Cuando Ricardo Fort se enteró de la muerte de su padre sintió paz, alivio y no largó ni una lágrima. Fue él mismo a reconocer el cuerpo y le eligió un cajón presidencial, “el mismo con el que enterraron a Perón”. A Nazarena Vélez, Hernán Caire le pegaba, la obligaba a tener sexo y le decía que la amaba, todo al mismo tiempo. Un día le pidió casamiento con una pistola calibre 22 en la sien. El Facha Martel piensa que si una de sus hijas le presentara una novia, le diría: “Haceme un lugar en la cama, hija de puta”. No lo confiesan al aire frente a Rial o Ventura. No los están ponchando en primer plano con un videograph escandaloso. Se lo cuentan a un pibe que viene de “otro palo”, como él dice, pero que siempre estuvo cerca de esas criaturas que regala a diario la pantalla chica. Alejandro Seselovsky pasó por distintas redacciones de revistas populares y del corazón. Trabajó cinco años para la revista Gente, adonde llegó “para ocupar la computadora que dejaba Beto Casella”. Este docente, escritor y periodista, se sumergió en el universo de la televisión basura para describir en su propio hábitat a nueve personajes construidos y reproducidos hasta el empacho en y para el medio: Adrián el Facha Martel, Nazarena Vélez, Luciana Salazar, Carolina Pampita Ardohain, Ricardo Fort, Johnny Allon, Sandy González, Chiche Gelblung y Wanda Nara.
Hay una pregunta inicial: “¿Por qué alguien exhibe la intimidad de su vida, la de sus muertes, la de sus amores y la de su cuenta bancaria, la intimidad de su sexo, su salud, sus relaciones filiales, sus sueños, sus cuerpos, por qué? ¿Cómo es dejarse ver por las masas anónimas, cómo es exponerse frente al resto del mundo?”. Seselovsky busca responderla en su libro Trash. Retratos de la Argentina mediática, haciendo un rápido recorrido por los posibles inicios de esta exhibición grotesca de vidas ajenas e irrelevantes: los programas de Polino, Mauro Viale, Lucho Avilés, las tapas de TeleClic o las de i> Radiolandia 2000. “Desde donde sea que provenga, el trash se abre camino con una prepotencia que te lleva puesto: si querés enterarte de lo que pasa con las vidas de los sujetos sobremediatizados, prendés la tele y te enterás; y, si no querés, dejás la tele apagada y te enterás igual, porque están por todas partes, en las radios de los taxis, en las promos de los diarios, en el aire de todos.”
–¿Qué atractivo encontraste en estos sujetos hiper mediáticos que te llevó a escribir sus retratos?
–Siempre estuve cerca de estos temas y estos personajes, del entretenimiento popular televisado. Cuando comencé a trabajar en la revista Rolling Stone le propuse a mi editor abordar estos personajes que claramente no son del perfil de la revista, pero hacerlo desde otro lugar. La idea era contar cosas de ellos que no tenían donde contar, porque para la revista Gente no es negocio hacer un retrato en profundidad de Nazarena Velez. Lo que le interesa a Gente es saber con quién está garchando.
–Hay distintos tipos de mediáticos. No es lo mismo Ricardo Fort, el Facha Martel o Chiche Gelblung. ¿Cómo fue la selección de los personajes?
–Me parece que el asombro es la materia inicial de la crónica y es fundamental para nuestra profesión. Es incluso anterior a la valoración. Cuando algo te hace dar vuelta la cabeza, quiere decir que es por ahí. Es como ir caminando por la avenida Santa Fe y ver un marciano en patines. En un principio no sabés si eso es bueno, es malo, es peligroso. Primero está el asombro, la perplejidad ante la disrupción de ese hecho. Lo que yo decidí fue no dar el siguiente paso; me quedo en el asombro, no voy hacia lo valorativo, o en todo caso lo hago de otra manera. Por ejemplo, la primera vez que vi a Ricardo Fort fue en Esperanto, cuando todavía no era lo que es hoy. El pibe bailaba como loco arriba de los puf y mi sensación era la de ver un marciano en patines, era algo que no podía estar sucediendo. Había dos tipos de su seguridad, esos que tienen el cable ensortijado que les sale de la oreja y se les mete detrás de la camisa, que sólo se ocupaban de cuidarle el champán. A lo mejor, para muchos eso es un espanto, pero no deja de ser asombroso. Si pasamos al estadío siguiente, a la valoración, nos perdemos al personaje. Y a mi lo que me interesa es desarrollar algo que es fundamental para cualquier cronista que es la mirada.
