“Decidí entrar a la literatura pateando la puerta, de prepo”

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Año 5. Edición número 200. Domingo 18 de marzo de 2012
En los años ’60, cuando arrancó con la novela./ Histórico. Página manuscrita de las tumbas.
Ante la reedición de las tumbas. Se cumplen 40 años de la aparición de la novela que marcó el debut editorial de Enrique Medina. Aquí, su autor cuenta cómo, por qué y cuándo escribió este libro fundacional.

Yo estudiaba en la Asociación de Cine Experimental. Allí teníamos varias materias: guión cinematográfico, iluminación, dirección de actores. No pensaba que iba a publicar aquellas cosas que escribía, sino que me iba a ir encaminando en el cine, específicamente en la tarea de guionista. Para esa materia tenía de profesor a Federico Nieves. Él me aconsejaba: leía lo que yo escribía al margen de los guiones. Era 1965 y por ese entonces había escrito una novela policial, a mano, en una carpeta común y se la pasé para que la leyera. La perdió en un colectivo y nunca más la pude recuperar. De todos modos Nieves seguía leyendo lo que le pasaba: una obrita de teatro infantil que había escrito cuando trabajaba en una imprenta y con la cual había ganado un premio en el concurso establecido por la Federación Gráfica Bonaerense, Pelusa rumbo al sol, algunas partes de Strip tease.
En esa época también frecuentábamos, junto a Osvaldo y Leónidas Lamborghini, la casa de Leopoldo Marechal. Él nos aconsejaba, leía nuestros trabajos y hacíamos una especie de taller literario.
Federico Nieves, al leer mis trabajos me repetía siempre: “Esto es muy loco, no tiene orígenes, no tiene ni pies ni cabeza, es algo que aparece imprevistamente y no se sustenta”. Yo pensaba en esas palabras y me di cuenta de que necesitaba un origen, un punto de partida para empezar a escribir. Me avivé que estaba repitiendo la estructura del Bolero, de Ravel, la repetición de una melodía infinitamente. Trataba de extenuar todas las posibilidades sobre un tema. Nieves me repetía: “Falta la explotación de los personajes, no hay estructura de novela, no hay construcción lógica”.
Entonces me puse a tomar nota –en uno de los cuadernos de Debe y Haber que hacíamos en la imprenta– de los apuntes y los recuerdos de mi infancia para tratar de tener una idea general que me sirviera para lo que quería hacer formalmente en una novela. Me di cuenta que lo que anotaba era muy importante, muy serio y que no debía hacer una novela sobre los institutos de menores donde había transcurrido de pibe, sino ponerme a escribir un ensayo para mostrar cómo era la realidad de esos institutos, lo malo que tenían y las posibles soluciones para el conflicto. Llegó un momento en que me avivé de que no había solución posible, sino que había que agarrar el pico y la pala, romper todo y empezar de cero. De todos modos, trataba de escribir en serio, explicar el sistema, pero al leerla me parecía que no tenía pasta para hacerlo.
Esas notas, esos bocetos de lo que iba a ser Las tumbas, las escribí en los ratos libres de la imprenta y en tres bares: La Academia, los 36 Billares y La Giralda, lugares donde, con un café con leche, podías quedarte todo el día sin que nadie te molestara.
El que más me gustaba era La Giralda. Me sentaba siempre en alguna de las mesas del fondo, cerca del teléfono público, escuchaba a los que hablaban y anotaba la parte de los diálogos que decía el que había llamado. Después, cuando el tipo cortaba, yo llenaba los espacios de lo que supuestamente había dicho el del otro lado del aparato. Eso me sirvió mucho para escribir, después, los monólogos y los diálogos de Las tumbas.
Cuando le mostré este trabajo a Federico Nieves, se mató de risa, pero me dijo que había algo que podía funcionar. Como estaba en una situación muy mala (mental y económicamente), opté por engancharme en una compañía de marionetas con la cual había trabajado y que partía para Montevideo. Me dije: “Entre pasarla mal en el propio país y pasarla mal afuera, prefiero irme”. Una vez en Uruguay, empezamos a trabajar en el teatro Stella de Italia, que quedaba al lado de la feria de Tristán Narvaja. Nos iba como el diablo, vivíamos en los camarines porque no nos alcanzaba la guita para un hotel. Esos camarines tenían un metro por dos metros, sólo entraba un catre, pero me las ingenié y armé una mesita plegable donde coloqué una máquina de escribir Smith Corona de 1915 que me había prestado Nieves. Por la mañana escribía Sólo ángeles, una especie de diario donde constaba lo que había hecho el día anterior, y, por la tarde, pasaba fragmentos de Las tumbas que tenía escritos a mano. Reelaboraba esos textos y se los mandaba a Nieves que me devolvía los originales con correcciones.
En esos años, fines de los ’60, devoraba las novelas policiales de la colección Cobalto. Una vez que me parecía que las había leído todas y que ya me tenían harto esas tramas, me propuse leer algo serio. Ese algo serio, para mí, tenía que ser algo gordo, grande y aburrido. Entonces fui hasta una librería de viejo que frecuentaba y, rebuscando entre las mesas y los estantes, me apropié del libro más gordo que encontré. Ese libro me cambió la vida: era Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. Después me leí todo John Dos Passos, Hemingway, Thomas Mann, toda la literatura argentina. Pero el único escritor que me sacudió completamente fue Céline. Era verdad lo que él decía: “A mi lado, nadie existe”.

