De los dos demonios hacia Videla

Los tres comandantes, en los años de plomo y silencio. 35 años después, Videla reconoció la razón de las desapariciones. (TELAM)
Antes de las valiosas entrevistas al dictador, dos libros de Reato pretendieron develar problemas del pasado que sus mismos protagonistas franquearon con dolor. El derecho del periodista y el espacio desde el que habla.

Videla le dijo a Reato una cantidad de cosas importantes. Que si el problema era la guerrilla, el golpe de Estado de 1976 era innecesario y equivocado. Ya fuera porque las Fuerzas Armadas ya contaban con las herramientas legales para “aniquilar a la subversión”, o porque la guerrilla había sido diezmada. Videla le dijo al periodista Ceferino Reato que uno de los sentidos estratégicos del golpe fue disciplinar la sociedad argentina, cortar de raíz identidades y tendencias demagógicas, populistas, el problema del peronismo. Dijo que eligieron desaparecer porque fusilar era riesgoso. Que mataron entre siete y ocho mil personas. Dijo que la Iglesia se portó de maravillas con los militares. Y que los empresarios le dijeron qué pena que no fueron diez mil desaparecidos más. Videla habló de las esencias liberales del proyecto económico dictatorial.
Todo eso le dijo Videla a Reato, que es bastante y que es nuevo en el sentido de que hay un salto de sinceridad brutal entre los sucesivos relatos brindados por el genocida. No es que asombre, porque lo sabíamos todo. Sorprende porque lo transparenta Videla. Pero más sorprende que Videla reproduce, desde su justificación monstruosa, ideas acerca de las esencias siniestras de la dictadura que son las que vienen sosteniendo sus víctimas desde hace (cansadas) décadas.
Hay comunicadores kirchneristas que dan a entender que la revelación final de las claves profundas del horror emergido desde 1976 sólo se inició en 2003. Del mismo modo, a partir de sus libros anteriores, Operación Traviata y Operación Primicia, Reato da a entender que devela algo nuevo e inquietante en torno de los desgarramientos trágicos que se produjeron entre 1973 y el golpe al interior del peronismo. Ni el kichnerismo fundó la revelación final de lo que fue la dictadura ni Reato tiene mucho de nuevo por decir sobre los enfrentamientos entre espacios peronistas en los ’70 o los errores funestos de Montoneros. Lo (relativamente) nuevo que propuso es entrarle otra vez al tema, sólo que por derecha (a lo Tata Yofre), con una mirada conservadora, de pequeño periodismo, de suspicacias maliciosas. Suspicacia maliciosa es ocuparse, por ejemplo, de trazar una confrontación entre “las millonarias indemnizaciones pagadas a los parientes de los guerrilleros caídos en Formosa y su asimetría con relación a la mísera pensión mensual que reciben los padres de los conscriptos muertos”. Y eso que Reato se presenta como alguien que impugna las lógicas binarias del kirchnerismo, “un estilo político basado en la lógica amigo-enemigo, que era la lógica también de Montoneros”. Los entrecomillados pertenecen a un artículo publicado por Reato en la revista Contraeditorial, en diciembre de 2010, ejerciendo su derecho a réplica a un texto anterior de Miguel Russo. Contraeditorial, fenecida revista filokirchnerista, no entró en la lógica amigo-enemigo y publicó esa respuesta.
El libro de Reato sobre Videla es más interesante que el modo sibilino con que lo promociona en los medios del establishment, rutinizando críticas contra los 70, los organismos de Derechos Humanos y el kirchnerismo. Aunque fuera el Gran Satán, lo que Reato consiguió de Videla es un relato válido y valioso para reconstruir (¿de rebote?) memoria, verdad y una cierta pedagogía social. En una curiosísima inversión, además, Videla no le da la razón a Reato, cuya tesis de libro anterior hacía eje en la responsabilidad de Montoneros en el golpe, algo parcialmente cierto pero enormemente reductor. Por eso decíamos: eones antes del kichnerismo, desde el exilio, desde la esforzada resistencia sindical o cultural que pudiera darse en el país, desde las cárceles, desde los organismos de derechos humanos, desde el peronismo que no se degradó para siempre, desde lo mejor del radicalismo, desde el Partido Intransigente o Humanismo y Liberación, desde la izquierda, todos decían con sus matices lo que Videla le da a entender a Reato, que la dictadura había venido a arrasar, a desaparecer, a disciplinar, a desindustrializar. Coño: si ya Walsh en la Carta hablaba de la doble faz represiva y económica de la dictadura.
