Siempre apegados a las causas reales, los fundadores del Madrid, Carlos y Juan Padrós, avistaron que el Rey Alfonso XIII cumplía la mayoría de edad y que el fútbol no podía quedarse afuera de semejante acontecimiento que –además– generaba su asunción al trono; tenía que ser parte de los festejos. Así pensaron la Copa de la Coronación que se disputó en 1902 en el Hipódromo de la Castellana.
Por su parte, siempre apegada a las causas madridistas, la corona le devolvió el guiño al Real. Al año siguiente, Alfonso, futbolero, donó la Copa. Y pidió que quien la ganara tres veces se la quedase, lo que por supuesto no generó resistencia. La primera edición de 1903 tuvo rango de Campeonato de España y fue ganada –vaya paradoja– por el Athletic de Bilbao.
Sello. El estigma impregnado por los hermanos Padrós no fue menor. Lo que hoy se llamaría “posicionamiento de marca” funcionó a la perfección. Alfonso, de sólo 16 años, era hijo póstumo de Alfonso XII, símbolo de la restauración borbónica de lo segunda mitad del siglo XIX. Muerto de tuberculosis con sólo 27 años, no pudo conocer a su único heredero varón. Fue su madre, María Cristina de Austria, la que ejerció el poder monárquico hasta 1902, cuando asumió y comenzó a disputarse su copa.
“En este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de suma trascendencia tal como están las cosas, porque de mí depende si ha de quedar en España la monarquía borbónica o la república; la reforma social a favor de las clases necesitadas, el ejército con una organización atrasada a los adelantos modernos, la marina sin barcos, la bandera ultrajada, los gobernadores y alcaldes que no cumplen las leyes, etc. En fin, todos los servicios desorganizados y mal atendidos. Yo puedo ser un rey que se llene de gloria regenerando a la patria (…), pero también puedo ser un rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y por fin puesto en la frontera”. La declaración de principios es del 1º de enero de 1902.
Alfonso veía que su recorrido era largo y con una circunstancia política que acompañaba: con elevada imagen positiva, ante todo entre los liberales ibéricos. En este contexto, acercarse al fútbol –que era acercarse a las clases que aborrecían su casta– le sumaba mucho más de lo que le restaba. Y, en definitiva, lo mismo vieron los Padrós, quienes entendieron que el desarrollo del club debía estar siempre en sintonía con la corona.
Ninguno de los dos le erraron, Alfonso extendió su reinado hasta 1931 y el Madrid organizó las primeras 8 copas, quedándose con cuatro y consolidándose como “La Casa Blanca”.
La primera edición de la copa (1902) tuvo una designación a ojo. La jugaron, a criterio de los hermanos del Real, “los equipos más representativos de España”. Además del Athetic de Bilbao y el Real, participaron el Vigo, el Huelva, el San Sebastián (luego Real Sociedad), el Salamanca y el Barcelona. Eso sí, en la segunda edición, cuando el Rey donó la Copa, estos cuatro equipos decidieron no participar. En Barcelona, particularmente, estaba mal visto hacerse de una copa donada por “en Cametes” (Piernasflacas, en catalán).
A Marruecos. En el orden político, los incendios de Alfonso fueron varios. El más fuerte comenzó en 1912, cuando Francia le cedió a la corona al proteccionismo del Rif, una zona montañosa del norte marroquí. Cuando las tropas reales avanzaron, los focos de resistencia contra la ofensiva española eran inabarcables para el Rey que, fiel a su naturaleza colonialista, ya tenía un ejército de 250 mil soldados y había desembolsado 581 millones de pesetas apara asegurarse el territorio marroquí. No alcanzó, el avance de las tropas reales terminó con 13 mil soldados masacrados en lo que se conoció como el "”Desastre de Annual”.