–Por eso elegiste no construir esos perfiles desde la intelectualidad o la mirada sociológica.
–Es que ese es el problema del discurso progre, que es bastante perezoso y que usa plantillas predeterminadas, como las que vienen en los celulares para responder los mensajes de texto, del tipo “llámame, cariño”. Cuando las usamos, puede ser que nos estemos sacando un problema de encima, pero lo estamos haciendo de una manera falsa. Cuando el progresismo lo ve a Fort y sus Rolls Royce, pácate, lo condena. Y no se detiene a observarlo, se pierde el asombro, algo que para mí es la instancia de placer, de maravillarse, el momento de la fascinación. El progresismo está siendo perezoso intelectualmente, y a mi me interesaba salirme de ese cuadro, de ese lugar predeterminado.
–¿Realmente creés que es posible entender algo de la sociedad argentina hurgando en la vida de estos sujetos mediáticos? ¿Serían una especie de reflejo de la sociedad?
–No sé si un reflejo, pero sí creo que hay radiografías de la Argentina que se pueden trazar a partir de ellos. El caso de Zulma Lobato me parece que es el más claro, es un fiel reflejo del boom mediático: alguien quiere ser famoso, tener reconocimiento público y fama, y como no tiene ningún talento para hacerlo, lo que le queda es ir a la tele a rebanarse una oreja. Del otro lado estamos nosotros, el público. Ahí se genera un contrato: ellos nos entregan su miseria, su intimidad, sus vísceras y nosotros les damos la fama. Si sus miserias y sus vísceras conforman nuestro morbo, les damos la fama. Ahí se produce el apretón de manos entre un personaje como Zulma Lobato y el público. Así funciona.
–Es un funcionamiento siniestro.
–Sí, pero habla peor de nosotros como público que de ellos. Si tenemos que salir del asombro y pasar a la pantalla siguiente que es la valoración, ahí sí hay malas noticias. Lo que pasó con Zulma Lobato es lamentable, habla de una sociedad sádica que necesita reírse de ella, de su derrumbe, su ridículo, su absurdo, su sinsentido, y a cambio le entrega el pancho y la coca de una celebridad momentánea. Cuando el chiste ya no nos hace más gracia, rescindimos el contrato. Entonces, ella necesita volver y lo hace con más miseria, más vísceras. Y nosotros evaluamos la nueva mercadería que trae y recontratamos o no.
–En esa instancia, cabe preguntarse si la televisión muestra lo que el público pide consumir o lo consume porque lo muestra la tele.
–Yo no creo en los que le echan la culpa a la tele. La tele muchas veces falla, muchas veces presenta personajes que no resultan y quedan inmediatamente descartados. Tinelli con todo su poder y sus 40 puntos de rating no puede imponer lo que quiere, tiene que probar hasta descubrir qué cosas van a prender en el público. La tele propone, y el público es el que elige. Zulma le encantó al público, hace dos años que se vienen riendo de ella. Pero ella no lo entiende y saluda con la peluca medio corrida.
–¿Y qué encontraste detrás de estos sujetos trash? ¿Son o se hacen?
–No en todos los casos este proceso es hiper conciente. Hay algo que me dijo Anabela Ascar y es que el verdadero mediático es mediático las 24 horas. Para ellos, la cámara nunca corta del todo, necesitan de esos personajes porque lo viven muy adictivamente. En el caso de Fort me dejó asombrado que, siendo un tipo que tiene muchísima plata y podría hacer lo que se le ocurra, pasa las noches pegado al programa de Fantino –un programa pedorro que no supera los tres puntos de rating– desesperadamente atento a si lo nombran o no. Esa es la existencia para él. Y cuando Fort verifica si en la pantalla lo nombran o no, lo que está verificando es si existe o no existe.
• Trash. Retratos de la Argentina mediática
Autor: Alejandro Seselovsky
Editorial: Norma
