La Presidenta informó ante el Congreso, la táctica y la estrategia del modelo de desarrollo con inclusión social, las tareas pendientes y los cambios por venir.
Sin perder el rumbo “ni un tantito así”, diría el Che.
Su discurso no fue sólo una rendición de cuentas. Ni fue un repaso de faenas y jornadas de gestión. Fue algo más que eso.
Y ese algo dice que entramos en tiempo de descuento para la talla actual del proyecto nacional y popular. No es para alarmarse: sólo estamos creciendo.
Ese algo indica que la sintonía fina supone dar otro salto cualitativo en la marcha del proceso político vigente desde el 25 de Mayo de 2003.
Ese algo reafirma que estamos en plena encrucijada: o se avanza y se crece con el conjunto del pueblo o se corre peligro de estancamiento.
Y este proyecto, dicen, es un río que no nació para estanque.
Si con Néstor Kirchner salimos del infierno y con Cristina empezamos a cruzar el umbral de un futuro mejor, llegó el momento, quizás, de institucionalizar este modelo de país industrial, desarrollado, inclusivo, soberano, libre, democrático y, sobre todo, justo.
Y eso no se hace por decreto, sino con la participación protagónica de vastos sectores de la sociedad.
Si así resulta, entraremos más pronto que tarde, en una nueva etapa signada por la consolidación y la profundización del modelo.
Cuando un proyecto político es de cambio profundo y no de cotillón, no tiene otra alternativa más que profundizar el rumbo. Y ahí te quiero ver. Porque las contradicciones en el seno de la sociedad no desaparecieron, ni tienen por qué hacerlo y porque todo avance implica necesariamente afectar intereses que se le oponen.
De resulta entonces que el sistema normativo vigente le va chico de sisa al modelo democrático que hoy gobierna la Argentina.
Mientras haya combustión, habrá chispa. Es previsible. Pero también es previsible que en cada ocasión que se presente, los enemigos de este modelo de país intenten asestar un golpe aquí y otro más allá.
Habrá que sumar los sectores sociales, sindicales, políticos y económicos que se siguen manejando con la misma lógica de los años noventa. Es la lógica de la trinchera propia y excluyente, sin advertir a tiempo que este gobierno es un emergente cultural de aquellos años, decidido a transformar el país injusto para construir otro que merezca ser vivido por las mayorías populares.
La ocasión es esta, lo demás es puro verso.
Quizá un análisis más profundo de la actitud de Moyano y el sector sindical que le responde, más el paro docente que imposibilitó el normal inicio de clases en un país con el mayor presupuesto educativo de la historia, ayude a entender este descompás ingrato en la marcha colectiva de un proyecto que justamente privilegia el trabajo, la producción y el conocimiento.
Más allá de las razones que asistan a cada sector social, el primer compromiso debería ser impedir cualquier fuga de energía del proceso abierto en la Argentina. Porque no es ocioso repetir que de este proyecto se sale por derecha; es decir, a la griega.
Ahora bien, si la política es la costurera de la historia, sin dudas Cristina ejerce hoy ese rol reparador y articulador de los distintos planos de la realidad.
“Unidad en la diversidad” se solía llamar a esta virtud democrática.
La Presidenta convocó a la unidad nacional, desde un rumbo, un modelo, un proyecto, en suma, desde los intereses de las mayorías.
Decía la Presidenta en su mensaje del 2011 ante el mismo escenario, que entrábamos a “una etapa signada por la construcción de certezas”.
La causa Malvinas sigue siendo el nombre de nuestra unidad y nuestra identidad como Nación. Esta certeza cuenta hoy con un plus histórico: Malvinas fue recuperada por la democracia.
Las políticas signadas por el pasado neoliberal siguen haciendo sentir sus consecuencias sobre los argentinos. La tragedia de Once es una de esas rémoras, incluida la utilización política miserable de los medios monopólicos y una parte de la oposición. “Con la muerte no”, sentenció la Presidenta con acierto humano.
La colonización tiene su última guarida en el monopolio económico y mediático de Clarín y La Nación. Son ya, descarada y escandalosamente, la playa de desembarco de las políticas colonialistas del imperio inglés.
En la Casa Rosada está hoy, definitivamente, la residencia del poder político y soberano de este pueblo.
¿Cuál es el hilo conductor de todos estos elementos?: el rumbo de los vientos de la historia según los interpreta el pueblo y sus gobernantes.
La historia es una construcción colectiva y Cristina empuja esos vientos de la historia tomando partido por un sentido que se ubica claramente en las antípodas del sentido mitrista.
Cuando anunció que la causa Malvinas implicaba el repudio a la dictadura y la reivindicación de los ex combatientes, el Gaucho Rivero, el presidente Arturo Illia, Dardo Cabo y sus compañeros del Operativo Condor y el solitario aviador Miguel Fitgerald, estaba mirando con los ojos del pueblo.
La Academia Nacional de Historia, con amplia mayoría mitrista, rechazó el 19 de abril de 1966 la legítima pretensión de otros historiadores nacionales en rendir un justo y merecido homenaje al Gaucho Rivero.
Para los académicos era un gaucho bandido.
Olvidaron que en la vida de los pueblos, la lucha por la soberanía nacional siempre va unida a la lucha por la justicia social. Y el Gaucho Rivero, representaba eso precisamente.
¿Qué hace Cristina ante este dilema? Empuja la historia en el mismo sentido que intuyó Rivero cuando quedó solo con sus compañeros en las Islas.
El 26 de Agosto de 1833, el Gaucho Rivero y sus compañeros arriaron la bandera del invasor inglés y volvieron a izar la bandera argentina en Malvinas.
Martiniano Leguizamón Pondal, autor de una digna obra titulada Toponimia criolla en las Malvinas, descubrió que el paraje malvinense llamado Tranquilidad recibió tal nombre porque allí capturaron finalmente a Rivero.
Pero como se verá, los vientos intranquilos de la historia siguen soplando desde el Sur.

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