Cuando todos los círculos empiezan a cerrarse

La historia de los pueblos se da todos los gustos cuando celebra la vida: Que el cotejo de ADN de Marcela y Felipe suceda mañana, justo en el Día del Periodista, es un broche de oro, doloroso pero sanador, para el Año del Bicentenario de la patria.
Una sociedad espera la verdad. No pide mucho más, sólo la verdad.
Esta vez se cierran todos los círculos que conocimos antaño y al mismo tiempo, se abren las anchas avenidas por donde seguirá transitando el país de los argentinos.
El pueblo reunido en los festejos parió sus propias certezas, las únicas válidas, engendrando los nuevos desafíos y por consiguiente, las nuevas preguntas por responder.
Hacia mediados del año 2003, el flamante presidente Néstor Kirchner daba muestras más que suficientes de estar decidido a mover la estantería política y cultural que había heredado después de la mayor crisis institucional y social sufrida en democracia.
Se reabrió entonces, no sin tropiezos, el debate sobre los años setenta.
Bastaría recordar la reapertura de los juicios a los genocidas, el descuelgue de los cuadros de los dictadores, la afirmación presidencial que “somos hijos y nietos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”, la recuperación de la Esma, para tener dimensión del debate abierto, no desde la teoría, sino desde las políticas ejercidas por el propio Estado.
Ésta es la realidad histórica de los hechos.
Cabe ahora la urgencia de analizar y ahondar sobre lo que viene aconteciendo a fin de cimentar una nueva doctrina y los nuevos paradigmas del Bicentenario.
Todo hace presumir que aquella generación diezmada, derrotada, casi huérfana de la historia, está en condiciones de cerrar su propio círculo generacional de manera digna y decorosa. No dicho desde la respetable dignidad de la derrota o la conmiseración colectiva por los errores cometidos en medio de tanta vida sesgada por el compromiso con una idea de nación y de pueblo.
Si el proceso político abierto en el 2003 no hubiese acontecido, o sus resultados hubiesen estado también asociados a un helicóptero huyendo desde la Casa Rosada, la generación de los setenta seguiría estampada como una armada brancaleone, de buenos muchachos, pero fatal y eternamente derrotados, equivocados de país.
Toda derrota popular que se demuestre definitiva, se cotiza a buen precio en el relato emanado desde el poder.
Lo saben nuestros próceres patrios y los caudillos federales.
Estamos diciendo, por el contrario, que el círculo abierto por aquella generación en términos culturales, está culminando victoriosamente su trazo más importante. Pero lo que realmente provoca el debate más hondo y de más largo alcance histórico lo estamos descubriendo y procesando recién en este Bicentenario de la Patria.
Porque el debate que seguía y sigue abierto en el país no estaba limitado a lo que pasó en los intensos y durísimos años setenta.
¿Qué queremos decir si no, cuando coincidimos en afirmar que somos una nación inconclusa?
En que es el modelo de nación el que permanecía inconcluso. Encontrar la huella para poder saldar esa grieta en nuestro propio relato, es el gran logro del Bicentenario. Y especialmente, del acierto político de la Presidenta.
La oficialización de esa “otra historia argentina”, como la llama Norberto Galasso y su puesta en escena ante un pueblo entero en los festejos, permite abrigar la esperanza cierta de que una nueva generación de argentinos aborda para siempre su formación en democracia, en un modelo de país con desarrollo económico, soberanía e inclusión social creciente y por sobre todo, en el verdadero legado patrio que se inicia en la Revolución de Mayo de 1810 y transita desde Mariano Moreno hasta nuestros días.
Como si el verdadero círculo de la historia que empieza a cerrarse exitosamente es ése: “1810-2010” y que contiene en sus adentros, todos los otros círculos más mediatos o inmediatos que le sucedieron.
La relatividad de estas consideraciones la da la propia condición humana de la historia como obra colectiva.
Hay un antes y un después, seguramente. Pero en el durante, somos nosotros los protagonistas, para acertar o equivocarnos.
Es un momento épico, sólo disimulado o mediado por la madurez democrática de nuestra convivencia social. Un cambio en paz.
Lo que en verdad constituye el certificado de garantías de que ese cambio es una realidad y no un manojo de sueños insomnes, es la pronta y definitiva resolución del enfrentamiento entre la democracia y el monopolio mediático.
En ese monopolio estuvo y está afincado el domicilio de la derecha dura, del conservadorismo, de los justificadores de las variadas y recurrentes violaciones a las leyes y a los derechos humanos.
Si todo golpe de Estado fue en primer lugar un golpe mediático, quitarle la base a semejante poder, constituye la palanca fundante de la transformación por venir para los argentinos.
Es ése el otro gran círculo que debe cerrarse victoriosamente. No en los términos banales de Gobierno versus Clarín, como lo quiere instalar no casualmente, Clarín. Sino en los términos con que fueron gestados por el colectivo social que protagonizó la hechura de la Ley de Medios y que puja consecuentemente por profundizar y extender la democracia; compartiendo, socializando, liberando la palabra.
Y así como pasa muy de vez en cuando en la vida de los pueblos, se cierran armoniosamente todos los círculos abiertos: el juicio a los genocidas apropiadores y la Asignación Universal por Hijo; la unidad latinoamericana y nuestra identidad nacional; el peronismo y la izquierda nacional y progresista juntos; los pueblos originarios y la historia mestiza del país; el republicanismo y la calidad institucional concebida por el campo nacional y popular; el fin de la impunidad monopólica de Papel Prensa y la nueva Ley de Medios.
Esos círculos son los que se cierran, para dejarnos desnudos, ahora sí, ante una nueva historia que empieza a escribir sus primeros palotes en la lucha por un país más justo y más inclusivo socialmente.

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