Deshielo clerical en Cuba

RAÚL CASTRO REANUDÓ, EN UN GESTO INÉDITO, EL DIÁLOGO POLÍTICO CON LA JERARQUÍA DE LA IGLESIA CATÓLICA CARIBEÑA

Cuidao con el perro que muerde callao”, dice una popular guaracha en Cuba y los cubanos echan mano a ella para explicar los tiempos que se toma Raúl Castro para impulsar cambios en la isla.
El último gesto de estas lentas permutas ha sido el encuentro mantenido entre Raúl y el Cardenal Jaime Ortega y el Arzobispo Dionisio García, de la Conferencia Episcopal.
Fueron recibidos en una ascética oficina del Consejo de Estado cubano, para hablar de la situación social y política de la isla.
De uniforme, el mandatario escuchó a los representantes de la Iglesia Católica de Cuba en la primera reunión que realiza con esta institución, desde que asumió el mando en el 2006.
Distendidos y sonrientes se vio a los prelados al dejar el salón, sin señas de incomodidad por el retrato de Fidel que parecía velar la charla desde una de las paredes, y declararon que el presidente cubano mostró una buena predisposición al análisis de la situación de los detenidos que reclama la disidencia interna. Sobre todo cuando Castro advirtió hace mes y medio que no cedería al chantaje de las huelgas de hambre.
Sin precedentes, Granma, el diario oficial del Partido Comunista, publicó la información íntegra sobre la reunión y hasta un comunicado del Arzobispado sobre la próxima visita del Canciller de la Santa Sede.
En tanto, los jerarcas católicos pedían por los presos, la Jornada contra la Homofobia, organizada por el Centro Nacional de Educación Sexual que dirige Mariela Castro (hija de Raúl), tuvo un punto inusitado con un sorpresivo culto religioso ecuménico, desarrollado bajo una pequeña carpa, y un grupo de pastoras y pastores de varias denominaciones cristianas y países, incluyendo Estados Unidos, oraron por una nueva Iglesia, inclusiva, que no discrimine a nadie por su orientación sexual.
Mientras La Habana se cuece con temperaturas y humedades infernales, la población asiste a mudanzas de usos y costumbres que hasta hace casi un lustro parecían impensables aunque sí necesarias.
Mil barberías y salones de belleza que eran del Estado desde 1968 (cuando la “ofensiva revolucionaria” estatizó hasta los puestos de pan con jamón), el reparto de 1.7 millones de hectáreas de tierras ociosas, cafeterías, bares y la venta de frutas y verduras, pasarán a manos de los empleados que podrán alquilar el espacio, pagar impuestos y contratar a trabajadores.
Estas medidas parecen tomadas en actos mesurados, a modo de prueba, y controladas por el propio Raúl y su equipo. Una evidencia de que se está asistiendo a un cambio de estilo de conducción de la revolución cubana y a la búsqueda de una salida sin traumatismos irreversibles que acaben por cumplir con lo que dijera Fidel en el 2005: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse (…), nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”.

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