Reato apuntó, en sus dos libros anteriores, a resatanizar a Montoneros (por el asesinato de Rucci y el asalto a un cuartel en Formosa durante el mandato constitucional de Isabel) y a través de ellos al kichnerismo. Ambas acciones fueron nefastas, es lo que hoy opina quien escribe. Desde sus libros, Reato sintonizó con astucia, con despojos de peronismo derechoso que se presenta como peronismo verdadero y excluyente, con derecha a secas y con el discurso autoritario de los medios que, macarteando bonito, gustan desperonizar al kichnerismo para reducirlo a una fantasmagoría de arcaicos fanatismos. Es una operación transitiva –Montoneros, kirchnerismo– más bien ramplona. Desde ese lugar puede que haya entrevistado a Videla. Pero aún así la entrevista nos hace debatir.
Lo que Reato reconstruye como novedoso sobre los macanazos cometidos por (parte de) la generación del ’70, no sólo que es de una superficialidad y distorsión importante, sino que salta por arriba de lo muchísimo que se escribió, debatió y produjo durante y después de la dictadura sobre el tema. El exilio mexicano vivió con desgarro, con dolor, con broncas, esas discusiones. Los sobrevivientes de la Lealtad Peronista y los de la revista Envido ya habían hecho sus críticas al montonerismo en vivo y en directo. Aún en dictadura (1981) se publicó un buen libro sobre la implosión peronista, Retorno y derrumbe. El último gobierno peronista, de Liliana de Riz. Otro libro de entonces, De Cámpora a Videla, una recopilación de artículos magníficos publicados por Rodolfo Terragno en la revista Cuestionario hasta poco después del golpe, también revisaba lo sucedido con el peronismo.
Destrozada como organización, Montoneros se fue descomponiendo entre su aniquilamiento, acciones imbéciles, rupturas periódicas y durísimas críticas y autocríticas de cada grupo desgajado. Hasta el impresentable Rodolfo Galimberti habló de la última conducción de Montoneros, en junio de 1979, como “un puñado ensangrentado de burócratas blindados”. Quien firma esta nota citó esa frase, con alguna imprudencia, en una vieja edición de El Porteño, en mayo de 1984, a poco de inaugurada la democracia. En esa misma nota, sorpresa, aparecía un recuadro con este título: “Nilda Garré: ‘El montonerismo, hoy, es un delirio político’”. En mayo de 1984, desde La Nación a editorial Perfil (la empresa donde trabaja hoy Reato y que negó la existencia de la Esma como campo de concentración) empleaban todavía el vocablo subversión. La referencia excluyente sobre el montonerismo por entonces era Mario Firmenich, ya muy solo y soberbio. Hasta hoy Firmenich es el muñeco ideal para pegarle con gusto a la experiencia histórica de las organizaciones armadas, pero no puede ser tomado como exclusivo sujeto de interlocución de un todo desgarrado y desgarrador, ni como el segundo demonio de Videla.
Y ya que usamos el adjetivo soberbio y siendo que estamos hablando de lo mucho que se escribió sobre los ’70, recordemos el libro de Pablo Giussani, el de Gillespie, el de Juan Gasparini. Más adelante, desde la revista Unidos, donde brillaban las prosas de Chacho Álvarez, Mario Wainfeld o Hugo Chumbita, hubo una edición especial dedicada al trabajo sobre la masacre de Ezeiza escrito por Horacio Verbitsky, con críticas muy duras sobre el encuadre de ese mismo libro. Promediado los ’90, vino La Voluntad o el documental Cazadores de utopías y luego un torrente de nuevos materiales. Lo que intentamos decir es que mucho antes del kichnerismo, Reato, el setentismo discutió y se peleó y revisó y franqueó muchísimo sobre los problemas del pasado. Ni qué decir sobre la carta escrita por Oscar del Barco en torno del No Matarás, afrontando el dilema del crimen político.
Todo esto para sugerir que Reato vende un poco de humo. Para decir que se necesita más densidad para debatir lealmente la historia. También para dejar en claro que, aún discutiendo con el lugar desde el que escribe Reato, no se puede impugnar su derecho a escribir, investigar y expresarse, ni quitar valor a la entrevista a Videla, a quien en algún momento presentó como un anciano de 86 años. Tuvo razón Reato cuando le respondió a Osvaldo Quiroga que no se trataba de trompear al viejo Videla. Eso es lo que hizo la periodista Renée Sallas, estrella de la revista Gente en dictadura: irse hasta la casa del flamante Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, para cagarlo a insultos y publicar de qué extraordinaria manera lo maltrató. Una escuela de la que bebió la editorial Perfil.

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