Qué hacer con los desechos del lenguaje. Si quería ser un escritor argentino, debía leer todo lo que se había escrito en mi país. Gracias a toda esa lectura pude escribir lo que yo quería. Aprendí de todos, de Eduardo Mallea, de Jorge Luis Borges, de Ezequiel Martínez Estrada, de Adolfo Bioy Casares, de Ernesto Sabato, de Silvina y Victoria Ocampo. Entendí que tenía que hacer lo mismo que ellos, que tenía que tener la misma actitud de ellos: plantear al país y escribir desde la extracción social a la que uno pertenece. Había que ser honesto y escribir desde lo que uno había mamado.
Ellos planteaban que había que abandonar los desechos del lenguaje, con aquello que no se debía escribir. Yo entendía que eso era lo que me pertenecía. Allí me planté: yo crecí hablando con esos desechos del lenguaje, había vivido entre ellos, desde adentro. A la literatura se entraba tocando el timbre, pero yo decidí entrar pateando la puerta, de prepo.
Y Las tumbas fue eso, un estilo caótico, situaciones que no se habían descrito de una manera tan realista, un lenguaje natural y una apoyatura en el tema que no había sido tocado.
Cuando una vez terminado Federico Nieves lo leyó, me dijo que, a partir de esa novela, todo lo otro que yo había escrito se sostenía. “Ésta es la piedra basamental”, me dijo. De allí en más, todos los personajes que aparecieron en mis escritos posteriores tenían esa carga que había descubierto al escribir Las tumbas.

Una especie de vómito. Cuando se publicó en forma de libro, muchos amigos míos se enteraron de que yo había estado diez años en un instituto de menores. Yo no hablaba mucho sobre ese tema, pero la escritura de Las tumbas me sirvió como una especie de vómito, de sacar todo lo que tenía. Como una decantación que libera. Yo tenía las experiencias de ese pasado muy escondidas, muy guardadas sólo para mí y Las tumbas fue una especie de purificación. Mi propia vieja se enteró de la realidad que yo había vivido recién cuando salió el libro.
Lo que pasaba era que en esos institutos entraban los que tenían problemas de conducta, económicos o de discapacidad. En los papeles decía que a los menores se los separaba en distintos centros de acuerdo con los motivos de su ingreso, pero en realidad la cosa no funcionaba así y entonces nos mezclábamos los que habíamos entrado por problemas de guita, como yo, con los que iban a parar adentro por razones de conducta.
Mi familia no tenía dónde caerse muerta, vivíamos en una pensión espantosa, en una pieza donde nos amontonábamos mis viejos y yo de un lado y, separado por una cortinita, un boxeador amigo de mi viejo. Cuando mi madre vio la fachada del instituto, un portón hermoso, una alfombra mullida, una chapa de bronce muy lustrada, el escudo nacional y la bandera, confió en que me dejaba en buenas manos. Creyó que allí me iban a dar todo lo que ella no podía ofrecerme.
Una vez adentro, con seis años, no tenía la más puta idea que existían los derechos del niño. Como había otros pibes de mi edad, yo pensaba que la infancia era así, y por eso ni se me ocurría decirle a mi vieja que me sacara.
Después de diez años, salí, me fui del país y jamás le conté a mi vieja todas las cosas que pasaban adentro de los reformatorios. Había también una cuestión de vergüenza. A nadie le gusta decir que vivió en un lugar como ése. Por eso, recién cuando leyó el libro se enteró de toda la verdad. Ahora, la mayoría de los ex compañeros con los que me encuentro, me preguntan cómo se me ocurrió escribir sobre esa época.

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