Sin lugar a dudas, la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario fue un avance. Una conquista de derechos para una necesidad: reconocer a las parejas homosexuales como familia.
Un año después, más de 3.000 casamientos lo confirman. Significó el fin de un apartheid injusto, que era impensable años atrás. Sin embargo, leyes anteriores aún esperan ser tratadas para su modificación. Tal es el caso de la aplicación de la Ley de Educación Sexual, la reforma a la ley Antidiscriminatoria, la derogación de los Códigos de Faltas (que vienen de los peores años de la historia argentina y penalizan la homosexualidad) y la prohibición de la donación de sangre, y la Ley de Identidad de Género que reivindique a las personas trans. Educar a la sociedad para vencer el prejuicio es el próximo paso.
El logro obtenido refuerza la historia del movimiento Lgbt (lesbianas, gays, bisexuales y trans) en nuestro país y honra a aquellos activistas que lucharon por esta realidad. Y es importante destacar que la Ley de Matrimonio Igualitario no es un logro del colectivo Lgbt sino un triunfo de la sociedad. Una verdadera reivindicación de la familia y un reconocimiento a la dignidad de las personas. La igualdad se construye cada día con más visibilidad. No bajar los brazos y defender estos derechos es parte de cada uno. Y la meta no está lejos, y hay que alcanzarla. Algo que el inolvidable Carlos Jáuregui o el propio Harvey Milk celebrarán en algún lugar detrás del arco iris de la diversidad.