Pero –tal cual dice Divididos– en el mundo hecho ajedrez, nunca el peón se come al Rey. La reacción española llegó en 1924 con otros 13 mil soldados que respondían al dictador catalán Miguel Primo de Rivera, responsable de un golpe de estado en Catalunya –camuflado en rechazo a la guerra– y apoyado por el Rey. La invasión se conoció como “desembarco de Alucenas” y los historiadores la consideran el “primer desembarco aeronaval de la historia mundial”. Fue estratégicamente perfecto. Uno de los cerebros que acompañaron a Primo de Rivera fue el coronel Francisco Franco que, tras su performance, fue ascendido a general, y más luego a Generalísimo.
Al fútbol. Pero la invasión no paró un segundo la Copa, más bien todo lo contrario. Cuando en 1913 se llegó a la “unificación del fútbol español”, a través del nacimiento de la Real Federación Española, el torneo –hasta allí, para unos pocos– se nacionalizó y diez regiones de España tuvieron acceso a través de los buenos resultados que obtenían en sus ligas locales. Para utilizar un término de moda en el fútbol local, la copa se “federalizó”. Claro que su suerte estaba atada a la de Alfonso que, luego de reinar casi 30 años, padecía aún más problemas que Mourinho en el Real. Entre ellos, el tendal que había dejado la guerra del Rif, el aborrecimiento de las clases intelectuales y de los estudiantes y una sublevación militar del cuerpo de Artillería por la reasignación de algunos ascensos. Con la lenta degradación del poder monárquico, la Real Federación Española pasó a ser la Federación Española en 1929 y empezó a impulsar la Liga de España (la que conocemos hoy). La Copa del Rey pasó súbitamente a segundo plano. Con la caída definitiva de Alfonso en 1931 (que terminó “puesto en la frontera”, como lo había autovaticinado), al año siguiente se disputó bajó el nombre de “Copa del Presidente de la República”.
En 1936, cuando estalló la guerra civil, las regiones republicanas de Levante y Catalunya siguieron jugando la Copa que pasó a llamarse “Copa de España Libre”. Una vez Franco en el poder propulsó los torneos regionales nuevamente y la Federación Española le puso un nombre que se transformó en una maravillosa síntesis: “Copa del Generalísimo”, el que llevó hasta su caída, en 1977, cuando pasó a llamarse Copa del Rey.
Hoy. El novelista Manuel Vázquez Montalbán resumió con fina ironía catalana el significado de la Copa del Rey en su libro póstumo Fútbol. Una religión en busca de un dios, editado en 2005. “La Copa del Rey se ha convertido en un torneo entre equipos superadores de su propio cansancio o hastío. Con Franco era otra cosa. Si todavía se llamara Copa del Generalísimo, no se habrían atrevido a convertirla en esta guadianesca competición que es hoy, difícil de memorizar, incapaz de generar el más mínimo espíritu épico ni lírico.”
Quizás esta reflexión suene exagerada en estos días, cuando la expectativa que genera la final que se disputará en mayo próximo enfrenta mano a mano a Messi-Guardiola vs Bielsa (Barça vs. Athletic), justo cuando el torneo cumple 100 años. Además, viene a la memoria el partido disputado en 1984, en aquella final entre el Barcelona de Menotti y Maradona vs. el Athetic de Clemente y Goicotxea, terminado en una batalla, por la que Maradona fue personalmente a pedirle disculpas al rey Juan Carlos por el papelón.
En algo se parecen las tres finales disputadas entre vascos y catalanes. Aquella primera de 1903, con la donación de la Copa de Alfonso para sumar puntos a su asunción, la de 1984 con el pedido de perdón de Diego a Juan Carlos, el futbolista más popular del planeta solicitando las disculpas de un Rey que hace 28 años era el mismísimo bronce. Y el marco de una España convulsionada donde las acciones monárquicas están en caída, es la referencia de hoy. Siempre política y fútbol están de la mano y se abrazan. Casi como Bielsa a sus convicciones y Guardiola a las suyas.

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