Cómo desaparecer por completo y alimentar el morbo mediático
Federico Cash atiende el teléfono desde una estación de servicio en un punto intermedio entre San Salvador de Jujuy y Buenos Aires. De fondo, hay sonido de ruta y descampado. Su hija, María Cash, lleva dos semanas desaparecida y varios testigos aseguran que la vieron en distintos tramos de ese trayecto. “Hace 14 días que estoy arriba de una camioneta”, dice el hombre. “Trato que con mi presencia de padre los que la buscan actúen un poco más intensamente.”
Buscar sin pausa, sin descanso, aunque los datos que aparecen suenen inverosímiles. El de María Cash es el caso del momento, pero no es el único. Missing Children tiene un registro de 120 menores con paradero desconocido. Personas Perdidas contabiliza 280 jóvenes y adultos en la misma situación. “El 90% de los niños aparece enseguida. Entre los adultos, al poco tiempo aparecen dos tercios de las personas que se pierden”, señalan desde ambos organismos.
A María Cash –29 años, un metro setenta de altura, pelo castaño, ojos marrones– la vieron en Rosario de la Frontera, en San Salvador de Jujuy, en Salta, en Tucumán, en Córdoba y en Santa Fe. Cada vez que alguien aporta información, Federico cambia de rumbo y encara para ese lugar. A veces los datos son certeros: se sabe que María Cash bajó de un micro en Rosario de la Frontera, que luego llegó a San Salvador de Jujuy y que el 8 de julio una cámara de peaje la registró en Salta, minutos después de hablar con un policía al que le preguntó cómo llegar a Tucumán. En ese lugar se encontró parte de su equipaje, y subió a la caja de la camioneta de l ex concejal Juan Causarano, quien la llevó hasta la entrada de General Güemes. De allí, le hizo dedo a un camión con el que avanzó 15 kilómetros en dirección a Tucumán, donde se le perdió el rastro. En el medio, se comunicó por breves minutos por su madre y luego envió un extraño mail avisando que había perdido el celular.
Otras veces, la información es confusa: una mujer de un barrio de Santa Fe –a la que sus vecinos llamaron “una persona muy especial”– dijo que la chica le golpeó la puerta para pedirle comida, que ella le dio bananas y unas monedas y luego se fue. Más tarde, al encender la televisión, la vecina descubrió que se trataba de la chica a la que todos buscaban.
A medida que pasan los días, a la necesaria difusión del caso, de a poco la prensa le empieza a superponer su imagen y el reclamo de los familiares con otro tipo de cobertura: supuestos expertos que tejen hipótesis, testigos que aprovechan las cámaras para contar sus propias vidas, voceros policiales esparciendo rumores y –pronto en todas las pantallas– videntes con teorías tan generales como tenebrosas.
El emblema de ese tipo de coberturas mediáticas es el caso Pomar. El 14 de noviembre de 2009, la familia entera partió desde la localidad de José Mármol. La última imagen que se tenía de ellos antes de desaparecer, era la de la cámara de seguridad de un peaje. En base a ese registro empezaron a tejerse teorías: se habló de un gesto desesperado en el conductor, de alguien que se sentía bajo un intenso peligro, de un psicópata que mató a su familia y hasta de un secuestro extraterrestre. La verdad era que después de pasar por el peaje, la familia había tenido un accidente en la ruta y la misma policía que alimentaba la usina de rumores había hecho mal los rastrillajes.
En el caso de María Cash, como era practicante de yoga, se habló de que podría estar en manos de una secta. Un psicólogo sugirió que podría estar en medio de un brote, y entre las posibles causas señaló un tumor cerebral.
“Dopada, ida, confundida, desequilibrada. Se está creando un perfil de mi hermana que no corresponde. El objetivo no es generar hipótesis, sino encontrarla”, dijo Santiago Cash, el hermano de María, en uno de sus contactos con la prensa.
“A los que parece que se equivocaron hay que volver a preguntarles”, explica Juan Carr, de la Red Solidaria. “Yo he ido varias veces a buscar a Sofía Herrera –la niña desaparecida desde el 2008 – y cuando llegaba me encontraba con que era una falsa alarma. En general, prefiero que la gente se equivoque a que no diga nada.”
