Cuando la memoria estalla

Año 4. Edición número 188. Sábado 24 de diciembre de 2011
(GIANNI BUONO)

Sin pretensiones de realizar un balance navideño, querríamos simplemente repasar algunos hitos de este tiempo, para poder dimensionar los cambios que se vienen produciendo en nuestro país.
Empecemos por lo más cercano.
Apenas un año atrás estrenábamos nuestro último dolor colectivo con la pérdida de Néstor Kirchner, en medio de las andanzas y desventuras de un Grupo A que, desde el asalto a las comisiones en el Congreso, paralizó totalmente la tarea legislativa.
Hoy, en cambio, con la recuperación de la mayoría parlamentaria para el bloque oficialista, el país volvió a contar con su Presupuesto, liberó los derechos secuestrados a los peones rurales, defendió la tierra y declaró de interés público el papel para diarios.
El dolor sigue. La vigencia del proyecto nacional y popular, también.
Se va la segunda.
A diez años de habernos quedado sin Estado como garante de los derechos sociales, la Justicia argentina entró a la madriguera del Grupo Clarín interviniendo judicialmente Cablevisión.
De aquel Grupo impune que tituló “La crisis causó dos nuevas muertes” cuando el asesinato de Kosteki y Santillán, a este Grupo monopólico que se dice acorralado por las instituciones de la República. Vaya con la diferencia.
Claro, como no puede admitir públicamente que es el Estado democrático el que actúa, lanza su veneno contra el Gobierno Nacional.
He aquí una dimensión del cambio.
A diez años de la caída más feroz y salvaje a escala humana, tenemos este presente de desarrollo económico con inclusión social.
Nadie baja la guardia. La tarea está inconclusa y el espinazo del diablo está astillado, pero no está roto.
La complicidad civil con la dictadura devino hoy en complicidad con el monopolio por parte de una dirigencia que se espanta ante un gobierno surgido del voto popular, mientras razona con la cabeza de los enemigos de sus propios afiliados.
Por eso mismo, la sintonía fina de la que habla Cristina, deberá sincerar necesariamente las posiciones de todos los actores intervinientes.
Aquel país de caretas era el que reprimía y explotaba sin pudores a los trabajadores, dejaba sin presupuesto a la educación y en bolas y a los gritos a la mayoría de nuestro pueblo, apenas una década atrás.
Esta nueva Argentina, para seguir transformando, precisa desprenderse de sus máscaras y abjurar de todas las caretas.
En ese trance anda la patria. Y andamos todos.
La corporación mediática y sus mandaderos, conservan cierta capacidad de daño y de provocación. Habrá que estar atentos.
En este marco de ideas, el sano ejercicio pedagógico de apreciar la distancia entre la muerte y la vida, hoy lleva a recordar como nunca aquel 19 y 20 de diciembre del 2001.
Aquel Estado de la democracia represora estaba aún contaminado con los viejos resabios y reflejos de la dictadura. Por eso mataba y reprimía.
Los 36 muertos de entonces no fueron errores ni excesos de una represión inevitable contra el caos y la anarquía, como algunos dijeron. La represión a la militancia, a las organizaciones sociales, a la movilización popular, estaba en la agenda oficial de aquel viejo Estado.
Ese modelo injusto es el que estalló entonces, cuando la memoria se sublevó en las calles y en las plazas.
Y esa misma memoria es la que estalla ahora, como estalló el verano.
Si nos comprometemos solidariamente como sociedad, a ese pasado no volvemos más.
La participación creciente de la juventud es una garantía de sustentabilidad para lograrlo. Este solo dato define una etapa en la construcción de la historia.
Estos pibes, como generación, volvieron a creer en la participación, el pueblo, la política y el compromiso social, valorando las conquistas del proyecto kirchnerista y la transformación del Estado.
Por eso, las consignas de la rebeldía en esta nueva Argentina, son las que defienden al Gobierno y ponen en tela de juicio al verdadero Poder.
“La tienen clara”, diríamos en el barrio.
Nuestro país supo restañar sus heridas más dolorosas con estos pibes de protagonistas.
Pero ellos no gozaron del derecho natural en cualquier proceso evolutivo, de acumular experiencias, formarse, madurar, asentarse en varias generaciones y en una democracia sólida. Esta no es la historia que les legó la política antes de Kirchner.
Ésos serán, recién, los hijos de sus hijos.
La juventud de hoy es hija de su época, heredera de una generación diezmada y otra ninguneada por el neoliberalismo.
Son los que militan sin otro privilegio que el de sentirse parte de una historia de 200 años.
Cuando los poderosos los bastardean desde sus madrigueras, están copiando y pegando en sus editoriales los mismos adjetivos con que fusilaban a otros jóvenes, antes y durante la dictadura cívico militar.
Cuando los opositores de la derecha o de la progresía boba repiten esas injurias, demuestran que caminan por el mismo sendero de los desalmados; por eso remachan desde su quiebre moral, la sentencia de que esta juventud que trajina los barrios y las universidades, las fábricas y las oficinas gubernamentales, la componen apenas un puñado de niños “mal criados”.
¿Justo a ellos? ¿A los jóvenes que combatieron con ideas y coraje la acción destituyente de la oligarquía en el 2008, los que corearon con Kirchner el “Qué te pasa Clarín, estás nervioso” y lo lloraron cuando se marchó?
Muchos de ellos son hijos de desaparecidos; otros son hijos de ex presos políticos de la dictadura; otros van y vienen del destierro; otros de no creer en nada ni en nadie.
Todos ellos hicieron y hacen un curso acelerado de la vida.
Iván Heyn era uno de ellos.
No les prometieron que “van a gobernar en un futuro próximo o lejano”, sino les dijeron: “Pasen, esto les pertenece a ustedes”. “Que florezcan mil flores”, les propusieron.
Y estos pibes no miraron al costado desaprensivamente.
Se hicieron cargo, sin dudarlo, de la patria y su destino.
Sólo por eso, que no es poco, deberían tener más respeto por esta generación del Bicentenario.
Y porque estos pibes, además, quedarán en lo mejor de la historia de este pueblo.

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