracción por la Selección ni las nenas que van a gritar por Messi y Agüero (el viernes ausente) cada vez que agarran la pelota como si fueran Justin Bieber. Nada de eso alcanzó para darle a la cancha de River una escenografía acorde. Más bien se parecía a los homenajes que le realiza la AFA a los viejos campeones del mundo, cada tanto, donde sólo van los nostálgicos. Triste.
Y, dentro de ese marco, el equipo de Sabella estuvo acorde. Con claroscuros, obvio. En líneas generales el concepto no varía desde hace cuatro años. Ofrece poco y –con poco– gana o pierde pero rara vez juega bien.

Química. Dante Panzeri, quien es referente por ser un parámetro moral y ético dentro del periodismo, también debería ser leído y revisado desde los amplios conocimientos de fútbol que ostentaba. Con un concepto suyo de un capítulo del imprescindibleFútbol Dinámica de lo Impensado, de 1967, sobra para explicar los porqué de la Selección. El se blanquean los problemas y se genera una comunión inquebrantable en busca de un objetivo común a corto plazo y las individualidades estallan y llevan al éxito al equipo (Argentina ’86), o porque después de una derrota, la vergüenza deportiva de los integrantes del grupo revierte esta situación a través del orguDante, cuando hablaba de la conformación de un equipo, se refería a la homogeneidad de lo heterogéneo. Es decir, un conjunto de individualidades diferentes que terminan por transformarse en algo.
En algunos casos, esto se produce naturalmente –algunas veces, por propia química entre sus integrantes, que después se llamará mística–, en otros tantos se genera por el trabajo de años, inclusive desde inferiores (el Barcelona), en otros, porque llo y reviven de sus propias tristezas (Central descendió en 1984, ascendió en 1985 y salió campeón de primera en el campeonato 1986/1987), o porque tiene un entrenador que sabe poner en caja las vanidades y apunta al sacrificio colectivo en busca del objetivo (Bielsa en Chile). Las variables para que se genere ese punto donde 22 jugadores dejan de ser un montón de intenciones y pasen a ser un equipo, son muchas.
El equipo que el viernes empató 1 a 1 con Bolivia, en un partido que tranquilamente pudo haber ganado (y perdido sobre el final) transitó, con escasas variantes en la conformación de su plantel, muchas de estas situaciones. Sin embargo, no consigue manera de que aparezca lo colectivo. No hay Messi, no hay Higuaín, no hay Pastore, ni hay Agüero, ni hubo Tévez, ni hubiese habido Maradona, Batistuta, Caniggia, Passarella o Kempes sin equipo.

Players. Estos jugadores vienen trabajando juntos desde hace cuatro temporadas. Soslayando la interpretación del fútbol de los técnicos que pasaron, incluyendo a Sabella, ¿no será que es improbable que el equipo aparezca por más que pareciera que con tales nombres debería ganar todos los partidos caminando? ¿Será que es imposible que se produzca la homogeneidad de lo heterogéneo como pedía Panzeri? A Basile –comparado con el presente, sus ciclos fueron grandiosos–, a Maradona y a Batista los arrasó este estigma. Pachorra, al menos, tiene oportunidad de cambiar antes de que lo pase por encima la realidad.

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  • Hay partidos que no son. Encuentros a los que una circunstancia, una jugada rápida, súbita, les marca el camino. Cuando Gonzalo Higuaín controló con maestría el pelotazo cruzado de Ángel Di María, y después resolvió con desenvoltura ante el arquero Claudio Bravo, el destino de partido trabado, de cancha pesada, de equipo chileno difícil, metedor, agresivo y resolutivo, quedó en el olvido.

  • Apenas cinco meses y cinco días de vida tenía Juan Sebastián Verón cuando River Plate se quitaba de encima aquella otra mufa de su historia, que por 18 años le había negado la consagración. El ex club millonario se daba el lujo de tener en el banco al exquisito Alejandro Sabella y, casualmente, obtuvo ese campeonato del ’75 relegando al segundo lugar al Estudiantes de Juan Ramón Verón. Como la Bruja, Pachorra y la Brujita dejaron su marca en Estudiantes. Y en el fútbol argentino y en el inglés.

  • Tiene un recorrido largo, el nuevo entrenador del seleccionado. El partido de ayer puede haber sido una muestra gratis de lo que vendrá en las Eliminatorias en octubre próximo. Rivales que no perdonan; equipos que ganaron terreno frente a la pasividad argentina. ¿Es verdad que el fútbol se emparejó y que Venezuela ahora es una suerte de cuco? No está claro aún. Lo que sí se dejar ver es que algunos equipos, por caso la Vinotinto, perdieron el respeto.

  • Hay una línea, muy fina. Una suerte de límite que en el fútbol demarca la suerte, el futuro, los elogios y las críticas. Es determinante, lapidaria. No tiene vuelta atrás: es la línea de gol. Si la pelota logra pasar en toda su circunferencia la misma –así lo dice el reglamento, así lo dijo Macaya durante años– cambiará todo, fundamentalmente los parámetros con los que se miden los rendimientos de los jugadores y de los técnicos. Claro, casi nunca son parte de esa lógica los dirigentes.

  • Si un equipo es una idea, Argentina, en el primer partido oficial de la era de Sergio Batista en el banco, no mostró mejorías, en este sentido, de aquel que salió humillado por Alemania en el Mundial de Sudáfrica. La búsqueda de un arquetipo, de una forma, de un estilo, al cabo, de una identidad, no es cuestión fácil de encontrar y no tiene signos de aparecer, por ahora. La particularidad, en este caso, es que con varios jugadores del equipo que jugó ante Bolivia, la búsqueda se viene haciendo desde que terminó el Mundial de Alemania y no tiene mayores resultados a la vista.

  • Fue el momento más difícil de su carrera. Agobiado por su adicción a la cocaína, era una sombra de aquel jugador. Fue triste ver como ese futbolista, emblema de la década de 1980, casi que se arrastraba en los estadios italianos: lento, fuera de tiempo y de estado. Una imagen errada aquella del Checho en el Mundial ’90 (inclusive Rep lo caricaturizaba como una momia para Página/12), el mejor número cinco que dio el fútbol argentino en muchos años.