De la red a la nube (primer viaje)

La web también es una red de regulaciones, intereses, negocios, información, derechos, obligaciones y poder. Un descomunal universo de conexiones por el cual circulan billones de “paquetes de información” a través de millones de kilómetros de cables, o de millones de conexiones inalámbricas, que usan millones de aplicaciones, programas, sistemas, ecuaciones, protocolos... Y todo esto ¡funciona! Pero, a diferencia de la naturaleza, no funciona solo. No existe una autoridad superior, pero tampoco es el reino de la anarquía.
Hay organismos que administran este mundo, como la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (www.icann.org), que entre otras cosas regula los nombres de dominio. O el Internet Architecture Board (www.iab.org), que analiza los modelos de comunicación para que puedan relacionarse aparatos de diferentes fabricantes. El Internet Ingineering Task Force (www.ieft.org) es un foro para debatir problemas prácticos. El World Wide Web Consortium (www.wc3.org) es la referencia para definir los protocolos comunes a toda la web, mientras que la Internet Society (www.isoc.org) tiene mucha autoridad pese a que sólo es una reunión de notables que dan consejos. O los llamados NIC (Network Information Centers), que administran los nombres en la red, con representaciones en la mayoría de los países: www.internic.net regula los dominios “.com”, “.net”, “.edu”, “.tv” y “.org” que son los más usuales. (El local depende de la Cancillería.) Pero acá no termina el problema: cada equipo que se conecta es como un teléfono y necesita un número que lo identifique. Es la “dirección IP” y hay organismos que administran la asignación de estos billones de “identidades” a través de los llamados RIRs (Regional Internet Registries) que atienden diferentes regiones del planeta.
La participación argentina en estos espacios es rigurosamente marginal. No obstante, el ente de regulación de las telecomunicaciones norteamericano, la Suprema Corte y el Congreso de EE.UU. toman decisiones que afectan al planeta entero.
Quedan 4 jugadores. A) Los proveedores del servicio de conexión (dueños de las redes, como Fibertel o Speedy), que cobran una tarifa por la conexión. B) Los proveedores de contenidos (ofrecen servicios, como Google, New York Times o Mercado Libre), cuyo negocio principal suele ser la publicidad. C) Los Estados nacionales y D) los usuarios. Hay un quinto jugador, que es del cual más hablan los medios: los fabricantes de equipos y de software, inmensas empresas (Apple, Microsoft, Samsung, etc.) que desde hace unos años ponen huevos en todas las canastas y que en última instancia articulan a los cuatro anteriores. Las relaciones entre estos jugadores son cada día más conflictivas. Sobre todo debido a que se trata de relaciones sistémicas: es como una red de pescadores, si se tironea de cualquiera de sus hilos, se afecta al conjunto.

Diversidad y control. Lo que estos jugadores debaten es quién manda en la web. Porque una cosa es la diversidad de la oferta y otra el control sobre este sistema. La diversidad de la oferta es amplia pero relativa: son muchísimos los diarios, los blogs, las redes sociales o los espacios de compra/venta de productos y servicios, pero pocas las empresas que ofrecen esas posibilidades. Dos ejemplos sencillos: hay millones de blogs pero sólo un puñado de empresas da el servicio de blogeo; 900 millones de usuarios desarrollan millones de actividades en Facebook, pero todos dentro de una misma empresa, de la cual la CIA es uno de sus inversores.
La web multiplicó las opciones a tal extremo que muchos hablan de una “revolución”. Pero también es indudable la extrema fragilidad y dependencia de los usuarios ante la concentración de propietarios de esta explosión de “libertad” binaria. La pelea de fondo es la puja de poder entre las empresas de conectividad y las de contenidos, verdaderos reguladores de la revolución digital, árbitros de un partido donde los jugadores creen que son 11 contra 11. Pero en realidad son dos bandos: los dueñas de las redes (Comcast, AT&T, Verizon, Telefónica, Fibertel, etc.) y los proveedores de contenidos y servicios (Skype, Google, Yahoo, Facebook, etc.).
Se decía que se trata del conflicto entre una internet libre (o neutral) y una regulada. La “neutralidad” consiste en que las empresas de conectividad brindarían el mismo acceso a todos los contenidos por igual: vengan de EE.UU. o de Pakistán, de una ONG solidaria o de un servicio de espionaje, de un sitio porno o de un diario argentino, todos los “paquetes de información” serían tratados por igual –lo cual garantizaría la igualdad–. Esta lógica beneficiaría a los usuarios y a los proveedores de contenidos –que hacen su negocio usando redes en las que otros invierten–. Pero las empresas de conectividad protestan, porque las de contenidos hacen grandes negocios con sus redes sin darles algo a cambio. Y para colmo, los usuarios usan ciertos servicios (como bajar películas) que saturan las redes y obligan a realizar inversiones que no tiene contraprestación. Por eso propusieron una conectividad diferenciada según el usuario. Hasta ahora la idea fue un fracaso porque se supone que internet nos iguala: distintas categorías de conexión significa que “este usuario puede usar Skype pero este otro no”, que “Fulano puede bajar películas pero Perengano no puede”. Un problema de clase: a más plata más web.
Como el debate se estancaba y como la creatividad de la tasa de ganancia es ilimitada, las empresas de conectividad sugirieron que le podrían cobrar un canon especial a ciertas empresas de contenidos (lo cual provocó la ira de gigantes como Google, Yahoo, Facebook o My Space). Otra ocurrencia fue que deberían tener el derecho de gestionar el tráfico de sus redes según su conveniencia empresarial (por ejemplo: si el promedio de descargas del edificio donde vive el lector de esta nota es de X megas por día, pero el vecino del piso de arriba lo excede en un 10%, le reducen la velocidad de transferencia, pero ni le avisan ni le rebajan el precio mensual).
Como estas peleas eran infructuosas, los dos bandos se pusieron por fin de acuerdo y presentaron a la humanidad globalizada su nuevo modelo de negocios: el cloud computing, la nube, la web en la nube, flamante paradigma de control y consumo que a unos les garantiza negocios inconmensurables y a otros, los usuarios, más debilidad y dependencia.

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