Casi un año. El jueves se cumplieron once meses de la desaparición de Erica Soriano, una chica con un perfil similar al de María Cash. Erica tenía 30 años, estaba embarazada y la última vez que se la vio con vida fue el sábado 21 de agosto de 2010 por la mañana. La familia sospecha de la pareja de Erica, Daniel Lagostena. Y aún así, nunca dejan de atender todos los datos, por más débiles que sean.
“Por día me llaman tres o cuatro personas –cuenta Ester Soriano, la madre de Erica–. A veces para decir cosas feas, o para contarme que soñaron con Erica, o que la vieron en tal o cual lugar o que son videntes y saben donde está enterrada.”
Hace unos meses se comunicaron desde Salta: decían haberla visto viviendo de linyera en una plaza de la ciudad. El hermano de Erica se tomó un avión y fue enseguida. Antes de llegar ya sabía que el dato no era cierto: una salteña conocida de la familia había ido al lugar antes para comprobar que el dato no era cierto.
“A veces siento que tengo tantas versiones que llegar a la verdad va a ser difícil, pero buscar me mantiene ocupada”, dice Ester Soriano. En la Justicia pasa algo similar, pero con efecto inverso: la causa tiene varios cuerpos y, según José Vera, el abogado de la familia, ninguna dirección investigativa. “Ahora vamos a pedir la recusación del fiscal, porque la causa acumula datos y no avanza”, explica Ester.
La familia sostiene que Daniel Lagostena, pareja de Erica y el último que la vio con vida, tiene algo que ver con su desaparición y debe ser llamado a prestar declaración indagatoria.
“Hace poco hablé con él”, cuenta Ester. “Lo esperé en la puerta de la casa desde las 8 hasta las 14.30. Le dije que quería hablar con él y se puso tan nervioso que me dio la llave de la casa para que abriera yo. Le pedí que me dijera qué había pasado desde el miércoles hasta el sábado. Me dijo exactamente lo mismo que le dijo a la brigada. Hablaba muy despacio, tomándose todo el tiempo para decir dos palabras. Le dije que era un mentiroso. ‘Esa es tu opinión’, me contestó. Tenía una actitud fría. Es un psicópata de manual.”
La pista de la trata. “Hay un dato preocupante”, explica Juan Carr, de la Red Solidaria. “Tenemos registradas 16 menores de entre 18 y 21 años perdidas, y 26 de entre 22 y 32 años.” Y enseguida agrega: “Sobre cientos de casos en los que trabajamos, encontramos 20 chicas que estaban sometidas a explotación sexual de diversas formas”.
Siempre que las desaparecidas son mujeres, el fantasma de que sean víctimas de la trata de personas está siempre latente, incluso en aquellos donde las sospechas apuntan a un crimen de género, como en el caso de Erica Soriano, donde varias pistas que nunca lograron chequearse la ubicaron en prostíbulos de distintos puntos del país.
Sobre María Cash, Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, supuestamente secuestrada por una red de trata de personas, dijo a Página/12: “Ya empiezan a decir que la chica estaba mal de la cabeza, que no razonaba, que se podría haber vuelto loca, lo mismo que me hicieron con Marita. Por la única razón por la que Marita estaba en estado de confusión cuando apareció a una semana de haber sido secuestrada es porque había sido drogada previamente. A mí me han dicho de todo: que se fue con una secta, que había tenido un shock, y demás barbaridades que se detenían en ella para no investigar”.
Los expertos son más cautelosos. “Ni por el perfil de la chica ni por las circunstancias parece que se trate de un caso de ese tipo”, explica uno de los investigadores del caso, que pide reservar su identidad. Y para mantener la esperanza, cita un caso: años atrás, en Río Negro, un hombre dejó a sus hijos en el colegio y se esfumó. El teléfono y el auto aparecieron en La Pampa. Tres meses después el hombre apareció en Chamical, La Rioja. Había caminado todo ese tiempo en un “estado de confusión mental”.
Que a María le haya pasado lo mismo es tan sólo una hipótesis. Una más, pero quizás la más feliz de todas.
